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Juegos Olímpicos de InviernoJavier Fernández, bronce olímpico

El español logra la tercera posición tras Yuzuru Hanyu y Shoma Uno y logra la primera medalla olímpica para el patinaje español

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Sonrió aliviado. Por el cansancio. Por la presión. Por todo lo que su familia apostó por él. Por el peso de unos Juegos Olímpicos. Javier Fernández sonrió porque sabía que tenía la medalla. La primera para el patinaje español. Daba igual el color. Era ese podio soñado, trabajado, sufrido, llorado. La revancha de ser cuarto en Sochi. El culmen a su prodigiosa carrera.

Marca una época de la que hoy todavía no se da cuenta. «Bueno, todos estos títulos son el fruto de la constancia diaria y del apoyo incondicional de los que me quieren y han luchado conmigo cada día», comentó para ABC con la humildad que también parte de él, casi a la una de la madrugada, exhausto. Los disfrutará cuando tenga los patines como afición y no como profesión. Los disfruta, y se enorgullece, el deporte español, porque este madrileño del barrio de Cuatro Vientos se ha hecho respetar en el mundo con la única fuerza de su talento, valentía y constancia. También, por supuesto, con la familia, que lo acompañó en Pyeongchang, donde hincó de nuevo el filo un poco más profundamente en la historia del patinaje.

Es un bronce ganado a lo imposible. Porque hay 18 pistas de hielo en España. Porque no había casi guías a las que asirse. Porque hubo de superar prejuicios y entrenadores que no le entendían. Porque tuvo que hacerse grande fuera de casa con el objetivo de volver y hacer grande el deporte dentro. Su medalla no es un milagro, sino la consecución de un esfuerzo titánico contra todo.

La tranquilidad de Hanyu, su estilizado patinar y el nivel artístico de su programa lo mantuvieron en la primera plaza a pesar de no estar perfecto. También al español le temblaron en la final las piernas, la cabeza, el corazón. «Logré descansar algo por la noche, pero reconozco que estaba más nervioso porque me lo tomé como mi última oportunidad», resumió para ABC ya con el día vencido, casi sin fuerzas. No clavó su ejercicio, pero aseguró el podio. Quizá son los últimos defensores de una disciplina entendida como obra de arte. Así piensan cuando salen al hielo: dificultad controlada, belleza artística, interpretación, carisma, arte. Lejos de lo que parecía la línea que se impone en la actualidad, con más saltos, más altos, más largos, más complicados, más caídas.

Diez años en la élite

Shoma Uno es el eslabón entre los veteranos y la nueva generación. Es el empuje joven y físico que le quitó la plata al madrileño con un soberbio programa. Con saltos de altísima dificultad, pero cordura y sensibilidad a la hora de interpretarlos. En una disciplina tan sensible como esta, las matemáticas también juegan. La caída del japonés solo fue una penalización ante un baile con mucha nota técnica. «Tenía muy buen programa, con mucha dificultad técnica, pero yo sabía que haciendo mi programa limpio tenía claras opciones de medalla. He tenido pequeños fallos, y como los demás también han subido el nivel, se han hecho más grandes. Me ha penalizado uno de mis cuádruples», concedía Fernández. No se quedará con eso en la memoria, añadió, pero aún necesitará unos días para saborear lo que acaba de lograr, para deleitarse con todo lo anterior.

Diez años en la élite. Desde aquel casi adolescente que salió de casa con una maleta con más esperanzas que certezas y aterrizó en New Jersey sin saber todavía de lo que era capaz. «A aquel Javier le diría que volviera a perseguir sus sueños, que siguiera entrenando con mucha fuerza, que al final se puede conseguir lo que hoy tengo».

Era consciente de su talento, de que no le tenían que repetir las cosas dos veces en La Nevera (Majadahonda) o en la pista de Jaca para que el salto saliera como estaba pautado. Pero hubo que trabajar mucho las piernas, el arte y, sobre todo, la confianza y la convicción. Fue en Toronto cuando despejó las dudas de si estaba haciendo lo correcto y se lanzó a inventar un deporte a su medida. Llamó a Brian Orser y este lo fue convenciendo de que podría ser campeón. A pesar de ese apego con su familia que el expatinador a veces no entiende. A pesar de esos momentos perezosos que le surgen y que estresan a su otra entrenadora, Tracy Wilson. A pesar de venir de España, una anécdota en el mundo del hielo -Darío Villalba compitió en Cortina d’Ampezzo 56, primer nombre-, lo que maravilla a su coreógrafo, David Wilson. Juntos esculpieron la técnica del madrileño, pero fue él quien sacó todo su potencial para convertirse en el profesional que se tatuó los aros olímpicos en la pierna, que dedica su día en exclusiva a los entrenamientos, que los ejecuta con la misma pasión que un torneo.

No es un bailarín, decía su padre Antonio, y, según su madre, Enri, tampoco patinar se le daba del todo bien. Pero es Javier Fernández un deportista que se transforma en el hielo en un actor que sale al escenario a interpretar su obra de arte. Siempre distinta, siempre efímera, siempre suya.

Como el bronce olímpico con el que ya puede descansar, sonreír con alivio. Seis Europeos, dos Mundiales, medalla olímpicos. Una época.