Kilian Jornet
Kilian Jornet - EFE
Alpinismo

Kilian Jornet: «Vemos el peligro en subir una montaña y no en mirar el móvil mientras conducimos»

Al deportista le entristecen las imágenes de cientos de personas esperando hollar el Everest, pero también piensa en la economía de los valles de Nepal

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Acaba de ganar por novena vez la carrera de Zegama. Apenas lleva unas horas en Madrid pero ya añora su montaña. Se enfrenta a la naturaleza con el poder de su cuerpo y nada más, pero ante las cámaras y los micrófonos pocas veces levanta la vista. Eso sí, cuando lo hace, se nota que habla con honestidad, pensando bien lo que dice pero sin dejarse llevar por las corrientes. Así es Kilian Jornet, profundidad y perspectiva, como la propia naturaleza en la que se inspira para trazar nuevos objetivos.

«Normalmente Zegama es lluvia, barro y a veces nieve, pero esta edición fue una temperatura de casi treinta grados. Fue lo más duro. Había un gran nivel así que había que ir rápido, pero controlando porque con temperaturas altas no puedes hacer movimientos explosivos. Tienes que ir al límite de los calambres. Fue una lucha contra los rivales y los problemas. Pero también contra uno mismo. Aunque los resultados que hagamos los corredores es anecdótico porque Zegama es una fiesta. Por la afición y el ambiente. Es brutal. Son las imágenes de un Tour de Francia llegando a un puerto mítico con miles de espectadores. Eso es Zegama. Eso te da alas. Hay momentos en los que no escuchas nada porque es un túnel de emociones que te llevan para arriba», comienza en una charla con tres medios, entre ellos ABC.

Jornet preparó la carrera con muchos kilómetros y, sobre todo, en el monte, para aclimatarse a esos cambios de altitud tan bruscos que dejan sin fuerzas a más de uno. Le tiene un cariño especial porque participó en 2007 por primera vez. Ganó. Fue la primera victoria de su extensa y brillante trayectoria. Desde entonces, dice, en Zegama se siente como en casa. «Es una carrera que está hecha por la gente del pueblo. Es un nivel muy profesional, pero de pueblo. No quieren que sea una carrera con miles de corredores y que aporte tantos beneficios, sino que los 400 que corremos sientan algo muy especial. Por eso es muy difícil entrar. Y eso hace que todos se preparen muchísimo. Sí que es verdad que ha habido muchos abandonos por el calor porque normalmente te preparas para una carrera con frío, pero los corredores saben que es una cosa que te pasa muy pocas veces en la vida».

Conciliación y aventuras

Con 31 años, admite el paso del tiempo, más ahora que acaba de ser padre de una niña, Maj, que ya sabe lo que es la naturaleza. Con apenas dos meses ya ha salido a «esquiar» con sus padres. A Jornet le ha cambiado la vida en la parte emocional, aunque concilia bien con su pareja, Emelie, para que ninguno se quede sin sus horas de entrenamiento. «Ser padre es un chute. Estás mucho más lleno a nivel emocional y eso te da energía. Hemos salido a la montaña un par de veces porque creo que es importante enseñarles a los niños la naturaleza. Y la conciliación, la verdad, ha sido muy buena. Tenemos mucha suerte de que nuestra niña duerma mucho. He dormido menos estos días viajando que con la niña en casa. Es organizarse. Es fácil encontrar el tiempo para entrenar. Este año no estoy haciendo tantas competiciones así que me entreno de una forma más específica y más en casa. Ya no te apetece tanto hacer tiradas largas de diez horas, y prefiero hacer más cortas, de tres. Lo que sí aprendes es a aprovechar más el tiempo».

Le gustaría que Maj amara la naturaleza, sobre todo, que la respetara. Aunque le pidiera subir corriendo el Everest, dos veces, en una semana, como hizo su padre el año pasado. «Queremos llevar a la niña a hacer aventuras. Si quiere hacer deportes de montaña la apoyaría. A pesar de que conlleven un riesgo, también conllevan mucha vida. Todos vamos a morir y no es que yo haga cosas pensando que quiero morir, al contrario. Lo que quiero es vivir. A nivel de riesgos no cambia tanto ser padre o no porque soy una persona que tiene mucho miedo en general. Cuando me preparo alguna actividad que lleva algún tipo de riesgo, intento controlar y prever todo lo que puede pasar. Miro los objetivos, las dificultades, mis capacidades y hago una ecuación para saber si es posible o no hacerlo. No soy una persona que diga 'voy para allá y a ver qué sale'. Nunca he tomado más riesgos de los necesarios. Quizá vemos más arriesgado subir una montaña o bajar esquiando un sitio empinado que vivir en una ciudad con mucha contaminación o mirar el móvil cuando estamos conduciendo. Y esto lo hacemos a diario».

El cuerpo y la paternidad también le han dicho que varíe la hoja de ruta. Después de quince años con hasta cincuenta competiciones al año, este curso se centra en optimizar los entrenamientos. La élite, en la que lleva instalado tantas temporadas, desgasta. «El deporte de élite no es deporte salud. Hay lesiones, puede haber accidentes. El cuerpo baja el pistón cuando él quiere. Hay que aceptarlo. Mi objetivo hoy es correr y ganar la Zegama y, dentro de unos años, igual es terminarla en cinco horas en lugar de en cuatro. Al final es adaptar nuestros objetivos a lo que el cuerpo nos da. Si me comparo con ayer soy mayor, pero me gusta intentar renovarme, que mi mente sea lo más plástica posible. No fijada en cosas adquiridas».

Everest: entre la fama y la economía

Le sigue teniendo vértigo a las ciudades, esos sitios en los que se siente un extraño porque su verdadera casa está en las montañas, la que sea. También el Everest, que ha ascendido dos veces, en apenas cinco días, y que estos días ha saltado a los titulares por esas fotos de gente haciendo cola para hollar la cima. Jornet tiene una opinión reposada, con argumentos, y con los vértices de quien conoce bien el terreno: «Es una montaña que mucha gente quiere subir. Pero hay que relativizar lo que ocurre. No es una problemática de este año. Desde el 93, con las expediciones comerciales, se dan este tipo de situaciones. Este año ha habido ventanas de buen tiempo más cortas y ha hecho que haya más muertos. Pero es un problema muy localizado de muy pocos días al año. Y el Everest tiene 360 días en los que es totalmente solitaria».

Para Jornet, esos son los días que utilizan los montañeros de verdad. Lo otro es otra cosa. «Hay una diferencia entre subir a una cima y estar en una cima. Para mí subir a una montaña es, desde las capacidades de uno mismo, ir desde el pie hasta la cima; y estar en una cima es... puedes subir en helicóptero o en telesilla o con dopaje. La montaña no es solo para los alpinistas o esquiadores, hay muchas montañas para compartir y cada uno tiene que obrar con lo que cree coherente y se siente bien siempre que se respete la naturaleza».

«Hay una masificación y habrá que llegar a una regulación por parte de las instituciones nepalíes, pero también es lo que da dinero a muchos valles de Nepal». Y no quiere que eso se olvide. Como tampoco que los controles a las montañas no pueden ser económicos, como ocurre en Mont Blanc: «Al final va la gente que tiene más dinero. No es la gente más preparada sino el que puede pagar el permiso. Y eso hace que la montaña sea elitista. Creo que las regulaciones tienen que ir con experiencia técnica, que haya hecho otras cimas altas, pero es difícil acreditar eso. La llamada al sentido común parece fácil, pero es lo más difícil hoy en día».

Seguirá compitiendo contra sí mismo y rodeado de naturaleza. De joven sí le hubiera gustado participar en unos Juegos Olímpicos. Hoy: «Yo espero que no me veáis allí. Espero que el esquí de montaña no llegue a ser olímpico. El objetivo de estos deportes es que sean no profesionales, que el resultado sea solo una anécdota. El deporte es hacer un recorrido bonito, que un campeón de élite esté en la misma línea de salida con el corredor popular. Allí todos somos iguales. Esa parafernalia de los podios y los himnos... está alejado de lo que yo entiendo del deporte y del deporte de montaña. No darle importancia al resultado. Estamos una sociedad muy resultadista. Lo que importa es lo que conseguimos: la clasificación, la posición en la jerarquía de la empresa, el salario... no pensamos en lo que disfrutamos haciendo algo».

Cuando abandonar es morir

El catalán afincado en Noruega disfruta de todo lo que hace, aunque haya sentido el peligro en muchísimas ocasiones porque la naturaleza no es una fórmula exacta. «Ha habido momentos en los que he estado en situaciones de mucha tensión, con cosas muy graves, pero son esos los momentos en los que no puedes tirar la toalla. En el asfalto, si no puedes más levantas la mano y te recogen. En el monte abandonar significa morir. Tienes que seguir luchando y llegar hasta abajo. La montaña te enseña a perseverar».

¿Le da miedo la muerte? «La muerte miedo no da. El miedo lo da una pendiente con riesgo de alud, y las consecuencias de romperte algo. El miedo viene del detalle del peligro en ese momento. Miedo a morir... creo que no hay. En realidad es el miedo a vivir. Si conoces los riesgos, conoces lo que puede pasar... Cuando llevas el volante no das un volantazo a 200 kilómetros por hora porque sabes que es peligroso. En el monte tienes que saber hasta qué punto tienes el control o no. Cuando no lo tienes tampoco te puedes permitir el lujo de tener miedo porque empiezas a tomar decisiones estúpidas».