Laín Entralgo: Retrato de un humanista

Laín Entralgo: Retrato de un humanista

En la estela de Goya, de Servet o de Cajal, Pedro Laín Entralgo fue otro aragonés de pro. O sea, ilustrado y universal. Caracterizado además, ha escrito Diego Gracia, “por su persistencia en llevar a término su propia vocación de ser sincero y honesto consigo mismo”. Ahora, su obra vuelve a protagonizar la actualidad cultural con novedades editoriales entre las que figura el compendio de sus textos agrupado bajo el título “Reconciliar España”

RAÚL CARLOS MAÍCAS
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Vuelve Pedro Laín Entralgo (Urrea de Gaén, Teruel, 1908 – Madrid, 2001) a protagonizar la actualidad cultural y la sección de novedades de nuestras librerías. Dos recientes publicaciones así lo atestiguan: por un lado resaltaremos la monumental y ya imprescindible biografía, Voluntad de comprensión, que ha elaborado su discípulo Diego Gracia; por otro, el compendio de textos lainianos que se han agrupado bajo el título nada inocente de Reconciliar España. Ambos volúmenes poseen méritos incuestionables e interés más que suficiente para ser objeto de una lectura atenta y provechosa. Su edición testimonia, además, el empeño de un significativo grupo de personas y entidades por seguir trabajando a favor de la recuperación seria y objetiva de su figura. Pero, sobre todo, certifica el objetivo común de que el redescubrimiento de la vigencia de su obra se continúe produciendo, con rigor y sin demora, para provecho de las nuevas generaciones.

Quizá, quiere creer uno, la influencia de ese comprometido y prolífico humanista que siempre fue Pedro Laín Entralgo nunca se haya ido del todo. Pero, sin duda, leyendo ambos libros comprobaremos hasta qué punto su aventura vital y su legado intelectual pueden y deben seguir ayudándonos a entender y afrontar los problemas de la España de hoy. No en vano se trataría de rearmarnos, con su lucidez y su ejemplo, en la tarea de dar alguna que otra vuelta de tuerca positiva a nuestra a menudo maltrecha convivencia, a nuestros improductivos desdenes y a ciertas querellas éticas y estéticas que agrietan la necesaria cohesión colectiva que requieren estos tiempos difíciles.

A nuestra condición, todavía, de sociedad invertebrada y a las falacias del presente le vienen bien las lecciones que atesora Diego Gracia en su monumental, y aun así bien narrado y documentado, asedio biográfico al ingente acervo de conocimientos (Medicina, Ciencias Químicas, Filosofía, Literatura, Antropología…) y a la compleja evolución personal de Pedro Laín Entralgo.

Editar, hoy, a nuestro paisano es reivindicar la actualidad de un pensador que supo evolucionar ideológicamente de un juvenil falangismo a un inequívoco compromiso democrático en la madurez. Así, quien en 1939 y tras el fin de la guerra civil española, fuera nombrado director de la Editora Nacional lo encontraremos, ya en los años 50, mostrando un espíritu liberal y abierto que promovía la reconciliación de las dos Españas, el perdón y la rehabilitación de las víctimas de aquella barbarie que fue el conflicto bélico fratricida. De todo ese proceso de ajuste de cuentas consigo mismo daría noticia, años más tarde, en un libro clave de la Transición: Descargo de conciencia (1976).

A uno, que inició su amistad con Laín Entralgo en los años 80 a raíz del envío dedicado de su libro Más de cien españoles, siempre le ha enriquecido conocer el testimonio de vigor y clarividencia que define la longeva y productiva biografía de este sabio grafómano, autor de más de cien libros. Y es que, durante toda su vida, quien fuera mítico catedrático de Historia de la Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, mostró su capacidad para moverse con soltura en las materias más diversas. Esa cultura enciclopédica, esa memoria inmensa sobre las más variadas cuestiones, forman parte de un tipo de intelectual que tuvo en su figura a uno de los últimos representantes.

En la estela de Goya, de Servet o de Cajal, Pedro Laín Entralgo fue otro aragonés de pro. O sea, ilustrado y universal. Caracterizado además, ha escrito Diego Gracia, «por su persistencia en llevar a término su propia vocación, de ser sincero y honesto consigo mismo. En la vida de Laín eso ha sido una constante. De ahí que, a pesar de los vaivenes de una existencia movida, a veces convulsa, haya en su biografía una enorme coherencia interna, una gran fidelidad a sí mismo, un intento denodado por ser aquello que creía en cada momento tener que ser».

Por todo ello, y desde estas páginas de ABC, sólo cabe invitar a los lectores a que no desaprovechen esta nueva oportunidad que se nos brinda y redescubran al personaje y su obra. Una iniciativa que ojalá contribuya a que valoremos más y mejor la aventura intelectual de uno de los aragoneses más notables del siglo XX, de uno de esos españoles esenciales para entender nuestro tiempo. En ese sentido conviene recordar que, en fecha tan temprana como la de 1941, Pedro Laín Entralgo escribió en el prólogo del libro programático de toda su actividad ulterior, Medicina e Historia, este párrafo fundamental para entender su vida y su obra: «Si en todos los libros va impresa y expresa el alma de su autor, de la mía ha salido, en cuanto al hombre le es dado el ejercicio de conocerse, ese ímpetu por trabar y unir lo disperso en el pensamiento y en los hombres. Creo servir con ello al designio de mi generación española, tan arduo y espinoso en esta España nuestra, vieja, hendida y propensa a la engallada bandería. Sirvo, en todo caso, al ser que Dios me dio, y ahí quiero encontrar límite y honra».

EL PERENNE EJERCICIO DE LA CONVIVENCIA. La curación por la palabra era uno de los ingredientes básicos en el mensaje humanístico lainianio. Léanlo y dialoguen, por favor. Porque, como proclamaba nuestro paisano y recordó la historiadora Carmen Iglesias en la presentación de estos nuevos libros que ahora glosamos, la convivencia entre españoles requiere de un perenne ejercicio de justicia social, libertad política y eficacia técnica y administrativa. Un espíritu y un programa que sentó las bases de nuestra Transición y que ahora, más que nunca, no debe perderse de vista si queremos afrontar los retos del presente con saludable y sincero optimismo.

Terminaré haciendo mías las palabras que escribiera Joaquín Ruiz-Giménez en el amplio número monográfico que nuestra revista «Turia» dedicara en 2002 a Pedro Laín Entralgo: «La luz de su inteligencia me abrió caminos, especialmente en momentos difíciles, y el calor de su corazón me impulsó a no desmayar en empeños fundamentales. Y ahora, cuando ya no le tenemos en esta dura tierra, sus palabras escritas, vivificantes siempre, confortan ni ánimo, y me regalan esperanza».