Padilla: «Con algunos toros no necesitaría dos ojos sino cuatro»
Juan José Padilla, con un parche en el ojo, besa a su hija Paloma ante la mirada de su mujer Lydia - j. m. serrano
entrevista

Padilla: «Con algunos toros no necesitaría dos ojos sino cuatro»

El torero gaditano nos recibe en la intimidad de su casa de Sanlúcar, donde desvela sus sueños, junto a su mujer y sus hijos, tras anunciar su reaparición

SANLÚCAR DE BARRAMEDA Actualizado:

Acercándonos a Sanlúcar, José Antonio, que trabaja con Padilla, recuerda cómo lo recogió, por la espalda, en la arena de Zaragoza: «Fue espantoso. Si todos los toreros son de otra pasta, está claro que Juan José está hecho de una pasta distinta a la de todos los demás». Después de pasar con él una jornada en «A portagayola», su casa, tengo que estar de acuerdo.

En el salón, entre otras cabezas de toros, impresionan la descomunal de «Trianito», un castaño de Cebada Gago; la de «Platero», un berrendo de Miura, marca de la casa; la de algún Victorino... A todos les cortó las orejas Juan José Padilla. Veo muchos trofeos; un capote desplegado sobre el sofá; una portada del periódico francés «Midi Libre», que se interesa por «Juanito»; un álbum «Fuerza Padilla», con mensajes llegados del mundo entero... Y muchas fotos de los dos niños, Palomita y Martín. Ellos son su gran apoyo, junto con Lydia, su mujer, una belleza de rasgos muy finos, que sólo Dios sabe lo que ha tenido que sufrir...

Aparece el torero. Está delgado pero se le ve fuerte, se mueve con agilidad. Transmite resolución, seguridad, ilusión. Hay que comenzar la charla por su estado de salud. En contra de lo que creíamos, no es el ojo, tapado con un parche, lo que más le preocupa.

—El oído es más incómodo: escucho un pitido constante, como una señal que transmite el cerebro. Y las dificultades con los alimentos sólidos, por la mandíbula... Las dos cosas se van a arreglar.

—Yo también tuve que llevar un parche algún tiempo y me manejaba bastante mal.

—Mido bien las distancias. El 28 de marzo, volveré a Oviedo para que revisen la rehabilitación del párpado y del nervio óptico: si hay esperanza, volveré a operarme, aunque tenga que interrumpir la temporada; si no, seguiré toreando con el parche, sin problemas.

Un amigo me contó que, al comienzo, le costaba mantenerse de pie. La recuperación ha sido muy rápida.

—Hasta a mí me ha sorprendido. Me he hecho un control en un centro de alto rendimiento y los resultados han sido fantásticos: corazón, riñones, todo. Me encuentro bien, con capacidad: si no, no daría este paso, por respeto a los compañeros, a la profesión y a mi familia.

—¿Cómo se explica una recuperación tan rápida?

—No hay que mirar para atrás. Todo el secreto está en la cabeza. El que tiene la voluntad, tiene la fuerza...

—La gente puede pensar que vuelves por dinero.

—No es eso lo que me preocupa. Gracias a Dios, tengo una estabilidad económica. Pero quiero devolver todo el apoyo que tanta gente me ha dado. Si estoy bien, sería egoísta quedarme en casa. Dios me está dando la oportunidad de volver a la vida: ¿por qué no voy a torear? Ahora, quiero expresar mi toreo con la máxima seriedad. —¿Qué significa la Tauromaquia?

—Con mi familia, absolutamente todo: es mi vida, mi mundo. Esta cornada sólo me ha hundido el ojo, nada más. Espero irme del toreo cuando yo quiera, no por un percance...

—Cuando vuelvas a los ruedos, habrá momentos buenos pero también puede haberlos malos.

—No quiero dar pena, en absoluto. Estoy muy agradecido a las empresas y a mis compañeros, pero saldré a los ruedos como uno más, dispuesto a ganar la pelea. Asumo plenamente toda la exigencia y los valores del toreo.

—Por las paradojas que tiene la vida, ahora vas a entrar en carteles mejores, con ganaderías menos duras: ¿cambiará tu forma de torear?

—Mi concepto es el mismo: soy Padilla y me moriré en Padilla. Mi repertorio será el mismo.

—Seguirás dando largas cambiadas, poniendo banderillas...

—¡Por supuesto! Cuándo el toro lo permita y yo lo sienta así: no es algo preconcebido, me arranco sobre la marcha. No será un problema el parche. Todo va a depender, como siempre, del toro: con algunos, me convendría tener no dos ojos sino cuatro...

—¿Volverás a matar corridas duras?

—No voy a aparcarlas. Alguna vez, sí las mataré. (Bromea).

—Aspiras a torear ahora mejor, más serio, dentro de tu personalidad.

—Sé que puedo hacerlo: llevo ya 19 temporadas, conozco el oficio. Quiero profundizar, mejorar estéticamente.

—Después de Olivenza tienes ya firmadas Valencia y Arles, has hablado con Sevilla. ¿Va a ser una temporada larga?

—Por mí, unas veinticinco, treinta corridas. Pero estoy pendiente de los doctores. Si hay esperanzas con el nervio óptico, cortaré la temporada y me operaré.

—¿Te gustaría volver a Las Ventas?

—¡Naturalmente! Con el máximo respeto, eso sí. Si no me veo preparado, no iré. Pero espero estarlo.

—¿Has visto el vídeo de tu cornada?

—Varias veces. Sin problemas.

—¿Por qué no renunciaste a poner el tercer par?

—El toro me había avisado pero era una cuestión de amor propio.

—¿Volverás a torear en Zaragoza?

—¡Lo estoy deseando! La Virgen del Pilar me está esperando...

—Has mantenido siempre tu personalidad taurina.

—Así he sido siempre, desde chico: extrovertido, atrevido. Me conocían los maestros que venían por la Ruta del Toro —Ruiz Miguel, Paquirri, Manzanares— y me gritaban: «¡De rodillas, Panaderito!»

—En la puerta he visto un azulejo del Cristo de las Penas. Tú eres religioso.

—Mucho, soy muy cristiano.

—Te asomaste una vez a la política.

—Sólo fue por amistad con Juan Rodríguez y con Carlos Iturgaiz. Pero iba el último en las listas: era algo testimonial, no quería ningún puesto.

—Te preocupa la situación actual.

—Me preocupa mucho España y no sólo la economía. Pero tengo confianza en que vamos a salir adelante.

—¿Qué le dirías a un antitaurino?

—Casi no podría decirle nada... Le pediría respeto, eso sí. Y que se informara, antes de hablar: muchos no han visto un toro en su vida...

Lydia está atenta a todo y nos trae una botella de vino de la tierra: «Alburejo», como la finca de don Álvaro Domecq. (Juan José bebe con una pajita). Martín está con unos amigos. Palomita, una preciosidad de niña, corretea.

—¿Cómo lo ha llevado tu familia?

—Su apoyo ha sido fundamental. Los niños han reaccionado con una entereza enorme, han comprendido lo que se les pedía: yo era el que peor lo pasaba, por ellos. Han madurado muchísimo. Son el equilibrio de mi balanza. Me ayudan en todo, en la vida cotidiana. Ahora, hasta juegan con mi parche.

—¿Qué otras aficiones tienes?

—Me gustan mucho los deportes. Y la música: el flamenco, naturalmente, está en mis raíces... Y el cine: «La vida es bella» y «Gladiator».

—¿Cómo es una jornada tuya?

—A partir de las ocho y media de la mañana estoy con el fisioterapeuta; luego, logopedia, más recuperación, el preparador físico personal, entrenamientos... Por la tarde, voy a alguna ganadería, a torear.

Quiere que vea cómo toreó en casa de Núñez del Cuvillo. La verdad es que la película impresiona: si no lo supiéramos, no advertiríamos para nada su percance. Es una faena completísima. Créanme, no exagero.

—Se te nota feliz, muy seguro.

—Soy un torero muy recompensado. Ha sido como volver a empezar, es lo que siempre he buscado. Estoy cumpliendo mis sueños...

Como si ya no existiera el parche ni el oído ni la mandíbula... Parece una tarde de primavera dorada, en Sanlúcar, aunque estamos en enero.

—Voy a llamar a Diego y nos vamos a entrenar, a la Plaza.

Así es Juan José Padilla, que sueña con vestirse de nuevo de torero, del color de la esperanza.