El director teatral Lluis Pasqual
El director teatral Lluis Pasqual - Vanessa Gómez

La dimisión de Lluis Pasqual: genio a cambio de majadera

La del dramaturgo «es la dimisión de una sociedad que no sólo ha dejado de defender a sus genios sino que ya ni sabe quiénes son»

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«A mí, Lluís Pasqual me ha gritado, me ha ridiculizado, me ha puesto en evidencia, y le visto hacerlo impunemente porque “es un genio”, y los genios gritan y tratan mal a la gente. Y yo quiero decir que el teatro es otra cosa. Que el teatro es amor, y diversión, y compartir, y aprender y ser feliz, hostia puta, ser feliz».

Con esta insólita colección de sandeces ha bastado para que Lluís Pasqual haya tenido que dimitir como director del Teatre Lliure. Primero fue Josep Maria Flotats, a quien el poder convergente confundió con su «minyona» y cuando se dieron cuenta de que no les obedecía le echaron del Teatre Nacional. Cuando tú creas el Teatre Nacional de Catalunya para subrayar la importancia de la cultura para vertebrar la «nación» catalana, no puedes pensar que su director está para consumirse en tus límites mentales, sino más bien para ampliarlos. ¿Para qué otra cosa podría servir la cultura? Despidiendo a Flotats, lo que acabó subrayando la Generalitat de Pujol, mucho más que cualquier atisbo de nación, fue la tribu de machete y hechicero en que siempre acaban convertidas las comunidades que prefieren sus prejuicios a su inteligencia.

Incluso más crudo ha sido el acoso y el desprecio al que ha tenido que enfrentarse Albert Boadella, que ha sufrido agresiones personales y ataques a su vivienda en Jafre. Nadie como él entendió el espíritu de Pujol, de Pla y de Dalí, y esta trilogía de Cataluña constituyó la más exacta fábula moral sobre los catalanes que jamás se ha representado en un escenario. De nada le sirvió su genio, su talento, su espejo en que tan quirúrgicamente pudimos vernos, y otra vez el hechicero enloquecido prendió su hoguera. Boadella se convertía en el segundo gran director teatral que tenía que abandonar su tierra: esto sí que fue un exilio, primero artístico y luego personal, sin que la Generalitat le expresara ningún apoyo ni moviera un dedo para detener a sus atacantes.

Última víctima

La última víctima de la cultura catalana ha sido el tercer y último gran dramaturgo que nos quedaba. Lluís Pasqual dimitió ayer tras ser acusado por una desequilibrada, como se desprende de su escrito, reproducido en parte al principio de este artículo. Si Franco hubiera sabido que los catalanes somos tan eficaces demoliendo nuestro patrimonio, seguramente no se habría molestado en prohibirnos nada. Pasqual es un director extraordinario, efectivamente un genio, como reconoce su acosadora, y como tal tiene su exigencia y sus métodos, el deber de no rendirse en su empeño por sacar lo mejor de su equipo. Ni el teatro ni cualquier disciplina artística es «diversión y ser feliz», como pretende la denunciante majadera, sino un angustiante esfuerzo para que brille la luz y nos eleve por encima de la vulgaridad del tráfico diario. Y desde luego, también por encima, muy por encima, de desdichadas insensibles a cualquier belleza.

Primero Flotats, luego Boadella y ahora el tiro de gracia a la cultura catalana que significa la dimisión grotescamente forzada de Pasqual. Hölderlin dice que Dios puede perdonarlo todo salvo que demos pobre comprensión a los genios. ¡Imagínate si además de no comprenderlos, los exiliamos! La falta de respeto con que Cataluña trata a su propia cultura indica que no entiende lo que es un Estado: ni cómo funciona, ni cómo se consigue. De hecho, los independistas creen que un Estado, como el teatro según la pobre mujer resentida con Pasqual, es «diversión y ser feliz»: y por ello ha sido tan descomunal su derrota.

Lluís Pasqual tendrá hoy mismo muchas más ofertas profesionales de las que podrá atender y Cataluña habrá perdido al último genio teatral que le quedaba, a cambio de una histérica sin oficio ni beneficio, ni ningún indicio de cordura. Es una transacción más de nuestro tristísimo negocio, y así vamos de descalabro en descalabro hasta la ruina total.

La dimisión de Pasqual es la dimisión de una sociedad que no sólo ha dejado de defender a sus genios sino que ya ni sabe quiénes son.