El líder parlamentario de la Cup, Carles Riera, junto a sus tres compañeros de grupo en el Parlament - EFE / Vídeo: Los tres concejales de la CUP de Reus juran la Constitución en tono de burla

Giro estratégico de la CUP contra la «resignación» del proceso

El partido antisistema se aprieta el cinturón y se plantea una política más posibilista

BarcelonaActualizado:

En las autonómicas de 2015, las llamadas «plebiscitarias», fue muy celebrado un spot de la CUP en el que usando una vieja furgoneta como metáfora el partido anticapitalista presumía de «ir lentos porque iban muy lejos». En esas elecciones, la CUP tocó techó superando el 8% de los sufragios y obteniendo diez diputados en el Parlament, un resultado que decantaba la mayoría de la cámara hacia el independentismo y que en buena parte explica los acontecimientos políticos posteriores. La CUP fue capaz de mandar a Artur Mas a la «papelera de la historia», avaló la investidura de Carles Puigdemont y puso la política catalana rumbo a la confrontación directa con el Estado. Judicialmente, eso sí, son los políticos del PDECat y de ERC los que esperan la sentencia del Tribunal Supremo mientras sus socios antisistema siguen llamando a la unilateralidad.

En paralelo al propio «procés», la CUP ha escrito en apenas dos años su relato de «auge y caída», y el pasado domingo una asamblea celebrada en Celrà (Gerona) certificó el inicio del viraje organizativo y estratágico de los «cuperos». Obligados por la fuerza de la realidad política y de los resultados electorales, la CUP se ve obligada a madurar, por así decirlo. Ni la república catalana existe ni el número de concejales obtenidos en las últimas elecciones locales —de casi 400 en 2015 a menos de 330 en 2019, y sin presencia en grandes ciudades, como Barcelona— permiten a un partido que nació y sigue siendo esencialmente municipalista mantener sus actuales estructuras. En mayo de 2019 se confirmó el declive iniciado en las autonómicas del 21-D, las del 155. Ahora se reducirá de manera sustancial el número de «liberados» tras la caída de ingresos. No se despedirá a nadie, sino que no se renovarán los contratos, puntualiza la formación.

Cuestiones organizativas al margen, y no sin cierto toque «naïf», la ponencia estratégica que se sometió a debate el domingo se titulaba «Combatamos la resignación, preparémonos para volver». Una forma de reconocer que los ánimos en el campo «indepe» no son los mejores y que el momento político de la CUP probablemente ya pasó, pese a que sus cuatro diputados —por las ausencias de Puigdemont y Comín— son imprescindibles para que el secesionismo no pierda la mayoría.

En este contexto, la nueva línea estratégica, y que deberá ser ratificada en nuevas reuniones a finales de este mes de julio —nada es fácil en un partido en una de cuyas asambleas se empató cuando se trataba de echar a Mas— plantea superar la política de «bloqueo parlamentario» sistemático que han llevado a cabo por una de tono más «propositivo». Bajar el tono, cierta moderación, un poco de realismo.

Posibilistas y esencialistas

Sobre la mesa, incluso, la posibilidad de una hipotética entrada del partido en el Govern, algo que su solo planteamiento genera grandes quebrantos internos, pese a que se recuerda que no avalarán políticas «autonomistas». El debate entre posibilistas y esencialistas, o entre los más «indepes» y los más ideologizados, sigue tensionando a una formación en la que, sin jerarquías, todo se discute hasta la extenuación. De modo más inminente, su acual líder parlamentario, Carles Riera, anunciaba la semana pasada su disposición a negociar con JpC y ERC los presupuestos de la Generalitat para 2020 -siguen vigentes las sucesivas prórrogas de las cuentas de 2017-.

La asamblea del domingo, aparte de iniciar cierto viraje estratégico, también acabó con uno de los tabúes del partido, el de la limitación a una sola legislatura de sus diputados, que ahora podrán estar dos, como sí se permite a los ediles. Lo que se planteó en su momento como una medida para evitar el aburguesamiento y demostración de poco apego a los cargos se había convertido en una trituradora de liderazgos que se acababa pagando electoralmente. La CUP que viajaba lento para llegar lejos se ve obligada a dar volantazo para no acabar en el desguace.