Antonio Illán Illán

«Esquilo» o la anagnórisis de Rafael Álvarez «El Brujo»

Antonio Illán Illán
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Título: Esquilo. Compañía, texto, dirección e interpretación: Rafael Álvarez «El Brujo». Música: Javier Alejano. Escenografía: Equipo escenográfico PEB. Diseño de vestuario: Georgina E. Moustellier. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Lugar: Teatro de Rojas (Toledo).

«Esquilo, nacimiento y muerte de la tragedia» es una propuesta que nos lleva no sé si a la anagnórisis de la tragedia misma o a la anagnórisis del Brujo. De acuerdo con Aristóteles, el momento ideal para la anagnórisis trágica es un giro de la fortuna, por el cual, en un momento crucial, todo se le revela y hace claro al protagonista de la acción con efectos casi siempre demoledores. Por supuesto se le hace presente a Prometeo y a Edipo y al propio Brujo, cada vez que actúa y se encuentra a sí mismo, reinterpretándose siempre en ese juego de saltos de rayuela, en el que va del tema a «sus» temas, de Edipo a su vecino, de Prometeo al presidente de Extremadura o de la Grecia clásica a La Solana, con la anécdota tan repetida en muchas de sus actuaciones sobre un espectador y el Hamlet del ser o no ser. Claro que Edipo descubre la verdad sobre sí mismo y la tragedia se desencadena y el Brujo lo narra maravillosamente; claro que la revelación de la verdad ignorada por el protagonista cambia la perspectiva y la reacción del héroe, que se adapta y se acomoda aceptando su destino y en consecuencia ayudando a que este ocurra; claro que el Brujo se encuentra siempre, pero él es un poco dios de la escena y sabe capear los temporales y logra que el público se divierta y que se ría entre frase lapidaria y frase lapidaria de los autores clásicos y las referencias a la actualidad (Podemos, VOX, etc.) que le aportan tanta complicidad con el público.

Cualquier obra que interpreta Rafael Álvarez «El Brujo» desde hace muchos años, también este «Esquilo», habría que acomodarla a la hibris, pero no al concepto clásico, sino a una hibris teatral, en la que la desmesura, o el estilo propio, no es el límite impuesto por los dioses del teatro, sino la transgresión de esos límites sin volverse loco. Ahí podemos situar la pregunta insistente e intermitente en la obra que va calando en el espectador: ¿quién soy yo?

Esta vez ha tocado hablar de la tragedia griega, bien es cierto que asentando conceptos en Nietzsche y en Steiner. Del primero hace uso de su concepto de las divinidades para poner de manifiesto la condición humana en su sentido más estricto. Del segundo, en boca del Brujo, todavía me baila una afirmación: «La tragedia es la forma de arte que exige la intolerable carga de la presencia de Dios». Las referencias nietzscheanas son variadas y diversas, si bien el autor apuesta más por lo dionisíaco que por lo apolíneo. Por supuesto, que el autor y actor se ha empapado de la tragedia griega. Y no ha quedado ajena la comedia de siempre ni el universo que va del ayer al hoy, desde Esquilo, Sófocles y Eurípides a los monologuistas, tan de moda en la actualidad. El Brujo hace de todo su espectáculo un monólogo-puzle con una imagen marcada a fuego, que hace pensar que, aunque cambie los temas del leitmotiv, siempre parece representar la misma obra. Pero no es la misma. Hay concepto y reflexión y filosofía y cultura. Juega con Esquilo y con la tragedia.

Muchos dioses aparecen por escena, en esencia aquellos a los que les gusta el vino, como Dionisos, también Hermes y Zeus con su toque prepotente y hasta hace una incursión en los indúes, como Krishna o Vishnu. Se documenta bien y destila todo en el alambique de su desbordante creatividad y su admirable experiencia.

En el escenario del Rojas, una vez más, el Brujo ha demostrado que es un maestro narrando y embelesando al público con ese arte empático especial que tiene para llevárselo siempre a su terreno. A sus 69 años, y a pesar de actuar con la voz amplificada, algo que siempre produce una sensación de estar escuchado la radio en vez de a un actor en escena, ha puesto de manifiesto su maestría en la modulación y el manejo de muy diversos registros, entre los que incluyo los de imitación de voces ajenas.

Rafael Álvarez embruja al público y lo lleva por los derroteros más insospechados. Todo vale en ese cajón de sastre o cuerno de la abundancia en que convierte sus espectáculos; y el que lleva las riendas es él. Canta, baila, se equivoca (o hace que se equivoca), rectifica (o hace que rectifica); se desnuda y se muestra tal cual es ante un público, generalmente incondicional, que le admite, complaciente, todo tipo de desvaríos.

En una escenografía simbólica, con una iluminación estupenda y con música en directo que ilustraba o subrayaba textos y momentos significativos, el artista se ha desenvuelto como pez en su agua.

Para darle la razón y puesto que él siempre aprovecha para meterse irónicamente con los críticos, he de decir que el vestuario no me ha gustado nada esta vez por inapropiado.

Rafael Álvarez «El Brujo» es un actor genial, cuando quiere; un histrión, cuando le da la gana; un bufón, cuando lo considera oportuno; un provocador cuando le sale la vena; un entretenedor, cuando alarga el tópico con morcillas traídas por los pelos; un adulador del público, para metérselo en el bolsillo; un narrador excepcional; un profesional que domina todos los registros de la escena; y un magnífico empresario de su propio capital basado en la fuerza de su trabajo como «actor solista». Dé él he dicho en alguna otra ocasión, y hoy lo repito, que más que un actor y bastante más que un estilo de interpretar, es prácticamente un género teatral. Gusta o no gusta. Lo normal es que el público se rinda a sus pies o se eche en sus brazos y le ría el gesto y la palabra, el deje y la frase ingeniosa, el bailecito y el recuerdo a Chiquito, la interacción con el entorno y las referencias a lo que pasa en la calle y la actualidad más mediática.

«Esquilo» resultó un espectáculo excelente para espíritus populares con ganas de reír y de pasarlo muy bien durante casi dos horas sin descanso. Los aplausos y los bravos fueron el premio merecido a un buen trabajo.

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