El conflicto comercial ha aumentado la debilidad del sector automovilístico germano
El conflicto comercial ha aumentado la debilidad del sector automovilístico germano - AFP

La locomotora europea se atasca entre el fuego cruzado

La economía alemana, muy dependiente de la exportaciones, salvó la recesión «in extremis» en 2018

Corresponsal en BerlínActualizado:

Estados Unidos dio el pistoletazo de salida a la guerra comercial con China hace ya un año. Tras meses de críticas al modelo de intercambio de bienes y servicios entre ambos países, el gobierno de Donald Trump impuso aranceles a cientos de productos chinos; primer aviso, que se agravó con el tiempo. China, que calificó la medida como «la mayor guerra comercial en la historia», respondió implementando medidas similares, y entre ambas potencias consumidoras quedó atrapada en cuestión de semanas Alemania, economía que depende en un 50% de las exportaciones. «Estamos muy interconectados a nivel internacional para poder permitirnos esta guerra», advirtió de inmediato el ministro alemán de Economía, Peter Altmeier. Un PIB que había sido capaz de remontar la peor de las crisis y seguir tirando de la economía euro, sufrió en noviembre su peor contracción de los últimos cinco años y en el cuarto trimestre de 2018 estuvo a punto de entrar en recesión técnica. Desde un crecimiento constante de entre el 2% y el 2,5% desde 2014, el Gobierno ha rebajado una y otra vez en los últimos meses sus previsiones de crecimiento para 2019 hasta apenas el 0,8%, argumentando especialmente la debilidad del sector automovilístico.

«La industria automotriz ha tenido problemas con la introducción de las nuevas pruebas de emisiones, pero incluso sin ese efecto, el PIB alemán apenas habría crecido debido a la disminución de la demanda china», explica el economista jefe de Commerzbank, Jörg Krämer. Como buen vendedor, Alemania ha intentado permanecer en terreno neutral entre sus dos clientes, pero las múltiples llamadas al «multilateralismo y el libre comercio como base de paz y prosperidad» de la canciller Merkel se pierden como voz en el desierto y están teniendo el efecto perverso de dejar al país en territorio de nadie.

En el pasado, China era para Alemania un mercado de exportación de maquinaria y tecnología, pero progresivamente se ha ido convirtiendo en el socio principal en la relación, con el agravante de que China no compra productos «todo a un euro», sino empresas alemanas con patentes de alta tecnología, hasta el punto que Alemania consideró necesaria, el diciembre pasado, una nueva ley que reduzca el umbral de participación de capital extranjero en las empresas alemanas. Ahora, los operadores germanos de teléfonos móviles están particularmente interesados en la oferta de 5G de la china Huawei porque ya utilizan el hardware de la compañía en sus redes, y las exportaciones alemanas necesitan evitar cualquier desaire por parte de Berlín al Gobierno chino, pero Trump no está dispuesto a permitir ese acercamiento y el embajador estadounidense en Alemania, Richard Grenell, ha enviado una carta al ministro Altmeier amenazando con reducir la cooperación en seguridad e inteligencia si Huawei entra en la estructura 5G de Alemania.

Desairar a Trump, la opción alternativa, tendría igualmente consecuencias devastadoras sobre la balanza comercial alemana. El presidente de EE.UU. ya ha demostrado que no le tiembla el pulso y ha amenazado con imponer aranceles del 20-25% a los automóviles de la UE. Los fabricantes alemanes envían 494.000 coches cada año a Estados Unidos, casi la mitad de las exportaciones europeas a ese país. Por delante vaya que las autoridades estadounidenses han llevado a empresas emblemáticas alemanas como Deutsche Bank o Volkswagen a situaciones insostenibles en los tribunales, atando indirectamente de pies y manos al Gobierno de Berlín, y por extensión a la zona euro, paralizados por la disyuntiva y en shock ante el retroceso en el tiempo de cien años.

Reminiscencias

En junio de 1930, EE.UU. lanzó una ola parecida de proteccionismo comercial con la Ley de Tarifas, también conocida como Smoot-Hawley, impulsada por el senador Reed Smoot y el diputado Willis Hawley. «Casi me arrodillé para rogarle a Herbert Hoover que la vetara. Esa ley intensificó el nacionalismo en todo el mundo», recordaba después Thomas Lamont, asesor presidencial y accionista de J.P. Morgan. Hay quienes incluso están convencidos de que la ley jugó un papel importante en el inicio de la Segunda Guerra Mundial porque reforzó la figura de Adolf Hitler.

Las importaciones y exportaciones de EE.UU. cayeron alrededor de 40%. Canadá y Europa tomaron medidas recíprocas, algunos bancos empezaron a colapsar y la economía mundial atravesó un período crítico. Ahora, según las previsiones de Eurofound, Alemania será el tercer país que mayor impacto sufra en su PIB por la guerra comercial, por detrás de Holanda y Hungría y con una pérdida permanente del 2% hasta 2030. El mismo estudio señala que será el mayor perdedor de empleo global hasta 2030, ranking este último en el que España ocupa el tercer puesto. Gabriel Felbermayr, director del Departamento de Economía Internacional del Instituto Ifo calcula en 9.000 millones de euros el efecto negativo de los aranceles sobre el PIB europeo, 5.000 millones en Alemania. Advierte que no estamos hablando meramente de impacto en la balanza comercial, sino de daños irreversibles en la estructura productiva.