Una escena de la obra
Una escena de la obra - Javier del Real

Crítica de «Faust»: Una perversión mefistofélica

En el saludo final, dos miembros de La Fura dels Baus, responsables de la puesta en escena, aparecieron en el escenario con lazos amarillos

MadridActualizado:

La promesa de una noche de triunfo y relumbrón operístico se oscureció ayer cuando, en el saludo final, dos miembros de La Fura dels Baus, responsables de la puesta en escena, aparecieron en el escenario con lazos amarillos. El apoyo que recibieron por parte de algunos espectadores con gritos de «¡Libertad!» fue rápidamente contrarrestado por el «¡Viva el Rey!» de varios otros. Fue un momento de incertidumbre que vino a unirse a un final de representación en el que tampoco faltaron las voces discrepantes frente al trabajo escénico, la dirección musical y la actuación de Luca Pisaroni como Mefistófeles. Habían transcurrido tres horas y media antes, desde que aparecieran en el palco los Reyes, Don Felipe y Doña Letizia, y sonara el himno nacional.

Quiere decir que muchas cosas se resolvieron ayer de manera imprevista. Ante el inicio de su vigésima temporada, el Teatro Real anunciaba el «Fausto» de Gounod, una ópera que ya no se interpreta con la frecuencia que lo hizo en otras épocas. Poco importa: algunas melodías permanecen en el subconsciente colectivo, y además la historia de Fausto y Margarita, con la intervención perversa de Mefistófeles, tampoco requiere de grandes disquisiciones. Lo que estaba fuera de cálculo era el trabajo del maestro Dan Ettinger. Sonó la orquesta con un volumen desmesurado, sacó de ella un sonido grueso y feo, contagió al coro hasta abrir las voces y concertó, sobre todo en la primera parte, con desajustes manifiestos.

El primer lesionado fue el tenor Piotr Beczala, en su estreno escénico en el Real. Le costó entrar en la obra y hasta el primer encuentro con Margarita la voz corrió sin fluidez. «Salut! Demeure chaste et pure» todavía tuvo un inicio renqueante, con cambios de color evidentes y una linea sin perfilar. Los aplausos que finalmente recibió reconocieron el potencial de quien no terminó de demostrar su extraordinaria calidad. La soprano Marina Rebekae se antepuso mucho mejor a las circunstancias, y desde el aria del rey de Thulé impuso su criterio. Llegó al final haciendo alarde de fuerza, conservando la apostura, y el brillo y potencia del agudo. Hizo estupendas contribuciones Serena Malfi en su papel de Siébel y no acabó de centrarse Stépahne Degout en el de Valentin. Su caso puede ser similar al de Pisaroni pues son intérpretes que deberían estar muy por encina de lo que ayer ofrecieron, pero desde el foso nació buena parte del desconcierto.

Faltó poesía, encanto, arrebato… todo aquello que ayuda a poner en valor a los intérpretes y también dar realce al espectáculo. La construcción de Àlex Ollé (La Fura dels Baus), coproducción del Real con Ámsterdam, rastrea el argumento original con mucho mayor respeto del que aparenta la conversión de Fausto en científico agotado tras experimentar con la inteligencia artificial. La calidad teatral es indudable, la estética gratificantemente actual, vestuario y luces están minuciosamente trabajados. Todo es resolutivo frente a un título tan fácil de amanerar. Pero quien auguró el éxito no había previsto la desdicha.