Peter Brook
Peter Brook - NOELA DOMEQ

Peter Brook: «Intento llegar a lo universal a través de lo más sencillo, de lo más humilde»

Con motivo de la concesión del premio Princesa de Asturias de las Artes a Peter Brook recuperamos esta entrevista que el concedió a ABC en 2006, en la que el dramaturgo repasa sus obsesiones teatrales y se declara admirador de Samuel Beckett

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Con motivo de la concesión del premio Princesa de Asturias de las Artes a Peter Brook recuperamos esta entrevista que concedió a ABC en 2006, en la que el autor repasa sus obsesiones teatrales y se declara admirador de Samuel Beckett.

Señor Brook, ¿cuál es el puesto del mestizaje cultural en su propia obra?

Muy importante. El teatro comienza por ser un espejo del mundo. Y el mundo es una interminable cadenade mestizajes. En mi caso, he trabajado y aspiro a continuar trabajando con hombres y mujeres de muy distintas procedencias y culturas. Ese diálogo me enriquece y me gustaría pensar que enriquece al público, para conocerse mejor y para conocer al otro, a los otros.

El espejo del trabajo teatral, ¿desemboca en la acción política?

El teatro político de hace cincuenta años está hoy muy pasado de moda. Aquellos debates de otra época, entre teatro de elites y teatro popular, creo que ya no tienen sentido. A mi modo de ver, el espejo del trabajo y la obra teatral quizá tiene como primera tarea la de despertar las conciencias, agudizar la visión individual y colectiva de la realidad. Mirando la realidad con los ojos abiertos, con serenidad, con limpieza moral, es imposible no terminar por interrogarse. La vieja tentación de intentar «explicar», intentar influir en el espectador, a mi modo de ver, se ha terminado.

¿Y que aporta el mestizaje a esa manera de entender el teatro?

Otros mundos, otras voces, otros puntos de vista, otras maneras de ser, otras lenguas. Cada lengua, cada cultura, cadahombre, está en pie y se comporta a su manera. A mi modo de ver, el instrumento más misterioso para hacer teatro es el ser humano.

¿Hay que quemar la vieja tramoya de la magna tradición teatral europea?

Yo no soy partidario de quemar nada, sino de enriquecerme con todo. Dicho esto, enmi caso, es cierto que tiendo a despojar mi trabajo de todo lo que no sea esencial. Y, en ocasiones, es difícil hacérselo entender a la crítica. En ocasiones, viene a visitarnos algún señor muy serio que se pregunta donde están todas aquellas cosas, instrumentos, tramoya, de esa tradición teatral a la que usted se refiere. Y, bueno, sonrío, y tengo que explicarle que, en verdad, en mi caso, intento llegar a lo universal a través de lo más sencillo, lo más humilde, lo cotidiano, el cuerpo humano y sus relaciones con lo inmediato, con las cosas de la vida, que pueden ser triviales, dramáticas, sublimes.

Desde esa óptica, ¿cuál es el autor más grande del siglo XX; o, al menos, el que a usted más le interesa?

Samuel Beckett.

¿Por qué?

Hay en Beckett esa búsqueda casi metafísica, muy material, al mismo tiempo, de algo universal, a través de los gestos de la vida más íntima. En Beckett, las cosas más pequeñas pueden transformarse en algo muy grande y universal. Un simple personaje de Beckett, en escena, a través de su mímica, a través de su rostro, puede ir muy lejos en la exploración del alma humana. Hubo un tiempo en que se pensaba que Beckett era muy pesimista, un nihilista. Pienso que era mal comprendido. Beckett puede ser muy trascendente. Con un sentido inmenso del humor, muy tierno, a la manera de Búster Keaton, efectivamente. Hace años, Beckett era un autor para minorías intelectuales. Hoy comienza a ser representado en todo el mundo y está descubriendo nuevos públicos. Los nuevos lectores y espectadores de Beckett son mucho más jóvenes.

¿Hay algo en común entre Beckett y una obra como « Sizwe Banzi ha muerto» que, en primera lectura, es algo más naturalista, más «directo», una tragedia de segregación y racismo?

La capacidad para reír, enelmomento más terrible. Y esa capacidad también habla de una capacidad inmensa para resistir y liberarse, a través de la palabra, de entrada.

En ocasiones, la palabra también puede ser un instrumento de segregación e insondables diferencias.

Quizá. Pero fíjese: España es más rica gracias a sus diferencias.

También se da el caso de gentes que aspiran a tener el monopolio de la palabra. Incluso todavía se persigue a quienes usan o abusan de esta palabra, en nombre de una religión revelada. Recuerde el caso de la Ópera de Berlín, amenazada por los islamistas.

Todas las grandes religiones han tenido en un momento u otro la tentación de perseguir a los no creyentes o los iconoclastas. Sin embargo, más allá de la historia de las iglesias, cuando se entra en una gran catedral o en una gran mezquita se siente siempre la misma impresión de inmensidad, de la que habla el origen último de todas las religiones, del cristianismo al budismo.

En su último montaje de Beckett, uno de sus personajes se arrodilla con frecuencia, y mira al cielo, implorando.

Beckett tenía un santo horror por la falsa religión, la falsa piedad. Y no creo que él fuese muy creyente. Sin embargo, en su fondo último quizá hubiese una duda: «yo no creo, pero, quién sabe...». Hay, en Becket, duda, burla, incertidumbre y misterio. Otro tanto pudiera decirse de Shakespeare. «El Rey Lear» es una pieza de un trascendentalismo absoluto. No hay religión aparente. Pero en su tragedia quedan en suspenso inmensas preguntas. Otro tanto pudiera decirse con Dostoievski y sus Hermanos Karamazov.