Judy Garland se prendió fuego antes de un concierto, según su representante

El 2 de junio se publican las memorias de Stevie Phillips, su agente durante los últimos años de su turbulenta vida

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Stevie Phillips tenía 25 años cuando empezó a trabajar para Judy Garland como «tour manager» en la que era su gira de regreso a los escenarios. Por aquel entonces, la diva de Hollywood se había reinventado a sí misma como estrella de la televisión. Garland, en palabras de la representante, era «un tesoro nacional», pero también una «mujer exigente, una drogadicta con un talento supremo, una demente cuya dieta era un cóctel de pastillas regadas con botellas de Liebfraumilch (un vino blanco y semidulce alemán)».

Judy Garland murió el 22 de junio de 1969. Fue encontrada en la bañera de su piso de Chelsea (Londres) por su quinto y último marido, Mickey Deans, con el que se había casado apenas tres meses antes. Su cuerpo estaba atiborrado de barbitúricos. A su funeral acudieron 20.000 personas. Tenía 47 años.

Tras la muerte de Garland, Stevie Phillips pasó a representar a la hija de ésta, Liza Minelli, hasta 1975. Ahora, 44 años después del fallecimiento de la actriz, la mánager publica un libro de memorias («Judy & Liza & Robert & Freddie & David & Sue & Me»), en el que narra con todo lujo de detalles cómo fue su vida junto a una artista tan genial como desgraciada y transtornada. «Muestro a una mujer cuya mente fue destruida por los medicamentos que le prescribieron y por el alcohol», dice como declaración de intenciones.

Sin resistencia

Cuando Phillips comenzó a trabajar para Judy Garland, ella tenía el aura de las grandes estrellas. Para la representante era un ídolo absoluto, la persona a la que más admiraba desde que tenía uso de razón. Aunque esa admiración empezó a esfumarse a medida que fue conociéndola. Uno de los episodios más sórdidos que relata se produjo diez meses después de ser contratada: Garland se prendió fuego a sí misma en el hotel Plaza de Nueva York, poco antes de un concierto. Cuando procedía a vestirse, la actriz y cantante cogió un cigarrillo del paquete que tenía en la mesilla de noche. Se lo puso en la boca, encendió una cerilla y «sorprendentemente, se prendió el camisón de naylon color azul pálido». Aterrorizada, Phillips cogió las mantas y sofocó las llamas. Al parecer, Garland no ofreció ayuda ni tampoco se resistió a ser ayudada. No hizo nada. Se limitó a contemplar las quemaduras de sus piernas y se fue al baño. «Lo único que dijo fue: "Mejor me pongo medias"».

Aquel intento de autoinmolarse se produjo cuando la estrella había caído en el abismo de la desesperación. «Vivía en una montaña rusa emocional que fue cogiendo velocidad», recuerda. Otro episodio estremecedor tuvo lugar en Boston, donde también iba a dar un concierto. Ambas se encontraban en la habitación del hotel hablando sobre las pestañas de Judy, cuando, de pronto, ella se cortó la muñeca izquierda. La sangre comenzó a brotar y manchó el traje de Pillips, quien trataba de parar la hemorragia. «Mis manos. Mi pelo. Me quedé horrorizada. Esta era su normal. Se trata de quién era». Tras ser vendada por un médico, David Begelman, el jefe de Phillips y amante de Garland (quien en vano le prometía que dejaría a su mujer), le dio a su subordinada un billete de 100 dólares para que comprara pulseras con objeto de ocultar el vendaje y proceder al concierto.

Inseparables Garland y Mickey Rooney
Inseparables Garland y Mickey Rooney

En estas impactantes memorias se cuentan otros muchos episodios lamentables, el infierno de las drogas, su gusto por el sexo lésbico y hasta un intento de seducción a la propia Phillips nada disimulado: «En un trayecto en limousina, ella alargó su mano y la posó en mi rodilla. El movimiento del coche la llevó a agarrar mi entrepierna mientras seguía mirando al frente. Yo estaba paralizada. Al final le devolví la mano a su lugar y ella sonrió». Para la autora, Judy Garland, la inolvidable Dorothy de «El mago de Oz», tenía una necesidad compulsiva de estar con alguien. Lo único que realmente deseaba era ser amada por sí misma y no por su talento. «Nunca se sintió bella ni atractiva». Millones de personas la adoraban, pero Judy Garland jamás se sintió querida