José Escolar, Victorino Martín y Adolfo Martín, en el homenaje a Albaserrada en Las Ventas
José Escolar, Victorino Martín y Adolfo Martín, en el homenaje a Albaserrada en Las Ventas - Maya Balanya

Adolfo Martín: «¡En mi casa nadie cambia un toro!»

El ganadero de moda por su encuentro con Roca Rey el 30 de mayo, Victorino y Escolar, en el homenaje por el centenario de Albaserrada

MadridActualizado:

La montera cayó boca arriba. «Eso da mala suerte», dijo el niño de ojos marítimos del «2». Su madre quitó hierro al asunto: «No pasa nada». Pero la superstición sobrevoló sobre la arena. «Yo no soy supersticioso porque da mala suerte», susurró uno mientras cruzaba los dedos. Juan Leal había brindado en los medios y allá que se plantó de rodillas. Un prólogo más vibrante que muchos de los que se leerán en algunos libros de la feria de ídem. La ofrenda espartana era esa: la del francés postrado de hinojos y llevando cosida en media docena de muletazos la vibrante embestida. Pura pasión, coronada con dos de pecho. A partir de ahí, todo se enredó, entre el viento y las distancias cortas. «Está ahogando mucho al de Pedraza, ese toro con una distancia media sería otro», explicó un abonado. Con un valor muy seco, el joven torero de Arles, cosecha del 91, se metió en los terrenos ojedistas que queman: «Vengo a entregarme», había asegurado. Y en un remate, «Portador», un colorado de 582 kilos, no le perdonó con una durísima cornada en la región perianal. Solo la escena dolía: como se dice en el argot, llevaba un «tabaco» de 25 centímetros. La gente se agolpó sobre el balconcillo de las cámaras de televisión para ver la repetición, mientras Octavio Chacón sostenía al toro sin un solo capotazo. «¡Qué buen lidiador es!», se oyó. Y qué heroico esfuerzo hizo Leal, cuyo vestido de tono crudo era a esas alturas una pintura roja. Hubo cierta división: «¡Qué valiente es este tío!», exclamó uno. «Pues yo no quiero mártires», replicó otro.

La épica de Leal quiso acabar lo que había empezado. Dio muerte a su enemigo, al que cortó una oreja. Hubo ligeras protestas, pero la petición fue mayoritaria: «Si se ha puesto encima y no ha pegado ni uno», farfulló alguien. «No se altere usted, que el chaval se la ha jugado de verdad». Con una visible cojera, se marchó a la enfermería con la felicidad del trofeo, pese al tremendo cornadón. La cara y la cruz de la Fiesta se repetía en una corrida de cambiante embestida en el embroque y el final: «Ha sido deslucida. Se esperaba mejor».

Cien años de Albaserrada

Lo que no defraudó fue el espectáculo matinal, un homenaje por el centenario de Albaserrada, cien años de casta y emociones. «¡En mi casa no cambia nadie un toro!», fue la frase más repetida por Adolfo Martín en la abarrotada sala Bienvenida. Menuda expectación. Allí no podía faltar, claro está, Victorino Martín, cabal guardián de la A coronada del mejor ganadero de la Historia: «Mi padre era muy intuitivo y atrevido, un genio». Y se refirió al idilio de Madrid con este encaste desde la primera vez que pisó la arena. A su lado, José Escolar, que abre el próximo martes el trébol de los grises: «Traigo seis toros para los tres valientes que me han tocado. Yo no tengo la suerte de andar con las figuras como Adolfo...», espetó con fina ironía en un diálogo moderado animadamente por Manolo Molés. Había tensión por momentos, con Adolfo sin pelos en la lengua. Es el ganadero de moda tras los azares del sorteo de San Isidro, cuando su bolita se unió a la de Roca Rey, la bomba del bombo. «Cuando salió, me puse nervioso. La idea no me gustó por la responsabilidad que hay, pero ojalá la corrida dé el espectáculo que la gente desea. Yo creo que Roca tiene que tener claro que las cosas que les hace a otros toros no se las van a permitir los míos».

El paladín del hierro de la V quiso frenar en seco «esas historias que se inventan de si me van a elegir o cambiar los toros». «La corrida está apartada desde el año pasado -señaló-. Hay ocho o nueve, porque si tienes solo seis, luego aparece uno cojo y otro que no ve y se descompone todo».

Con el ganadero con semblante serio y una permanente mueca sonriente en el público, confesó que se ha vuelto «muy antipático». «Miren ustedes, voy siendo viejo y no me dejo dominar. No quiero ponerme medallas, pero hay una figura del toreo que ha venido dos veces a casa [“es por El Juli”, comentaron dos profesionales] y la he dicho que no quito ni un toro. Luego la gente se pone a largar... ¡En mi casa no se cambia ni un toro! Y los toros van a venir como su madre los ha parido». No hubo ovación tan grande en toda la tarde como la que recibieron por la mañana los centinelas del cárdeno y oro.