Fernando Cuadri saluda una ovación
Fernando Cuadri saluda una ovación - Alfredo Arévalo/Plaza 1
El «VAR» del tendido

Fernando Cuadri, el ganadero que no teme a la verdad

«La corrida no me ha gustado absolutamen nada», dijo al finalizar la corrida en Las Ventas

Rosario Pérez
MadridActualizado:

El hombre que no teme a la verdad siempre será enemigo de la mentira. Fernando Cuadri es uno de esos hombres que escasean en el mundo ganadero, donde algunos son capaces de decir que han echado una corrida «cumbre» con dos toros devueltos. Y de los cuatro lidiados, si dos han sido más mansos que la vaca de «Milka» y otro par ha pegado hachazos al pecho, se recrean contando que ese cuarteto ha sido encastado a rabiar. «Y con una clase excepcional, oiga». Para clase superior la de Cuadri, sapiencia y humildad del campo bravo. Allá donde algunos partidarios del hierro onubense intentaban tapar un conjunto decepcionante con la «sangría en varas» –que la hubo en varios ejemplares–, el ganadero no se anduvo con rodeos: «La corrida no me ha gustado absolutamente nada, descastada, de las peores que hemos lidiado en Las Ventas», comentó a David Casas al término del festejo. Apenas quedan señores con esa honestidad: qué categoría la suya, poniendo los puntos de la autocrítica sobre las «íes» de una tarde tan distinta a la anterior.

Veinticuatro horas después a la Beneficencia, la plaza parecía otra: adiós al clavel y al botellón, adiós a las balas que silbaban. Llegaba Cuadri y eso en Madrid son palabras mayores. El ganadero, tan admirado por la afición, se vio obligado a saludar desde su fila alta del «9» para recoger la cálida ovación que había prendido desde el «7». «¡Don Fernando, gracias por todo!», gritaron. Y la mano del alquimista de la bravura se dirigió al corazón: eran muchas las emociones después de casi medio siglo leyendo los ojos del toro. Pero las cosas luego no rodaron, como si aquella pancarta inicial se hubiese contagiado del «mal bajío» de los azulejos que se descubrían no hace tanto a divisas gloriosas. Por la censura política a la Fiesta, todavía le deben una placa a los Lozano y al excelente «Jabatillo».

La grafóloga Macarena Arnás, en el callejón
La grafóloga Macarena Arnás, en el callejón - Paloma Aguilar

Y si con solo una luna de por medio los tendidos parecían otros, también la honda corrida de Cuadri cambiaba en cuestión de minutos: de salida, arreaba; en la muleta, se apalancaba. Aunque para aplomo, el de López Chaves. No se puede entender mejor a un lote. «Qué bien ha estado este torero», comentaba la afición cabal por su buena faena al quinto. «Un Chaves muy maduro», se oyó. Así, a la venezolana.

El salmantino era el segundo de una veterana terna: cerca de sesenta años de alternativa sumaban Rafaelillo, Domingo y Chacón. Y más de tres mil kilos arrojó en la báscula el cuajado y parado encierro de Trigueros: 606, 603, 583, 570, 610 y 642 kilos. Una abonada se entretuvo en la zona de sombra en hacer la cuenta: 3.614 kilos de carne y esqueleto. «Parece usted una azafata del “Un, dos, tres”», le soltó un espectador que ya peinaba canas.

Y si aquellos ponían los números, la grafóloga Macarena Arnás –que mañana firmará en el Retiro su nuevo libro, «Grafología. Lo que revela tu escritura»– puso la letra y habló de las semejanzas en las rúbricas de Juan Belmonte y Marilyn Monroe: «Por la inclinación, ambos eran muy impulsivos». Lo opuesto a Fernando Cuadri, el hombre de la sensata lucidez que no teme a la verdad y con el que, como recordó un periodista de Televisión Española, «se comprueba que es falso eso de que los toros se parecen a sus dueños».