Entrada al salón de oración de la mezquita de Estrecho (Madrid) - fotos: óscar del pozo

Ramadán a cuarenta grados

Arranca el mes sagrado del Islam. Más de 220.000 musulmanes radicados en la capital ayunarán de sol a sol, sin descuidar su trabajo y retando a las altas temperaturas

ANA MELLADO
MADRID Actualizado:

Un gran abanico con los versos del Corán bordados en hilos dorados preside la carnicería Alhambra, en General Yagüe. En un enorme estante a la entrada de la tienda, decenas de cajas de dátiles apiladas y dulces de hojaldre y almendra bañados en miel lucen perfectamente colocados. «De ahora en adelante, vamos a vender mucho más», afirma rotundo Ben Maimoun, marroquí de Chefchaouen, el responsable del establecimiento.

Comienza el Ramadán, el mes sagrado del Islam. En Madrid 220.418 musulmanes estarán pendientes de los movimientos del sol y la luna. La aparición de ésta marca el inicio de 29 ó 30 días, durante los cuales los fieles no podrán beber, comer, besar ni fumar, desde que sale el sol hasta el ocaso.

A partir de entonces, llega el momento de reponer fuerzas, reunirse con la familia y disfrutar de los manjares. «Sobre las 21.15 horas aproximadamente empezamos a comer. Una taza de harira —sopa muy consistente—, dátiles, frutos secos y dulces. Antes de ir a dormir volvemos a tomar algo y luego sobre las cinco, antes de que salga el sol cargamos fuerzas para resistir las siguientes doce horas», continúa Maimoun, mientras el dependiente trocea una pieza de ternera para una clienta. La rutina en este establecimiento no variará. Trabajarán como un día más y rezarán en la trastienda o, si disponen de más tiempo, se acercarán al templo.

Dos calles más abajo, en el 7 de Anastasio Herrero se erige la gran mezquita Abu Bakr. Bilal nació hace 21 años en Tetuán, se calza sus chanclas que ha dejado en la entrada y recoge su mochila. En el descansillo, el calzado que precede a la sala de oración de hombres, indica que en el interior, los fieles se encuentran orando en dirección a la Meca. Justo en la planta de arriba, en una espacio similar a la de los caballeros, las mujeres hacen lo mismo. En la puerta de la sala de abluciones —lavabos donde los fieles deben lavarse antes de la oración— Bilal comenta con orgullo que él ayuna durante el noveno mes del calendario lunar desde que tenía 12 años. «Éste es el mes del recogimiento, el acercamiento y la purificación, no sólo por fuera (viene bien que el cuerpo y el estómago descansen por unos días), sino que interiormente reflexionas, se redimen los malos actos y no podemos enfadarnos con nadie».

Precisamente ese aspecto positivo ha sido destacado por el presidente de la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE) e imán de esta mezquita, Riay Tatary. «Tiene un componente de solidaridad muy importante. Durante este mes la gente comparte todo».

Por segundo año consecutivo, el Ramadán comienza en agosto, en plena canícula, con temperaturas muy altas y días eternos.

Flexibilidad laboral

El ritmo de trabajo no disminuye por el Ramadán, no cierran sus negocios y deben ayunar bajo temperaturas de infierno y sin descuidar sus obligaciones. Para no poner en peligro la salud de los musulmanes, el imán Tatary ha pedido que se tenga una deferencia con los fieles y se facilite el cumplimiento del ayuno. «Las horas dejadas de trabajar se recuperarán con previo acuerdo de las partes».

Desde la planta baja de la mezquita se accede a la carnicería, Halal. Huele a especias y tres dependientes atienden tras un mostrador repleto de ternera, cordero, pollo y barras de fiambre. En el centro de la tienda han colocado una mesa larga sobre la que reposan seis inmensas cajas de plástico de dulces, sacos de sésamo y paquetes de té. Uno de los clientes, oriundo de Sale, trabaja como camarero en el Vips de Mateo Inurria. «Va a ser duro pasar tanto tiempo entre comida, llevando hamburguesas y demás a las mesas. Pero merecerá la pena».

En la misma calle de Anestesio Herrero se encuentra el locutorio-peluquería Marrakech. Soufian, de 31 años y natural de Larache, repasa con la maquinilla el cogote de Mohammed. «No, no voy a cerrar la peluquería. Hay que sacrificarse, sólo se trata de un mes al año».

Si en la zona de Tetuán y Estrecho, comienza hoy un mes cargado de significado, Lavapiés también ultima sus preparativos para celebrar el Ramadán. A diferencia de la zona de Bravo Murillo, donde la gran mayoría de musulmanes son de origen marroquí, en el barrio multiétnico por excelencia, proceden de Pakistán, Bangladesh y Siria. En Lavapiés, se ubican dos mezquitas; una para los procedentes de Bangladesh y otra para los de Pakistán. Pero, sin duda el lugar que congrega a más devotos con ansias de orar es el Centro Cultural Islámico de Madrid, conocido por todos como la Mezquita de la M-30, seguida de la de Abu Bakr.

Kabír Uddín Ahmed regenta una tienda de frutas y conservas. Se muestra expectante ante la llegada del Ramadán y ni se le pasa por la imaginación romper el ayuno. Lo de comer a hurtadillas, mientras el otro se da la vuelta, no sirve. «Esto es compromiso con Alá y él está presenta siempre. Cómo le vas a engañar...» comenta Ahmed.

Ante el esfuerzo del ayuno, el imán Tatary ha aclarado que el Islam no utiliza la tortura del cuerpo para acercarse a Dios. «La no ingesta de alimentos o bebidas ayuda a la renovación, no al sufrimiento. Ni el Ramadán ni ningún culto islámico tiende a esto. Nuestra meta es que toda la gente sea feliz », ha concluido.

Según marca el Islam, los menores, los enfermos mentales y la mujeres durante la menstruación, el embarazo o el puerperio están exentos de seguir los preceptos que rigen el Ramadán.