Un ejemplar del «First Folio» hallado recientemente
Un ejemplar del «First Folio» hallado recientemente - REUTERS

Por qué hay que leer hoy a Shakespeare

El autor británico supo respirar la brisa que sopla en la calle de los sentimientos humanos y trasladar esa respiración al ámbito de la creación literaria

LUIS ALBERTO DE CUENCA
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Leer a Shakespeare es siempre un placer, nunca una obligación, de manera que no me atrevería a decir que su lectura es un deber intelectual del que no se puede prescindir. Pero cualquier persona que se sienta atraída por la literatura, o sea, por ese escenario a escala 1:1 que representa en el mundo de la imaginación todo lo que concierne al mundo real poblado por los hombres —sus pasiones y sus acciones, sus goces y sus sufrimientos, sus bondades y sus maldades—, me parece difícil que en algún momento de su vida no tropiece con el teatro del escritor inglés. Y digo con el teatro, omitiendo su obra poética encabezada por los «Sonnets», porque el gran poeta que fue Shakespeare lo demuestra en su producción dramática mucho más que en su lírica, con ser esta magnífica.

Leer teatro es algo que a muchos les resulta pesado. No lo es en el caso del teatro de Shakespeare. Ser un espectador asiduo y fiel de los montajes que se llevan a cabo en todo el planeta de la obra dramática shakespeareana no descarta en absoluto la inmersión lectora en dicha obra, pues no hay montaje escénico capaz de sustituir la sensación irrepetible de pasear los ojos por los asombrosos renglones escritos, la mayoría de ellos en verso blanco, por el autor de «Hamlet».

Decía Goethe de Napoleón que era «un extraordinario hombre ordinario». Lo mismo podría haber dicho de Shakespeare. Y es que tiene mucho más mérito ser alguien corriente, del montón, y sacarse de la chistera las treinta y siete piezas teatrales que habitan en las páginas del «First Folio» de 1623 y cuya autoría shakespeareana nos consta con seguridad, que nacer genio y limitarse a escribir al dictado de las nueve musas y de los mismísimos dioses olímpicos.

Porque ya es hora de que nos dejemos de tonterías con los falsos Shakespeares que se han inventado para apuntalar la necesidad que tienen algunos de poner en cuestión a los grandes autores de las letras universales: William Shakespeare, bautizado en Stratford-upon-Avon el 26 de abril de 1564 y fallecido el 23 de abril de 1616 (según el calendario juliano, vigente por aquel entonces en Inglaterra), es el único autor de las obras de Shakespeare, y lo demás son zarandajas conspiranoicas que no conducen a ninguna parte.

Que Shakespeare no supiese latín ni griego, que no fuese ningún humanista y que su principal objetivo en la vida no fuese pasar a la posteridad, sino ganar buenos dineros como empresario teatral, no significa que fuese incapaz de desarrollar, a partir de fuentes fácilmente reconocibles —las «Chronicles» de Holinshed, las novelle de Bandello traducidas al inglés, el «Plutarco» de North, tantas otras—, treinta y siete obras maestras. ¿Quién iba a pensar que Cervantes, otro «extraordinario hombre ordinario», fuese capaz de escribir una obra inmortal como el «Quijote», que cortó la cinta de inauguración de la novela moderna? No hay que haber estudiado en la Sorbona, en Heidelberg o en Oxford para escribir cosas geniales: basta con respirar la brisa que sopla en la calle de los sentimientos humanos y trasladar esa respiración al ámbito de la creación literaria.

En el templo de Apolo en Delfos podía verse inscrita una sentencia que para la historia del pensamiento occidental —hoy tan cuestionado por la estupidez progre de la corrección política— ha resultado programática: «Conócete a ti mismo». Los sacerdotes y sacerdotisas de Apolo sabían de qué estaban hablando. Y la obra de Shakespeare, más de veinte siglos después, es la prueba irrefutable de que puede llegar uno a hacer suya esa frase y convertirla en realidad. Shakespeare agota el hecho humano: leyendo su teatro, la máxima délfica adquiere todo su sentido.