Salvador Sostres

Cambiarlo todo para poder continuar

Mas ha dicho que «Un país nuevo lo que necesita es un partido nuevo», cuando lo que se ha roto es CiU no España

Salvador Sostres
MadridActualizado:

Artur Mas ha dicho que «un país nuevo necesita un partido nuevo», cuando lo que de momento se ha roto es CiU y no España. Mas necesita un partido nuevo porque el suyo ha muerto abrasado por la corrupción, arruinado en el extremo -muy lejos de la centralidad desde la que se ganan las elecciones- y encerrado en sí mismo, sin capacidad de pactar con nadie.

Si el éxito de Jordi Pujol fue crear una Convergència que se pareciera lo más posible a Cataluña, el fracaso de Mas es haber confundido unas cuantas manifestaciones de festivo por la tarde con la complejidad de una sociedad plural, y pretender que encajara en su partido innecesariamente radicalizado. Quien ha fallado no es CiU, sino Mas, con el cálculo erróneo de fuerzas. Convergència se ha movido más que Cataluña, y se ha dejado arrastrar por Esquerra a su terreno de juego, donde está siendo fagocitada por la izquierda independentista y por la extrema izquierda antisistema.

Mas convirtió a Convergència al independentismo para gustar a Esquerra, y que le hiciera presidente en 2012, pese a haber perdido 12 diputados. Ahora que ni habiendo absorbido a ERC le basta para retener el poder, coquetea con la extrema izquierda. Cuando Mas dice que «un país nuevo necesita un partido nuevo», lo que está diciendo es que necesita un milagro para continuar siendo presidente.

Lo que Cataluña necesita es otro líder, tanto en Convergència como en la Generalitat, que conozca mejor a los catalanes y sepa lo que es un Estado. Mas proclama la necesidad de renovarlo todo por no reconocer que quien necesita ser renovado es él, y su obstinación por aferrarse al poder y a su condición de aforado, porque nada protege tanto como el victimismo que si todavía fuera president podría practicar en caso de sentencia condenatoria por el caso del 9N.

En otra de sus huidas hacia adelante, Mas ha puesto a Convergència ante el desafío de la refundación con más precipitación que una idea de cómo hacerlo. Sus prisas tienen que ver con la decadencia electoral, con su intento desesperado de gustar a la CUP, cuyo principal objetivo es la demolición burguesa y Convergència es el resumen de lo que siempre y con todas sus fuerzas ha odiado; y también con que Oriol Junqueras lleva tiempo ensanchando los límites de Esquerra para centrarla y abrirla a otras sensibilidades tal como Pujol hizo con CiU a principios de los ochenta.

Tras el aspecto de leñador y de comedor compulsivo de butifarra amb seques del líder de Esquerra, se esconde un político minucioso y calculador, nada orgulloso, y todavía menos vanidoso, capaz de trabajar a dos velocidades, y con la suficiente aplomo para no preferir el lucimiento a la victoria.

Junqueras sabe perfectamente que no está en una guerra por la independencia sino por la hegemonía del catalanismo político. Cada una de las decisiones que como presidente de Esquerra ha tomado han ido en la dirección de sustituir a CiU en la centralidad de la política catalana. Desde poner de presidenta del Parlament a Carme Forcadell, que salió rebotada de Esquerra, a fichar a independientes para encabezar las candidaturas del partido, como el escritor Alfred Bosch al ayuntamiento de Barcelona, o el obrerista Gabriel Rufián, de habla castellana, al Congreso; todo ello sin olvidarse del sector más conservador, que blinda con la incorporación del exmilitante de Unió, Joan Capdevila, católico y de derechas, que acompañará a Rufián en su candidatura como número 5 por Barcelona.

Mas intenta cambiarlo todo para que él pueda continuar. De momento, su forzada alianza con ERC no le ha asegurado la presidencia, las encuestas sugieren que Ciudadanos podría ganar las elecciones generales en Cataluña, y el independentismo empieza a desmoralizarse al verse reflejado en el espejo de su más absoluta incompetencia.

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