Cumbre de El Juli, por la Puerta del Príncipe de Sevilla
El Juli, feliz a hombros de numerosos jóvenes que lo sacan por la Puerta del Príncipe - juan flores

Cumbre de El Juli, por la Puerta del Príncipe de Sevilla

Corta tres orejas en la corrida del Domingo de Resurrección y se va dos veces a portagayola

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En una tarde de enorme expectación, El Juli corta tres orejas, abre sin discusiones la Puerta del Príncipe y da una lección de poderío. Ya había vivido antes esa experiencia pero la de esta tarde es, sin duda, una de las cumbres de su carrera.

Prólogo complicado: se rechazan en el reconocimiento nueve toros. ¡Lamentable! Después de muchas idas y venidas, se lidia un toro de Parladé, el primero, muy deslucido, y cinco de la ganadería anunciada, Garcigrande: todos son justos de fuerzas pero no plantean graves problemas a los matadores.

Julián López anuncia su actitud yéndose a portagayola en el segundo, enlazando la larga cambiada con verónicas de manos bajas, ganando terreno. Un quite, a cámara lenta, hace sonar la música. Da distancia al toro, lo engancha en la muleta, manda, liga. Cuando el toro se raja, aguanta parones. Con su habitual salto, logra un estoconazo: muere el toro en una bella estampa y corta la primera oreja.

Otra vez a portagayola

Vuelve a irse a portagayola en el quinto y el público ve claramente su disposición. Aunque el toro va suelto, hace un gran quite por verónicas, mandando mucho. En banderillas, es herido El Niño de Leganés. Julián no se inmuta: en el centro del ruedo, se mete en su terreno, conduce las embestidas hasta muy lejos. Unos naturales, mandando muchísimo, provocan que la gente se vuelva loca: mata de estocada, volcándose, y el presidente saca a la vez los dos pañuelos.

No ha sido la tarde de Morante ni de Manzanares. El primer toro, de Parladé, deslucidísimo, engancha dos veces el capote de José Antonio. Al comprobar que se cuela, rebrincado, corta por lo sano: faena brevísima y lógica bronca. En el cuarto sí que quiere: consigue excelentes verónicas y un precioso quite pero el toro flaquea demasiado. Las caídas deslucen hermosos muletazos, llenos de sabor. La decepción es lógica: queríamos más... Brilla el ingenio sevillano en un grito: «¡Morante, me engañas pero te quiero!».

Manzanares, predilecto de Sevilla, tampoco tiene fortuna. En el tercero, incierto, huido, logra muletazos solemnes, sin apreturas: se produce cierta división. Abundan las pinceladas estéticas pero falta algo para el clamor popular y no acierta con la espada. El último es pegajoso, crea problemas en banderillas: dos grandes pares de Trujillo, que saluda. En la muleta, no se entrega. José María le arranca naturales de calidad, le saca más de lo que merece el toro pero menos de lo que la gente esperaba. Y no acierta de nuevo con los aceros. ¿Ha perdido algo el sitio que antes tenía con la espada? La tarde de los seis toros lo comprobaremos.

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