Análisis

El voto mutante

El barómetro que hoy publica ABC constata una realidad social que ha dejado de ser previsible

Manuel Marín
MadridActualizado:

El barómetro que hoy publica ABC constata una realidad social que ha dejado de ser previsible: lo efímero y cambiante de la simpatía o antipatía por liderazgos políticos con fecha cada vez más corta de caducidad, y la volatilidad emocional del voto en función de criterios poco manejables por los estrategas de los partidos. El electorado español está evolucionando a velocidad de vértigo y los códigos tradicionales han dejado de servir para interpretar con certeza expectativas de voto, tendencias fidelizantes o, incluso, la orientación de la movilización ideológica.

Casi cuatro de cada diez españoles no solo no tiene decidido el sentido de su voto, sino que además admiten que su criterio es oscilante, y que puede decantarse por un partido o por otro en cuestión de horas. Partiendo de la base de que no parece razonable pensar que un votante clásico del PSOE vaya a votar a Vox, o que uno del PP lo haga a favor de Podemos, o que uno de Podemos se incline por Ciudadanos, la segmentación política en España se ha instalado en dos variables simples -la izquierda y la derecha-, pero con tan compleja pluralidad de partidos en cada uno de ellos que todos tienen capacidad suficiente para provocar su mutua anulación. El electorado vuelve a estar ideologizado a izquierda y derecha. Sociológicamente, el votante se refugia en un simplismo reduccionista que reproduce viene el guión que antes interpretaba en soledad el bipartidismo de PSOE y PP.

Pero el fenómeno es engañoso. No sería extraño que en las elecciones generales hubiese tres partidos de izquierda consolidados -si Íñigo Errejón abandonase Podemos para fundar su propia secuela-, y tres asociados mentalmente a la derecha. Bien. Cuatro de diez votantes de la izquierda dudarían sobre su opción definitiva en su bloque. Y otros cuatro de la derecha, lo mismo. El voto mutante no va a a estar condicionado por el factor ideológico, sino por el sentimental y por la percepción de solidez de cada liderazgo. La apelación al voto útil, al voto del miedo y a la movilización endogámica empiezan a dejar de funcionar. Por eso la demagogia variable se impone.

Manuel MarínManuel MarínAdjunto al DirectorManuel Marín