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Y ahora, ¿qué?

Yo siempre he creído que Zapatero es la crema de la izquierda española

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Pobre pueblo, decía el sábado —con su Platón a cuestas— Gregorio Luri, el que se cree superior a sus políticos. Y llevaba más razón que un santo. Yo siempre he creído que Zapatero es la crema de la izquierda española (sólo hay que leer las frases de camiseta de la Puerta del Sol), y Rajoy, la crema de la derecha española. Ahora la ley del péndulo que mece a la democracia ha echado de una patada en el culo a Zapatero, que todavía tiene dos salidas para seguir jugando a estadista: la guerra de Libia y la impugnación de las elecciones del domingo por el aquelarre antidemocrático del sábado en la Puerta del Sol, sede del Gobierno que ha renovado brillantemente Esperanza Aguirre, con toda la secta progre en contra. «No debemos dejar paso a esos sectores casposos, llenos de rencor y sedientos de riquezas», había avisado desde Getafe, con la elegancia propia de quien está acostumbrado a intimar con Tácito, el profesor Peces. A lo que los madrileños, que empiezan a tener gracias a Zapatero una idea bastante aproximada de lo que es la pobreza, contestaron con sed de riqueza insatisfecha llenando de votos las urnas de la marquesa, bajo cuyo paraguas el profesor Peces podrá seguir llevando esa vida muelle que caracteriza a la Universidad española, donde con una lectura somera del librillo de Stéphane Hessel te las puedes echar de Althusser de Getafe que despacha consignas y artículos de fondo. Electoralmente, pierde peso Gallardón, pero poco, visto su empeño por convertir Madrid en la Kaohsiung (Taiwán) del Occidente, transformando las aceras en circuitos y velódromos, y las coquetas plazas burguesas, en desoladas explanadas para «performances» sesentayochistas inspiradas en el gazpacho metafísico del Althusser de Getafe, que nos ha hecho pasar de «Leer “El Capital”» a «Leer “¡Indignaos!”». Gallardón sigue sin entender que, por más que acaricie sus bolsillos con los cheques de la señora Claypool, para la izquierda siempre será un facha.