Gregorio Ordóñez fue asesinado el 23 de enero de 1995 mientras comía en el restaurante La Cepa de San Sebastián
Gregorio Ordóñez fue asesinado el 23 de enero de 1995 mientras comía en el restaurante La Cepa de San Sebastián

Las convicciones de Gregorio Ordóñez derrotaron a ETA

La única vía para que la banda terrorista era la policial, no un diálogo que el carismático concejal del PP nunca habría apoyado

MadridActualizado:

Hace 24 años que el «comando Donosti» asesinó a Gregorio Ordóñez con un doble objetivo: silenciar a «uno de sus más valientes enemigos», como tituló ABC en su portada un día después del crimen, y forzar al gobierno a aceptar la independencia de Euskadi. Y es evidente que ETA ha fracasado en estas dos pretensiones, como en todo lo demás. Las convicciones democráticas de Ordóñez han salido victoriosas –«el terrorismo desaparecerá por la vía policial, nunca a través de una negociación»-, y derrotados han sido los objetivos que alumbraron el nacimiento de Euskadi ta Askatasuna –creación de un estado-.

Sin embargo, el precio ha sido alto porque en el camino se han quedado muchos de los mejores, como Ordóñez, que plantaron cara a la banda, a pecho descubierto. Es evidente que en sus 12 años de actividad política, se granjeó muchos enemigos: unos firmaron la sentencia de muerte, otros la ejecutaron, los hubo que actuaron como cómplices y también quienes jalearon el crimen. Algunos nada hicieron por impedirlo, y fueron legión quienes sacaron rédito político… Ya se sabe, en toda revolución, unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces. Así que la escena del dirigente popular desplomándose sobre la mesa del bar La Cepa no fue sino trágico desenlace de la crónica de una muerte anunciada. Mientras unos la escribían, otros la fueron leyendo impasibles o miraron para otro lado.

Sí, porque ETA fue avisando de sus pretensiones de liquidar al representante más carismático del centro derecha constitucionalista en el País Vasco. Y, además, como anticipaban las encuestas, inminente alcalde de San Sebastián, capital de «territorio txeroki». Un personaje demasiado incómodo para proetarras y nacionalistas que se disputaban el control de Guipúzcoa. Unos meses antes del crimen, en septiembre de 1994, el pistolero «Kubati» publicaba una carta en «Egin» para expresar su «deseo esperanzador de que algún día, al poner la radio, oiga por ella una buena noticia que me alegre el día». En la misiva citaba constantemente a Ordóñez. El 14 de ese mismo mes, el dirigente de EA Imanol Beristain escribía otra carta en el mismo medio, dirigida al líder del PP: «Que sea usted concejal de Donostia, para todo buen vasco, sobre todo si es nacionalista, supone una provocación. Dios quiera que no sea por mucho tiempo». Gregorio Ordóñez recibió continuas amenazas. «Te quedan pocos días», le llegó a espetar un tipo de Jarrai, después de haber intentado agredirle por llevar el lazo azul que reclamaba la libertad del empresario Julio Iglesias. Pese a ello, el Gobierno vasco no vio razones para darle protección.

Está claro que la orden de asesinar a Gregorio Ordóñez obedecía a un interés por liquidar a un adversario incómodo que, además, por su carisma, se atraía las simpatías de numerosos ciudadanos que no eran votantes del PP. Pero también respondió a la nueva estrategia de ETA, contenida en la ponencia «Oldartzen», que proponía la «socialización del sufrimiento». Esto es, incluir entre los objetivos a políticos, periodistas, pacifistas...

La ponencia estaba inspirada en el plan de ETA pm para liquidar la UCD vasca, que desempolvó después KAS, entre cuyos dirigentes se encontraban Arnaldo Otegi, Rufino Etxeberria y Joseba Permach, hoy en Bildu. ETA creía, a esas alturas, que el gobierno asumía sin desgaste el asesinato al año de treinta o cincuenta policías o guardias civiles. Así que por mucho que atentara contra estos colectivos, el Estado no se iba a doblegar. ¿Qué hacer entonces para forzarle a una negociación? Pues incluir al político entre sus objetivos, tal y como recogía un «zutabe» (boletín interno) de 1994. Cuando va «al funeral de un txakurra (policía), o de cien, y se le llena la boca de palabras de condena y lágrimas de cocodrilo, no ve en peligro su situación personal y asume este tipo de ekintzas (atentado), pues están hechos una piña en contra de nuestros derechos como pueblo». «Pero el día que vaya al funeral de un compañero de partido, cuando vuelva a casa, quizá piense que es hora de encontrar soluciones o quizá le toque estar en el lugar que estaba el otro, o sea en caja de pino y con los pies por delante».

Tras el crimen, ETA logró sentar a los gobiernos de Aznar y Zapatero en una mesa lo que, sin duda, hubiera provocado las críticas de Ordóñez. «La negociación da oxígeno a los terroristas», solía repetir. Y siempre ha sido así. Los hechos le han ido dando la razón. «Cada vez que ETA está contra las cuerdas, el PNV le tiende la mano salvadora». En efecto, cuando la banda se encontraba más aislada que nunca tras asesinar a Miguel Ángel Blanco, Arzalluz firmaba con «Mikel Antza» el pacto de Lizarra. «Los de HB son terroristas sin pistolas hay que ilegalizarlos». Y así se hizo. «La única forma de derrotar a ETA es por la vía policial». Y así ha sido porque, debilitada, no ha tenido más remedio que disolverse previo desarme.