Se convierte en monitor de gimnasio de etarras para librarse de la mili
Telmo cumplió el servicio social sustitutorio en la cárcel de Valdemoro - Guillermo llona

Se convierte en monitor de gimnasio de etarras para librarse de la mili

Telmo cumplió el servicio social sustitutorio en la cárcel de Valdemoro, donde tuvo que ejercer de educador físico de Henri Parot y otros conocidos miembros de ETA. Jugaba al baloncesto con ellos, e incluso hacía de confesor

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Se acababa de licenciar en Magisterio, especialidad en Educación Física. «La primera promoción que hubo», asegura. Y le llamaron a hacer la mili. No estaba en contra de las armas, porque él como cazador tiene permiso de armas, pero consideraba que haciendo el servicio militar iba a perder el tiempo. Como a muchos otros chicos de Valdemoro que no querían hacer la mili lo enviaron a la prisión de la ciudad a cumplir con el servicio social sustitutorio, en su caso como educador físico de los internos. Entre otros, del etarra Henri Parot. Allí, rodeado de terroristas, asesinos, violadores y otros tipos de presos, se tiró 14 meses. Le llamaremos Telmo.

Los etarras destinaban parte de su peculio a «pagar muchos cafés»

Iba a la prisión en bicicleta. «A los funcionarios no les gustaba una mierda que un extraño montase en su autobús. No éramos de la plantilla para algunas cosas, pero para estar allí con los presos, sí lo éramos», se queja Telmo. «No había muchos presos de ETA por módulo, creo que no eran más de cinco. En todo caso un grupo no muy grande». Los internos de la banda terrorista compartían módulo con otros prisioneros, «pero no les dejaban participar en las actividades comunes, como cuando jugábamos a baloncesto con equipos de fuera», recuerda.

En opinión de Telmo los presos de ETA en la cárcel de Valdemoro «no tenían ningún problema. El mito de que si mataban a un ciudadano en un atentado los otros prisioneros se vengaban es mentira, porque los presos de la banda tenían dinero y "compraban" al resto de internos». Los terroristas destinaban parte de su peculio semanal a «pagar muchos cafés», recuerda Telmo. «Tenían acceso a todo, a todo a lo que se pudiese tener acceso. Estaban muy bien cuidados, pero es mentira eso de que les dejaban brindar con champán por los atentados», asegura.

Parot y Beaumont

«En la prisión le llamaban el “hijoputa educado”. Era un tipo especialmente correcto, muy tranquilo, físicamente fuerte». Henri Parot, «Unai», es uno de los miembros de ETA más sanguinarios. El terrorista que da nombre a la famosa doctrina penal sigue cumpliendo en la cárcel de Valdemoro su condena de 4.800 años de prisión por 82 asesinatos. El experto en coches bomba estaba en régimen de aislamiento y no se podía relacionar con otros etarras. «Los internos en aislamiento salían de su celda muy pocas horas al día, y cuando lo hacían se cerraban todas las puertas para que no se cruzasen con otros presos», explica Telmo.

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«En una ocasión me pidió una pelota para llevársela al patio y jugar al frontón. Supongo que jugaría él solo, claro», recuerda Telmo. La vida en la prisión de Valdemoro del etarra más sanguinario era extremadamente monótona, «pelota contra la pared y ver la televisión». Y sin embargo, no quería hablar con los otros presos en régimen de aislamiento. «Hablaba más con los funcionarios, creo que se creía un poco especial», afirma.

Parot no hablaba sobre política o ETA, ni daba pie a ninguna conversación. De todos los presos de la banda terrorista que conoció Telmo en la prisión sólo uno se confesaba con el valdemoreño. «Josu Beaumont me decía que, una vez entraban en prisión, ETA se olvidaba de ellos, que les habían engañado, que aquello no era como habían pensado. Se les veía desencantados, los únicos que les hacían caso eran los familiares», recuerda. Pero Beaumont nunca mostró arrepentimiento, «sólo decía que después de tanto tiempo se daba cuenta de que le habían dejado tirado. Que si él hubiese sabido que lo iban a dejar tirado, no lo habría hecho».

Prietas las filas

Telmo jugó unas cuantas veces al baloncesto con los etarras presos en Valdemoro. «Eran muy correctos... habitualmente», recuerda. Los miembros de ETA formaban en cada módulo bloques compactados por una férrea disciplina impuesta desde el exterior. «En la prisión también había terroristas del GRAPO, pero ni siquiera se relacionaban con ellos», asegura Telmo. En las protestas también se imponía la disciplina. «De repente, los etarras, en bloque, se negaban a hacer una actividad. Y al día siguiente volvían a participar como si nada. Uno decía que la comida era una mierda, y todos en bloque decían que la comida era una mierda», recuerda el valdemoreño.

«Beaumont decía que una vez entraban en prisión ETA se olvidaba de ellos»

Los presos por «kale borroka», los más jóvenes, eran los que se mostraban más altivos, y a los que Telmo veía más asustados por su situación. El valdemoreño cree que «se mezclaban en sus cabezas pensamientos contradictorios. Dónde me he metido, cuántos años me voy a pegar aquí, y qué guay que soy un preso político». La disciplinada vida de los etarras en la prisión de Valdemoro también estaba condicionada por los galones, «la mayor parte del tiempo los "borrokas" estaban con los "borrokas", y los veteranos con los veteranos».

Amenazas y peleas

Telmo recuerda incómodo el episodio en el que uno de los etarras reclusos le insultó y amenazó. «En una ocasión, cuando avisé que era la hora de subirse al módulo, un etarra vestido con una camiseta de la Real Sociedad me llamó «txakurkume» (hijo de perra) sin venir a cuento. Nadie hizo nada, ni el resto de etarras, ni los presos, ni los funcionarios. Me amenazó y pudo haberme agredido sin problema, porque los funcionarios temen mucho a los abogados de los etarras». El valdemoreño explica el miedo de los funcionarios: «Si te insultan o amenazan elaboras un informe, y deberían mandar al interno a aislamiento, pero los etarras van a recurrir la sanción y al final tu nombre aparece en algún papel».

«Los etarras nunca se metían en peleas. Las peleas entre el resto de reclusos eran muy chungas. Te advierten los funcionarios, si ves una pelea no te metas, vas a la garita, avisas y luego elaboras el informe», recuerda Telmo. «Los funcionarios no van armados. Hay algunos más preparados que en ocasiones escoltan a algún prisionero especialmente fuerte, para poder reducirlo si se pone violento», añade. «A veces, los presos se autolesionaban para protestar por algo o para poner en un aprieto al centro. Decían, “ay, que me chino” y se cortaban en la muñeca o el antebrazo. Lo último que quiere un director en su prisión es que haya un muerto o un herido. Uno se tragó un tornillo que sujetaba una silla, y tuvieron que sacárselo por el cuello», recuerda.

Telmo rememora la experiencia en la cárcel de Valdemoro con sentimientos contradictorios. «Fue cojonuda, pero también una golfada, mandaban allí a chicos que no tenían absolutamente ninguna formación. En teoría no tiene que pasar nada, pero tú qué sabes. Yo me apoyaba en los “presos de confianza”, me acuerdo de uno de ellos, Rufino José Sipoto Pasialo. El primer niño negro que cantó el premio gordo de la lotería de Navidad. Era guineano, muy majo. Pero según salió a la calle en el tercer grado mató a un taxista». 14 meses de servicio social sustitutorio en la prisión de Valdemoro. Telmo tuvo que dar al etarra más sanguinario su pelota. Para no hacer la mili.