Julio el conquistador
Julio Iglesias, anoche en el Gran Teatre del Liceu - Martí E. Berenguer

Julio el conquistador

El cantante madrileño se estrenó anoche en el Gran Teatre del Liceu tras más de una década alejado de los escenarios barceloneses

BARCELONA Actualizado:

A Julio Iglesias, por si aún no se han dado cuenta, le va la vida, la gente y, en fin, el cantar con los ojos cerrados y la mano derecha aleteando esas canciones que parecen estar ahí desde que el tiempo es tiempo. Le van, como sabrán, todas estas cosas, y desde anoche también le va cantar en Gran Teatre del Liceu, magno escenario en el que ayer debutó tras más de una década sin actuar en Barcelona. Noche grande, pues, para los seguidores de Julio, «Julito el conquistador», quienes con sus deslumbrantes bronceados a cuestas y felizmente ajenos a ese otro concierto de cacharrería y cacerolas que a la misma hora protagonizaban los indignados en plaza Cataluña, pudieron suspirar por fin con la coda final de «Hey».

Pero no hemos venido aquí a hablar de política -o de antipolítica, o de lo que sea-, sino de esas canciones perfumadas con las que Julio, Julito, añadió un lujoso y dorado ribete a su hoja de servicio. «Yo me sorprendo cada día de lo que me está pasando. Ahora, por ejemplo, me traen al sitio más bonito de Barcelona», exclamó el cantante madrileño poco antes de atacar «La vida sigue igual». Y, en efecto, la vida sigue igual: grandes éxitos servidos en bandeja de plata, envoltorios musicales como de zen latino siempre al servicio de la voz, tres coristas semi-robóticas y una pareja de bailarines de tango como exótico complemento visual a sus excursiones transatlánticas.

Dicho así parece poca cosa pero, como sabrán, Julio no se pone por poco, y en su recital en el Liceu -recuerdo a Pavarotti incluido con el «Caruso» de Dalla- ofreció una versión amplificada, a escala quizá de tan regio escenario, de su sempiterno catálogo de tics escénicos y derrapes vocales. Así que ahí estaba el cantante, felicitando a los barceloneses por los triunfos del F.C. Barcelona, transformando en material pesado una veintena de canciones ligeras e inyectando enfática gravedad a esos versos que (se mira pero no se toca) relatan amores etéreos e inmateriales, mientras por el escenario iban paseando, una tras otra, los espectros de «De niña a mujer», «Galicia», «Échame a mí la culpa», «Manuela», «La vida sigue igual» y, claro, «Hey».

Acompañado por seis músicos que molestaban lo justo y cuyo volumen se encargaba de modular el propio Iglesias con un simple chasquido de dedos, el madrileño exhibió también dotes de viajado catalizador de idiomas e intépretes -saltó del francés de «Ne Me Quitte Pas» a ese inglés chapurreado tan característico de «Always On My Mind», «Can't Help Fallin' In Love» y «Crazy» y, en cuanto descorchó «Soy un truhán, soy un señor» y amagó con abandonar el escenario al ritmo de «Me va, me va», la platea vivió un simulacro de seísmo, con principios de caderas quedrabas y entusiastas gritos que venían a decir que, en efecto, al César lo que es del César. «Vuela alto» y «La carretera» bajaron el telón, aunque solo por unas horas: el domingo repite. Avisados están.