La cantante española Rosalía, en su concierto en Nueva York el lunes
La cantante española Rosalía, en su concierto en Nueva York el lunes - EFE

El buen querer de Nueva York a Rosalía

La artista catalana se consagra en la capital mundial de la cultura con un concierto apoteósico en el Webster Hall

Corresponsal en Nueva YorkActualizado:

«¡Nueva York! Mi nombre es Rosalía». Lo dijo el fenómeno pop español nada más rematar «Pienso en tu mirá», la primera canción de su concierto este lunes en Nueva York, en la que el suelo de madera de Webster Hall se combaba con los botes del respetable. Lo dijo con chulería en la cara, porque ella sabe que Nueva York sabe su nombre. Se lo ha aprendido en el año en el que su carrera ha despegado como un cohete, con destino desconocido, pero rumbo a las estrellas. Una transformación de renovadora del flamenco a «popstar» de la que la Gran Manzana ha sido testigo.

Hace poco más de un año, Rosalía se presentaba con la sola compañía de Raül Refree en Joe’s Pub, un coqueto café-teatro del Village, dentro de la programación del Flamenco Festival. Fue una actuación deliciosa, dedicada a «Los Ángeles», el disco en el que reinterpreta clásicos del flamenco. Su voz lo ocupó todo y emocionó a los apenas 200 asistentes que llenaban la sala, la gran mayoría de la comunidad española en la ciudad.

Este lunes, la cola casi rodeaba la manzana donde está Webster Hall, un local emblemático de la noche neoyorquina que acaba de ser renovado: la semana pasada actuó Jay-Z. Hoy es el turno de Patti Smith. Entre medio, con doblete, Rosalía. En principio, estaba previsto que actuara solo la noche de ayer. La demanda -es un recinto mediano, con capacidad para 1.500 personas- propició una segunda fecha, la del lunes. Las entradas salieron a la venta hace semanas. Se agotaron en minutos. Su precio se multiplicó en reventa.

En la docena larga de meses que separan ambos conciertos, Rosalía se ha convertido en una celebridad dentro y fuera de España por ‘El mal querer’. Sus vídeos, de alta factura estética, un cóctel de imágenes costumbristas y posmodernas, han corrido por YouTube como la pólvora. Ha colaborado con J Balvin o James Blake. Se ha presentado en Coachella y en Ceremonia. Participa en el disco de homenaje a «Juego de Tronos» que ha producido la HBO. Celebridades como la modelo Gigi Hadid están obsesionadas con ella.

La sensación de vivir algo histórico se notaba en la cola del concierto, la energía de poder responder con un «sí» a la pregunta «¿estuviste en el primer gran concierto de Rosalía en Nueva York?», de asistir al alumbramiento del «next big thing» en EE.UU. «La conozco por unos amigos de Barcelona», aseguraba Jules, un chico francés que había conseguido las entradas por su precio original, 40 dólares, ante el enfado de Lili, a su lado, que tuvo que pagar casi 200.

Los caminos a Rosalía son impredecibles. «Nos la pasaron en YouTube», «también nos encanta Bad Gyal», «somos de flamenco y de Almodóvar», gritan un grupo de chicos, con energía adolescente. «La conocí en clase de Sociología de la Música»; dice Kaniki, del Bronx, que estudia en la Universidad Estatal de Nueva York. «Un profesor nos puso en clase ‘Malamente’». Tra-tra.

La diversidad de la legión de fans de Rosalía en Nueva York es espectacular: los expatriados españoles son minoría, ante grupos de hispanos con pinta de raperos, gringos todavía con acné, afroamericanos y señoras que van a los conciertos de «world music». Casi ninguno podría pronunciar el Sant Esteve de Sesrovires donde nació Rosalía, pero todos la consideran suya. Y, sorprendentemente, las letras de «El mal querer» se coreaban con claridad y, como un milagro, había más compás en las palmas por bulerías y siguiriyas que en muchos recitales de flamenco. ¿Sería que se confundían con las enlatadas de la máquina de El Guincho? El productor era el único instrumentista sobre el escenario, con teclado, tambor y artilugios para efectos de sonido.

El resultado, sin embargo, es todo lo contrario que simplista. Rosalía aparecía soportada por un coro de voces y un cuerpo de baile magníficos. Recorrió «El mal querer» sin apenas pausas, intercalando sus nuevas canciones –más reguetón, menos flamenco– y apenas una parada en «Los Ángeles», con «Catalina» y «Testamento gitano». Era estremecedor ver a chicos de Harlem, a una muchacha del Bronx con las mismas uñas felinas de Rosalía, enloquecer con tanguillos de Cádiz, con aires alosneros de un fandango o con la versión electrizante del tango «Volver», a capela, el único bis de un concierto de poco más de una hora. Todo con un baño posmoderno, eléctrico, que tuvo un gran reflejo en «De aquí no sales», que sonó como una suerte de siguiriyas de principios del siglo que viene.