EXCLUSIVA ABC: «1948, LOS DOCUMENTOS SECRETOS DEL RÉGIMEN DE FRANCO»

Yate Azor: la reunión en la que Franco puso fin al exilio de la monarquía española

El 25 de agosto de 1948, el entonces Jefe del Estado y el conde de Barcelona acordaron en una entrevista (la primera hecha entre ambos tras el exilio de don Juan) que el joven príncipe Juan Carlos cursaría sus estudios en España

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«El pasado miércoles, día 25, en alta mar, [...] a bordo del yate Azor, del [...] Jefe del Estado, se celebró una entrevista del caudillo con su Alteza Real el conde de Barcelona». Estas palabras fueron las que se pudieron leer el 29 de noviembre de 1948 en el diario ABC. La noticia en cuestión hacía referencia a la reunión que Francisco Franco había mantenido con don Juan, monarca español en el exilio. Un encuentro que duró tres horas y en el que, tras debatir todo tipo de temas, los protagonistas llegaron a la conclusión de que Juan Carlos (el hijo del rey) cursaría sus estudios en España.

El origen de la entrevista en el yate Azor hay que buscarlo en la Segunda Guerra Mundial. En plena contienda, don Juan se acercó poco a poco a los aliados al considerar que su victoria era inminente y que, una vez que hubieran acabado con Hitler, cargarían contra Franco. Por entonces las relaciones entre la realeza y la jefatura del Estado no podían ser peores. «Por ello, los que en aquella época se llamaban juanistas, es decir, los partidarios de don Juan de Borbón, procuraron aparentemente distanciarse del Régimen, para aparecer ante los ojos del mundo como “incontaminados” del franquismo», explica el historiador Josep Carles Clemente Muñoz en su obra «Príncipes de Asturias».

Pero la guerra terminó, y Franco no solo no perdió ni un ápice de poder, sino que se vio todavía más asentado en la poltrona. En base a ello, y a los deseos que tenía de que la monarquía fuese reinstaurada, Julio Dánvila (franquista y alfonsino a la vez) se decidió a escribir varias cartas en 1948 al monarca para que le permitiese empezar a dar forma a un curioso plan: organizar una entrevista entre el de Ferrol y él. Un primer acercamiento en el que ambos pudieran intercambiar opiniones y en el que se buscaría que don Juan abandonara su residencia en el exilio para volver a su amada España.

La respuesta de su alteza a los múltiples mensajes fue sincera y por escrito: «Tus argumentos tienen, desde luego, originalidad y fuerza, pero no se te ocultará que llevar a la práctica tus planes no sería cosa fácil; cada vez me inclino más a dejar actuar a mi representación en Madrid [...] Sabrás que están ahora en plena crisis y quiero esperar a ver cómo la resuelven y qué me proponen». A pesar de todo, terminó aceptando la propuesta. Así comenzó el «Plan Dánvila», quien se presentó a finales de julio en el Pardo y logró convencer a Franco de que mantuviera una reunión con Su Alteza.

La fecha se fijó aproximadamente entre los días 23 y 25 de agosto (finalmente se estableció este último) en aguas de San Sebastián (el Golfo de Vizcaya), y el conde de Barcelona aceptó sin consultar siquiera con sus más allegados,. Entre ellos, José María Gil Robles. «En otros tiempos dirigente principal del partido católico CEDA, era consejero principal de don Juan en su exilio en Estoril desde 1945», explica el historiador español Luis Suárez Fernández en su obra «Historia general de España y América». La reunión había sido organizada, pero la relación entre Franco y el conde no podía ser peor, pues habían sido enemigos durante toda su última etapa de vida política.

Hacia la entrevista

Don Juan partió del puerto galo de Arcahon a bordo del «Saltillo», un velero de 26,25 metros de eslora y 5,25 de manga, según explica el periodista Joaquin Bardavio Oliden en su obra «El reino de Franco, biografía de un hombre y época». A su encuentro salió el «Tambre», un dragaminas que le hizo las veces de escolta. El navío en el que viajaba era propiedad de uno de sus grandes amigos, Pedro Galíndez, quien se lo prestaba indefinidamente. Junto al conde de Barcelona se encontraban también «el duque de Sotomayor, José María Oriol, los condes de Vallellano y el de Ruiseñada».

Como buen monarca que era, don Juan inició el trayecto vestido con un jersey de lana blanco y una gorra oscura, pero no tardó en ponerse un uniforme marinero cuando llegaron a su destino.

Franco, por el contrario, estaba acompañado del almirante Pedro Nieto y el general Pablo Martín. Todo ellos, además del séquito habitual, partieron en el yate «Azor» (posteriormente, el «Azorín» cuando fue relevado por un hermano mayor). Este bajel sumaba 30 metros de eslora por 5 de manga y fue el primer navío de recreo que el Estado adquirió para el ferrolano. Un buque de lujo que contaba con cuatro camarotes dobles con baño, uno para los marineros, un salón y una cocina. Por entonces, uno de los lujos máximos que podía permitirse el país en plenos «años del hambre». Este cascarón sería, por orden del militar, el lugar que acogería la reunión, pues era para él territorio conocido. Franco, en definitiva, jugaba en casa.

El 25 de agosto, don Juan fue el primero en llegar al punto establecido y esperó a Franco fumándose un cigarrillo. El de Ferrrol, nada partidario de la monarquía, llegó finalmente a su destino y envió una pequeña chalupa a recoger a sus curiosos invitados. Poco después, del «Saltillo» salían el conde de Barcelona y don Jaime, hermano del primero (y sordo y mudo desde los cuatro años). El distanciamiento se hacía cada vez más palpable y la tensión era máxima en la barca.

¿Buen ambiente?

Sin embargo, el hielo tardó poco en romperse. «Franco ordenó que se recibiera al conde de Barcelona con pitadas de almirante y la acogida fue efusiva», añade Oliden en su obra. El conocido hispanista Paul Preston reconoce en su libro «Juan Carlos I. El rey de un pueblo», que la cercanía de ambos diluyó las desavenencias anteriores y que el de Ferrol llegó a «derramar profusas lágrimas» cuando vio a don Juan. Aquel era el mismo Jefe de Estado que, hacía no mucho, había llegado a afirmar que «la monarquía nace muerta».

En todo caso, y como lo cortés no quita lo valiente, el pretendiente llamó al ahora político «Excelencia», y el primero denominó al primero «Alteza». A continuación, y mientras esperaban, los tres se sentaron en la cubierta del «Azor» y comenzaron a dialogar. De este momento es, precisamente, del que se conservan más imágenes. Y en ellas se puede ver como Franco acudió a la entrevista ataviado con un traje y que, aparentemente, ambos se dedicaron una amplia sonrisa mientras las cámaras inmortalizaban el histórico suceso.

Primeros momentos

Al cabo de unos minutos, Franco y don Juan entraron en una sala privada en la que hablaron durante un total de tres horas. Las teorías sobre lo que discutieron durante aquella reunión es variada, aunque la mayoría coinciden en que, en principio, ambos accedieron a la estancia de que su interlocutor era poco más que estúpido. Eso sí. En ella, cada uno «barrería» para su casa, como se suele decir. En primer lugar, Franco buscaba manejar al monarca a su antojo y, por su parte, el conde de Barcelona quería que la corona se instaurase en España.

Uno de los historiadores que más datos ofrece sobre el contenido de la reunión es el hispanista Paul Preston quien -en su obra- comenta que Franco no se preocupó por esconder su aversión hacia don Juan. «Franco produjo enseguida en don Juan la impresión de que le tenía por un idiota, enteramente en manos de consejeros resentidos, y totalmente ignorante de España. No permitiéndole apenas meter baza», explica el experto. A su vez, le dejó claro que, si tenía pretensiones de volver al trono tras su muerte, más le valdría tener paciencia, pues esperaba gobernar España «al menos veinte años más».

Aun con todo, el de Ferrol le dijo que en España no había demasiada devoción por la monarquía o la república pero que, si llegaban a un acuerdo, él podía hacerle famoso «en quince días». El conde de Barcelona, por su parte, aprovechó ese momento para darle un pequeño pescozón dialéctico. «Se quedó desconcertado cuando don Juan le preguntó por qué, si era tan fácil crear popularidad, recurría constantemente a la hostilidad popular como excusa para no restaurar la monarquía». Franco, después de encajar el golpe, se limitó a decir que tenía miedo de que la realeza no tuviese suficiente mano dura como para dirigir el país.

La réplica de don Juan fue, según Preston, rápida. El conde señaló al Jefe del Estado que él, como líder militar y político, tampoco había tenido la determinación suficiente como para defender Berlín de los aliados. Una promesa que había hecho años atrás al explicar que no dudaría en usar hasta un millón de españoles para evitar la caída del nazismo. «A medida que el ambiente iba caldeándose, Franco le miraba fijamente con frío aborrecimiento», añade el experto.

El meollo de la cuestión

Tras hablar de todo tipo de temas (entre ellos, la Ley de Sucesión) el tiempo y la aparente confianza que ambos iban ganando en el otro hizo que aflorara, de boca de Franco, el tema central para él: la educación del hijo del conde, «Juanillo» (Juan Carlos, de entonces una década de vida) en España. A su vera, y lejos de don Juan, eso sí. En palabras de Preston, el ferrolano hacía aquella proposición sabedor de que, de esta forma, tendría un «rehén» que le garantizaría hacer las veces de regente y le permitiría acercarse a los aliados.

«Hablando con su habitual mezcla de astucia y prejuicio, Franco instruyó en tono paternalista a don Juan sobre los peligros que corrían los príncipes "extranjerizados"», determina Preston. Don Juan respondió con sinceridad a esta primera tentativa: «¿Cómo voy a mandar a mi hijo a España, mientras sea un delito gritar viva el rey, se multe a quienes se reúnen para hablar de la Monarquía, se prohíba, toda clase de propaganda y se persiga a los que me son fieles?». Por su parte, el Jefe del Estado se limitó a decirle: «Todo eso puede arreglarse».

Al final se acordó que Juan Carlos cursaría sus estudios en tierras españolas. Algo que algunos analistas califican de una victoria clara de Franco con respecto a don Juan, quien habría aceptado la pérdida de su hijo para que la restauración llegase a España. Con todo, la jugada no le salió mal al de Ferrol, pues -tras la entrevista- la corona rompió relaciones con algunos partidos como el PSOE. Una vez terminada la reunión, los presentes comieron en el «Azor». El menú: huevos a la americana, patatas duquesa, ternera benicarló, bizcocho helado y palitos de hojaldre.

Conclusiones varias

Antes de retirarse, Franco se dirigió de nuevo a don Juan para que quedase claro que su nueva relación de tolerancia mutua acababa de comenzar: «Seguiremos en contacto, pues quedan muchas cosas pendientes. Vuestra Alteza puede utilizar cerca de mí al duque de Sotomayor. Yo no tengo de quién fiarme, ya que todos mis colaboradores son muy indiscretos». Algunas fuentes afirman que, cuando el conde de Barcelona llegó a atierra, demostró haber quedado totalmente obnubilado por el de Ferrol, al que dio la razón en todo.

Las conclusiones vinieron posteriormente de manos de algunos colaboradores de don Juan como Gil Robles, quien señaló lo siguiente: «Parece que el duque Sotomayor […] asistió a la conferencia que, en el Azor , mantuvo con Franco y se volvió muy satisfecho. [...] Es muy pronto para formar un juicio cabal y sereno del suceso, pero […] puede deducirse lo siguiente: Primero: el rey ha dado un paso de esta gravedad sin contar con sus habituales consejeros. Segundo: Ha asistido a la entrevista no un elemento cualquiera de su consejo privado, sino el jefe de su Casa, es decir, un palatino, sin criterio político y muy partidario de la colaboración franquista. Tercero: Ha habido un especial empeño en que yo ignorara lo ocurrido... Me temo que todo esto sea de consecuencias funestas».

A nivel nacional, la prensa no se hizo eco del suceso hasta el día 29 con el siguiente texto (el cual apareció en el ABC): «El pasado miércoles, día 25, en alta mar, a la altura de San Sebastián y a bordo del yate Azor, de su Excelencia el Jefe del Estado, se celebró una entrevista del caudillo con su Alteza Real el conde de Barcelona, que pasaba de Arcachon a bordo del yate Saltillo. Después de saludarse y conversar sobre temas generales de actualidad, se trató de la educación del príncipe Juan Carlos quien, por deseo de su padre, el conde de Barcelona, comenzará el próximo curso sus estudios de Bachillerato».