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SILENCIO A LA MADRILEÑA

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Para aficionar a la gente al tenis, en Madrid han empapelado las vallas con el siguiente reclamo publicitario: «Su grito alcanza los 101 decibelios, igual que una sirena de policía». Y ponen la foto de una Lílí Álvarez moderna («yo nací, perdonadme, en la edad de la pérgola y el tenis…»), que es como si para aficionar a la gente a la ópera pusieran la foto de un Pavarotti con los kilómetros por hora que alcanza su revés. Bien, pues a pesar de la ópera y el tenis, yo no creo que la gente esté por los gritos. En la corrida del Domingo de Resurrección hubo seis toros con sus correspondientes seis silencios. El silencio de Las Ventas no es el silencio de La Maestranza, que es un silencio impostado: en la tauromaquia sevillana, como en el tenis madrileño, no está permitido hablar para así poder escuchar los gritos de las tenistas y los toreros, que el grito es el último grito de la psicología, cuyos profesionales lo recomiendan para quitarse de encima el miedo y el estrés. En los toros el auge del grito ha coincidido con la decadencia del volapié. Es natural. El toro está cuadrado. El torero monta la espada. Al iniciar el volapié, el torero grita. El toro, del susto, se contrae. Y el torero, al pinchar en un músculo que es una mediasuela, sale rebotado como por un golpe de omóplato. Pero en Madrid, y en Domingo de Resurrección, no se oye ni a los toreros. Así de deprimente es el espectáculo. Las autoridades taurinas de la capital han decidido regalar esta fecha a Sevilla, donde la industria del arte monta una especie de Arco taurino, con los artistas de guardia y sus «performances», que son a la tauromaquia lo que la estatua de Velázquez en la calle de Juan Bravo es a las artes plásticas. Mientras Francia declara los toros patrimonio cultural inmaterial, Madrid los condena a una merienda para pobres que permita a los pollos peras ir a Sevilla a pegar aletazos con los barbillazos de Morante y los naturales de patilla retrasada de López. Y la gente, callada.