ARTES&LETRAS CASTILLA-LA MANCHA: HACERSE EL VIVO

Caras

«No supe muy bien por qué motivo ponía mi hermana aquella expresión de pánico»

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El primer recuerdo de mi vida es la cara de espanto de mi hermana al verme con medio rostro ensangrentado. Recién descubierto el placer de poder andar solo, a mi aire, por el patio, había estado trasteando entre los troncos de leña que mis padres amontonaban todos los inviernos en un rincón del soportal, y se conoce que, por culpa de un mal paso o un falso asidero, me di un trastazo en la cabeza contra algún leño, abriéndome una brecha en la sien, cuya cicatriz aún conservo.

No lloré ni me di cuenta de lo que me acababa de pasar hasta que vi la cara de horror de mi hermana, y aun viéndola no supe bien por qué motivo ponía aquella expresión de pánico ni por qué, acto seguido, chillaba tanto, como una loca, llamando a mi madre. No lo recuerdo, pero si algo, en aquel momento, me aterró, fue aquella cara descompuesta de mi hermana y sus gritos desesperados, más que la sangre, el dolor o lo que fuera que me hubiese hecho en la frente al golpearme con los troncos.

Pocos años después, estando en preescolar, fueron las caras preocupadas de las maestras las que me advirtieron de que algo malo pasaba. Ellas, custodiándome en silencio, me condujeron hasta mi madre a la salida del colegio. También mi madre tenía cara de susto. Me dijo que me fuera a casa de los abuelos, que ella tenía que marcharse a Toledo. Pocos minutos antes, a mi padre, en el trabajo, se le había caído una pared encima y en aquellos momentos iba dentro de una ambulancia de camino al hospital Virgen de la Salud.

Aún hoy, cuando veo alguna película de nazis, con ese niño judío que sale de la escuela y se encuentra a su madre aguardándole con la tragedia pintada en la cara porque acaban de detener a su marido, y ella abraza y besa a su hijo como nunca antes lo ha hecho, experimento un estremecimiento cómplice, como si yo también hubiese pasado por lo mismo. Pueden parecer casos no comparables (de hecho no hay comparación posible), pero sí lo son en la mente de un niño que no sabe lo que pasa ni entiende nada salvo la inquietud y la urgencia reflejadas en el rostro desencajado de su madre.

En el hospital, cuando días después me llevaron a ver a mi padre, me negué a entrar en la habitación donde lo tenían encamado. Me dio miedo. Aquel hombre que, desde su posición horizontal, con la cabeza un poco alzada, me taladraba con su único ojo (un parche negro le cubría el otro), indicándome con una mano que me acercara para darle un beso, no era mi padre. Pero pasa, me insistían, acércate a él, ¿no quieres dar un beso a tu padre? Quería dar un beso a mi padre, pero había un problema: aquel señor no era mi padre. ¿Cómo iba a ser mi padre aquel hombre tumbado, cubierto por una sábana y con un parche negro en un ojo? Agarrotado en el umbral, con los pies bien atornillados al suelo, me resistí a entrar a pesar de los empujones y las palabras tranquilizadoras de mis familiares. Es tu padre, es tu padre, me decían. No es mi padre, protesté en voz alta. Es un pirata. Sólo entonces, al comprobar cómo en la cara del pirata se dibujaba una sonrisa, empecé a caminar, tímidamente, hacia mi padre.