La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, presenta el propyecto de Presupuestos a la presidenta del Congreso, Ana Pastor
La ministra de Hacienda, María Jesús Montero, presenta el propyecto de Presupuestos a la presidenta del Congreso, Ana Pastor - ÓSCAR DEL POZO

Unas cuentas líquidas

Con un déficit movible en 6.000 millones de inicio, el Presupuesto es un castillo en el aire

MadridActualizado:

Los Presupuestos para 2019 de Pedro Sánchez introducen en la coctelera ingredientes que maridan con resultado dispar. El objetivo de déficit, el verdadero corsé de las cuentas desde que estalló la crisis –hasta entonces nadie se preocupó de cumplir el Pacto de Estabilidad que también es de Crecimiento, con Alemania y Francia al frente– este año tiene una novedad: es una meta líquida que anticipa unas cuentas de similar estado. El Gobierno se ha visto obligado a acatar el 1,3% del PIB al no poder aprobar «su» meta del 1,8%, sobre la que, más que estar autorizada por Bruselas, más bien la Comisión no ha musitado excesivas objeciones en año de elecciones.

De la misma forma que la ministra Montero argumenta que los servicios públicos cuentan con 6.000 millones menos por este objetivo de déficit más duro, se puede también replicar que las futuras generaciones contarán con 6.000 millones menos que pagar de su bolsillo, ya que este montante no engordará una deuda pública que supera el billón de euros y supone el 96% de lo que produce el país en un año.

Con un déficit movible en 6.000 millones de inicio, el Presupuesto es un castillo en el aire, repleto de guiños políticos, a Cataluña, y electorales, a pensionistas y funcionarios con un mayor arista social. La Comisión tiró de las orejas al Gobierno porque su ajuste estructural es nulo, frente a sus estimaciones de 4.800 millones de recorte, lo que casa bien con la teoría del Ministerio de Economía de que este imponente ajuste no tiene efecto alguno en la actividad. Un imposible que obedece a que no hay ajuste alguno.

Más bien, los Presupuestos se beneficiarán del crecimiento de la actividad y de la subida de impuestos y dibujan un aumento del gasto social con la vista puesta en unas elecciones generales que reposan en la recámara. Todo ello con ajustes contables que ya instauró su predecesor, Cristóbal Montoro, que esta vez cuentan con la innovación de 13 (!) meses de ingresos por IVA que sazona los conceptos de ingreso en caja con devengo, con una Seguridad Social cuyas cuentas son una incógnita y sin ninguna reforma estructural, siguiendo la atonía que ha aquejado a España desde el momento en el que bajó la prima de riesgo, allá por 2013.

España prolonga así un año más, el último con tipos de interés del BCE a cero, unas cuentas sin una reducción consistente del déficit, que ponen a la economía al límite ante un cambio de ciclo global que parece anticipar curvas. Una nueva era que como suele ser habitual (2008, cuando estalló la burbuja; 2011, año que desencandenó la crisis de deuda de la Eurozona), lamentablemente ha coincidido con demasiadas citas electorales el mismo año.