Ferran Garrido - Un pica en Flandes

La memoria de Machado

«Dejen ya a los poetas en paz. Dejen vivir a los muertos»

Ferran Garrido
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Hoy escribo con lágrimas en los ojos. Los poetas somos así. A veces los versos brotan con tinta. A veces con sangre. A veces con lágrimas. Como hoy.

Podría haber escrito este artículo en versos alejandrinos en homenaje al último que escribió Antonio Machado. Al menos al último que encontraron en el bolsillo del gabán de su muerte olvidada y solitaria en una ciudad francesa, en el destierro de Collioure. “Estos días azules y este sol de la infancia”.

Pero mis lágrimas de hoy, este dolor que reflejo en estas líneas, no es por su ausencia y por su muerte sumida en la miseria de una guerra que destrozó a los españoles y de la que prefiero no hablar. A los poetas, cuando mueren, como me pasa con Federico, les recuerdo en una ausencia habitada de versos que siempre nos hace permanecer a su lado. Y ellos al nuestro.

Mis lágrimas, mi dolor de poeta, mi angustia, están provocadas por el comportamiento que hemos vivido en estos dos últimos días, a cargo de algunos representantes de la “clase política” en torno a la figura y a la memoria de Antonio Machado.

Cuando leo versos de Lorca, de Rosales, de Cernuda, de Salinas, de Miguel Hernández o de Antonio Machado, leo amor y veo luces de vida y de memoria, independientemente de la orientación y utilización política que se les ha dado a lo largo de la historia.

Cuando escribo versos, con la mochila cargada de las lecturas de sus palabras, dejo que se deslicen entre mis dedos las arenas de ese amor, del dolor, de la muerte, pero sobre todo de la vida para mirarme con letras en los ojos de los lectores. Y los versos y el amor no son de izquierdas ni de derechas. Los versos, como los poetas, son de todos los que seamos capaces de derramar una lágrima de amor en su memoria.

Imagen de Antonio Machado
Imagen de Antonio Machado - ABC

Cuánto dolor me han causado esta semana los mensajes fáciles en redes sociales. El recuerdo de un 80 aniversario de la muerte de un poeta, un hombre bueno, sencillo e intimista, que vivió la muerte con el silencio de la ausencia.

Esta semana, políticos de un color han alabado al poeta. Como lo hicieron miles de españoles. También lo hicieron políticos de otro color. Hasta ahí todos contentos. La palabra fue, durante unas pocas horas, instrumento de comunión intelectual y comunicación sin color. La estridencia llegó desde la cuenta oficial de un partido que afea a otros las alabanzas al poeta poniendo ese recuerdo en el plano de la fea política actual. No les voy a dar más pistas. Mi moral de escritor, de lector y mi corazón de poeta no me lo permiten. Pero se lo resumo en una sola palabra: nausea.

El enfrentamiento, ya se pueden figurar, se produce entre izquierda y derecha. Vuelven las dos Españas que reniegan de la dicotomía eterna de nuestro pueblo, pero para enfrentarse en el ambiente patibulario de las recriminaciones oportunistas de los días preelectorales. Lamentable, para ensuciar con estériles disputas la memoria de los muertos y “helarnos el corazón”, como escribió Machado.

Pongan ustedes los nombres de los actores de este drama. Yo no lo voy a hacer. Basta con leer los periódicos de estos últimos días y ver las redes sociales para sentir el reflujo previo al vómito. Y es que a mí me pasa como a Unamuno, que “amo a España porque no me gusta”. O tal vez los que no me gusten sean algunos españoles.

Machado. Machado. Don Antonio Machado ha servido esta semana para que unos quieran patrimonializar su recuerdo y otros le usen para tirarse los trastos a la cabeza. Y así no vamos bien. Detesto el guerracivilismo que resurge de lo más pútrido de las cloacas del recuerdo. El aroma fétido de esa senda no nos lleva más que al sumidero de los peores momentos de nuestra historia.

Dejen ya a los poetas en paz. Dejen vivir a los muertos. Que cada vez me resucitan más la palabras de Ortega con su “no era esto, no era esto”.

Por cierto, mi segundo apellido, ese que perdemos los periodistas, los escritores y los poetas, como también los muertos, es Machado. Sólo pido que tengan dignidad en su recuerdo.

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