De los silbidos se sale
Mourinho ha escuchado los primeros pitos de la afición - REUTERS
REAL MADRID

De los silbidos se sale

El Bernabéu ha establecido relaciones de amor y odio con muchos de sus fetiches

JOSÉ CARLOS J. CARABIAS
MADRID Actualizado:

Siempre hay dos formas de interpretar el tambor que anuncia señales de guerra en el Santiago Bernabéu. El plan A o método Míchel, según el cual convertía las críticas en estímulos y los cánticos de «Míchel, Míchel, Míchel m...» en un imaginario «Míchel, Míchel, Míchel, el mejor». Y el plan B o versión Cristiano Ronaldo, según el cual las críticas del Bernabéu hacen mella porque los oídos sensibles no pueden esquivarlas. La parroquia del Madrid emitió el pasado domingo un veredicto inapelable: el club pertenece a sus socios y aficionados por encima de los pasajeros que ocupan el campo, el banquillo o la poltrona.

El Bernabéu silbó a Mourinho por recordarle su condición de soberanía, por el presunto conflicto con los españoles o por el planteamiento barato ante el Barça. Y el portugués dio la clave unos minutos después ante la prensa: «Si pitaron a los más grandes, ¿quién soy yo para que no me piten?». Mourinho se decanta por el plan A, versión Míchel.

De los silbidos, como de cualquier otra aflicción, se sale. Así lo demuestra la historia en la relación del madridismo con sus fetiches. El Bernabéu es un estadio exigente que siempre pide un esfuerzo más.

Lo saben jugadores de corte técnico, dados al preciosismo por sus características naturales. Martín Vázquez fue blanco de las críticas, sobre todo después de regresar del Torino. También Míchel, quien dio portazo una vez. O Guti, canterano de pro al que su estadio siempre reclamó un mayor compromiso con su profesión. Fernando Redondo fue vituperado una vez se extinguió la llama de Jorge Valdano como entrenador y él se quedó como su máximo exponente en el campo. Un jugador técnico como Del Bosque fue increpado por su aparente parsimonia, que era más funcional que mental. Incluso Santillana o Butragueño, en el traspaso de poderes de uno al otro y del Buitre a Raúl, fueron invitados a cubrir el banquillo con bronca de fondo.

El Bernabéu ejerce siempre su autoridad suprema e independiente. Grandes estrellas se sometieron a su lupa y superaron el trance por personalidad y amor propio. Otros sucumbieron. El holandés Drenthe se marchó llorando del campo un día sin comprender esa irritación en su alma bohemia. Fernando Sanz no logró mezclar su parentesco y los pitos: era el hijo del presidente Lorenzo Sanz. Iván Campo no aguantó todos los palos del mundo por su propensión a sacar el balón jugado y fallar. Luis Enrique, llegado del Sporting, dio pocos pases a derechas —de delantero, centrocampista o lateral— con la sinfonía de la duda desde la grada. Spasic fue directamente fulminado por su autogol en el Camp Nou...

Y lo mismo para los entrenadores que, como Mourinho, escuchan los murmullos. Antic no resistió al clamor de la parroquia pese a ser líder. Heynckes no aguantó con la Copa de Europa en las manos. Capello fue admirado, pero sin excesos. No gustaba su estilo defensivo y él respondió con una peineta. A Queiroz o Luxemburgo se les pasaron pocas ocurrencias. En definitiva, el Bernabéu aprieta porque así lo demanda su historia. Y así lo reflejó Ronaldo en esta reflexión aguda: «Si marco, soy el mejor; si fallo, soy un gordo».

Figuras en la lupa del Bernabéu

No hay caso que explique mejor la sinergia entre la grada del Bernabéu y sus futbolistas errantes. Al talento de Guti siempre le han exigido más. Ronchas de piel sobre el césped, empleo enérgico del vigor, obligaciones contraídas con la camiseta.

El goleador implacable (38 dianas al primer toque en la temporada 89-90, cinco veces Pichichi) también vivió la cólera del Bernabéu. Hugo Sánchez anunció que se marchaba al Inter y durante un par de semanas fue abucheado de forma sistemática.

El italiano tenía el conjunto de cualidades que lo distinguían por su modo de obrar, pero muchas veces pecó por recelo o aprensión a perder. Y el Bernabéu le recordó que allí no hay sitio para los pusilánimes. Capello respondió con una peineta