Paul Anka, anoche entre el público asistente a su concierto
Paul Anka, anoche entre el público asistente a su concierto - Guillermo Navarro

Paul Anka, un músico de diez

Paul Anka llenó anoche el Teatro Real del magisterio sonoro de Sinatra. Personalidades versátiles para un concierto memorable narrado en primera persona por nuestro crítico

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Un vídeo de presentación nos mete en harina, antes de que los doce soberbios músicos que lo acompañan esta noche en el Teatro Real salgan a escena a empuñar sus instrumentos. Las imágenes nos sitúan en el inicio de los sesenta, cuando un jovencísimo cantante y compositor canadiense irrumpía en el negocio discográfico. Las adolescentes gritaban histéricas en sus conciertos. «Diana» había copado no solo las listas Billboard convencionales, sino también las listas llamadas «raciales». Un éxito indiscutible, aunque no el único.

A él siguieron otros número 1, que cantará está noche, como «Lonely boy» o «She’s a lady» como compositor para Tom Jones. Ahora, los que estamos aquí, lo que esperamos es ver surgir el espíritu de Sinatra, no en vano de Paul Anka, que actuaba como padrino dentro del Universal Music Festival, fue la creación iluminada de «My way», cuya letra compuso en una ráfaga de inspiración y que tras alcanzar la inmortalidad gracias a su padrino, ha sido registrada por más de 500 artistas.

Paul se encuentra a gusto, recuerda al público madrileño cuando vino por primera vez, de adolescente, en los años sesenta. Y ha vuelto, se nota, con ganas de gustar y darlo todo. Y así ha sido. «No es mi trabajo, hago lo que me gusta», nos dice, y recibe una gran ovación. La primera tríada de canciones sale de la orquesta como de una turbina, mientras Paul, de traje negro con chaleco y botas de tacón, perfectamente camufladas, se apodera del micro en la fase que más cariño le tiene, por ser la de su lanzamiento, un fenómeno mundial, con «Destiny», «Diana» y «Adam&Eve», número uno en España en 1961, y que fue traducida al castellano. El enlace es de riesgo, pero lo solventa creciéndose con una fabulosa recreación del clásico de Cole Porter, «Under my skin», para lucimiento de la banda.

A la usanza de Broadway

El concierto toma velocidad de crucero gracias a melodías inolvidables como «Put your hand on my shoulder» o «Strangers in the night», apareciendo de nuevo el espíritu de Sinatra como si el fantasma de la ópera hubiera sufrido esta noche una transformación molecular. Paul Anka baila, eleva atléticamente las piernas, a lo Fred Astaire, homenajea sobre el escenario al Rat Pack, deleita con la voz, se divierte y divierte al respetable atacando «She’s a lady», en todo momento seguido por un doble foco de cañón a la vieja usanza de Broadway, que lo tiene maravillado. Ay, pero no todo va a ser llenar el escenario como una fiera, sino que se sienta al piano de cola, que para eso está. Y nos deleita con una inesperada composición preciosa de la gran Dolly Parton.

Hay momentos de encuentro generacional, muy bien resueltos, como la aparición de las primeras notas del «Purple rain» de Prince. Y cuando parece que ya no puede sorprendernos más, llama a sus músicos, los sienta en primera fila, y en cuarteto, con tres acústicas y un bajo, acompañados por el batería, hacen caer lágrimas al contar la historia de cuando iba en el autobús, con un chico de Lubbock, Texas, que le dijo: «¿Por qué no me haces una canción?». Sí, el mismo: sale la imagen de Buddy Holly. Nos recuerda que murió justo después de registrar en 1958 «It doesn’t matter anymore».

Orquestación exquisita

El cuarteto, en primer plano, ha transformado el Real en un Honky Tonk de carretera, y mantiene el rasgueo uniforme hasta que el público aúlla de placer, fundiendo temas, ahora suena «Bye, bye, love» de los Everly Brothers. La versatilidad de Anka, tremenda en escena, lo devuelve a la orquestación exquisita. Ahora toca volver a dar protagonismo al fabuloso saxo de John Glass, y al resto de la prominente sección de viento. Volvemos a Las Vegas, al casino, el humo, el whisky y los momentos que Paul conoce bien, que son los de todo o nada. Se la juega, es el momento de la transfiguración. Y ahí que se lanza, con «Let me try again» enlazándola con «My way».

No deja tomar aliento, así que salta del escenario y arremete con violencia contra las cintas de seguridad. Quiere que compartamos desde la primera fila, de pie, saltando y bailando, «New York, New York», la canción marinera urbanita por excelencia, donde todos los sueños pueden hacerse realidad. El desfogue es colosal cuando arranca «Proud Mary», con tal fuerza que crees estar viendo a Frankie bailando con Tina Turner. Y así fue, un concierto memorable, de sonido de diez, del que salir un poco como si hubieras presenciado un cuento de hadas, o un «guarismeique», como decía mi padre.