Reportaje

La caza en la España vaciada y en la que siempre estuvo vacía

Fomentar y promover esta actividad de manera sostenible ayuda a revitalizar el entorno rural sin correr riesgos asociados al desarrollo

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Nuestro campo ocupa 25 millones de hectáreas. Somos el segundo país con más superficie agrícola de la UE. Hoy por fin se habla en los medios de comunicación, y hasta los políticos la han citado en campaña, de esta España rural vacía y «vaciada», cada día más despoblada porque el 80% de la gente vive en municipios urbanos y parece que nadie quiere volver a los pueblos por las razones que todos ya sabemos: falta de trabajo, futuro, servicios sanitarios y educativos, buenas redes de comunicación y la dureza de vivir allí frente al confort y la modernidad con la que se ha vendido siempre, ahora más, todo lo urbano. La situación es especialmente grave en esos casi cinco mil municipios de menos de mil habitantes. Son el 61% de los pueblos de España, pero solo suman el 3% de la población del país. Sin embargo, ellos han sido los guardianes protectores de un tesoro.

Lindando con esta España «vaciada» hay otra España que siempre estuvo «vacía», que nunca estuvo habitada. Una intemperie agreste, «improductiva», salvaje en su orografía y en la vida que esconde o guarda; un territorio casi ajeno aún a turistas y a «rentabilizadores», a salvo de alambradas y especuladores, olvidado por los falsos protectores intrusos o los grandes proyectos «de mejora» que suelen arrasar con todo. Se trata del monte, los bosques, los páramos, las montañas…, ese espacio que nunca fue cultivado y donde nunca se hicieron casas o carreteras porque no era rentable desmontar, arar y plantar nada, tampoco vivir allí. Esta superficie forestal abarca 26 millones de hectáreas, casi el 52% de nuestro territorio. Incluye monte público y monte privado. Se explota de forma sostenible la leña, hay colmenas, también ganadería extensiva, se recogen setas, se caza, y nada más. Ahora los urbanitas visitamos ocasionalmente estas intemperies, queremos ver fauna, flora, paisajes, respirar aire puro y criticamos sin saber que se hagan cortas para leña, que haya vacas llenando de caca el monte o que se cacen los corzos, las cabras monteses o los venados. Pero hay tiempo y hay espacio para todos. Se puede conservar y cazar, proteger y cazar, visitar y cazar, mantener poblaciones de fauna y flora salvaje y cazar, ahora de forma mucho más sostenible y ordenada que antes. No hemos dicho que la agricultura en España aporta menos del 3% al PIB nacional y genera menos del 5% del empleo. No hemos dicho tampoco que han sido las gentes de la España «vaciada», de la España rural, las que han mantenido ese tesoro, la España salvaje intacta.

Los tópicos de la caza

La propia imagen de los que viven en la España «vaciada», y muy cerca de la que siempre estuvo vacía, hace ya mucho tiempo que es un estereotipo, un cliché, un tópico, una fábula. Y en este tema de la caza todos los tópicos se amplían. Nada tiene que ver el señorito con rifle y loden, la marquesa posando ante el tapiz de perdices de ojeo, el galgo ahorcado, el elefante muerto o el extremista que pide su voto al nuevo señor Cayo prometiendo defender su afición… con la inmensa mayoría de los cazadores en España, que practican hoy una caza conservacionista y sostenible, que aprecian la carne de caza, saben guisarla y compartirla, que respetan las leyes y su entorno, que cuidan del campo salvaje y viven esta afición, muchas veces, como el único ocio que les gusta y cuya ideología es siempre tan diversa como la de cualquier otro colectivo.

No quieren ser urbanícolas de campo, ni neorurales a tiempo parcial, ni modernos de pueblo, ni paletos, cazurros o Azarías y señoritos Iván, sino lo que son ahora, gente corriente y diversa a la que le gusta su forma de vida, su ritmo más tranquilo, su hogar y su pequeño pueblo sin idealizaciones ni añoranzas románticas ni poses a lo Thoreau. Gente que mantiene la conexión con el origen de las cosas que comemos, que saben que detrás de un filete hay un ternero, un cabrito o un ciervo, y detrás de un tomate o un pimiento, por desgracia cada vez más barato en el mercado, mucho trabajo e inteligencia. Que cazar tres conejos y hacerlos guisados con tomate no es un crimen, ni se extinguirá la especie, ni le están robando el alimento al lince o al águila, ni necesitan ir al psiquiatra porque tengan una peligrosa e inquietante patología de cazar por afición, en buena lid, con ética y la ley por delante.

Maravillas salvajes

Seguro que mi deseo es egoísta, pero seguro que muchos habitantes de la España «vaciada» quieren que esa otra España que siempre estuvo vacía, que nunca fue habitada, con esas intemperies agrestes, solitarias y salvajes, lo siga siendo. Que no se hagan accesos turísticos, ni hotelitos con vistas y piscina, ni repoblaciones de árboles rentables, ni instalaciones varias para hacer más fácil el acceso a la montaña. Tenemos el inmenso lujo de contar en nuestro país con una enorme porción del territorio que nunca se urbanizó ni cultivó, que siempre estuvo vacía de gente y llena de maravillas salvajes. Disfrutemos de estos montes con respeto, siendo invisibles, dejando que se sigan explotando de forma sostenible alguno de sus pocos recursos, y entre ellos la caza. Hacer esto también es una forma de mejorar la vida de la España rural o de no acabar de estropearla.