Páramos de la Sagra toledana
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ARTES&LETRAS: HACERSE EL VIVO

Arrieros somos

«Paralizado por el miedo, cerró los ojos, resignado a lo que aquel loco peligroso quisiera hacerle»

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Como todas las tardes después de llegar de trabajar, mudó la ropa de faena por otra más cómoda y, tras despedirse de su anciana madre, se echó de nuevo a la calle en dirección al campo. Por las calles del pueblo iba con paso alegre, relajado, las manos hundidas en los bolsillos de la sudadera, silbando, sin envidiar la salud de los corredores con que se cruzaba (él roza ya los cincuenta), ni los carritos de bebé empujados por padres mirando el móvil (es soltero y sin hijos), ni la compañía de los perros que tiran de la correa como bestias (a él el suyo se le murió hace unos años, y lo pasó tan mal al tener que sacrificarlo que se juró que nunca más volvería a tener otro).

Total. Que, tras cruzar la última glorieta del pueblo, se vio alejado del mundanal ruido, como dijo el poeta, y continuó avanzando un poco más por su escondida senda, con el deseo de alejarse por completo de la civilización. Así llegó a un punto en que, aunque se volviera y se pusiera de puntillas, ni el campanario de la iglesia podía divisar. Tan a gusto, se dijo. Contemplando cómo cae la tarde, sin ver a nadie, sin escuchar nada, aquí solo en mitad del campo.

O eso creía. Porque nada más sentarse en el mojón de piedra donde siempre hacía un descanso para fumar, al sacar el cigarrillo e ir a encajarlo en una esquina de la boca, percibió a lo lejos lo que parecía una figura humana, como enlutada, corriendo como un poseso entre los desmontes. Se acordó de algunas historias escuchadas de niño acerca de locos que se escapaban del manicomio de Ciempozuelos y que, en su enloquecida huida hacia ninguna parte, acababan perdidos por estos páramos de La Sagra, vagando frenéticamente por donde su locura los llevara.

Asustado, arrojó el pitillo sin haberlo siquiera encendido y se incorporó con idea de marcharse de allí a paso ligero. Pero justo entonces se percató de que el loco, en su endiablada carrera, había atajado un trecho y se aproximaba por el camino como si le llevaran los demonios. Fue entonces cuando también él empezó a correr como si no hubiera un mañana, ahogándose, tosiendo a cada tranco que acometía, con una mano en el corazón para detectar posibles señales de infarto. Pero, por más que tratara de ganar velocidad, el loco corría más que él y enseguida oyó su sulfuroso aliento a escasos metros. Paralizado por el miedo, cerró los ojos, resignado a lo que aquel loco peligroso quisiera hacerle, saltar sobre él y morderle la yugular hasta arrancársela de cuajo o desnucarlo allí mismo, de un golpe seco a mano abierta, como a un conejo.

Pero el loco, en lugar de agredirlo, lo adelantó por la derecha sin apenas rozarlo y lo espoleó con voz profunda y sentenciosa, de púlpito:

-Arre, hijo, arre, no te pares que te vas a quedar frío.

Reconoció aquella voz de inmediato. Y, al abrir los ojos, comprobó que sí, que el loco endemoniado era el cura, con un aspecto mucho más saludable del que presentaba meses atrás, un color de tez más sano, menos cerúleo, y un cuerpo más estilizado y fibroso bajo el chándal negro.