Joaquín Sabina, en un momento del concierto que tuvo que acabar antes de tiempo en Madrid
Joaquín Sabina, en un momento del concierto que tuvo que acabar antes de tiempo en Madrid - DE SAN BERNARDO

Sabina en Madrid: crónica de un lapsus anunciado

Un repaso (sentimental) por las razones (o no) que llevaron al artista a dar por finalizado antes de tiempo su concierto en Madrid el pasado fin de semana tras sufrir un ataque de pánico

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No es nada nuevo. Si artista y público se lo curran, si las canciones son buenas y han llegado al corazón de los aficionados, la puerta de la emoción y el sobrecogimiento siempre está abierta. De par en par. A lo largo de mi vida (viejos tiempos de premeditación, nocturnidad y alevosía) el que se suscribe habrá asistido a quinientos conciertos: desde los tiempos de la Transición y la Movida hasta hoy.

Me ha dado tiempo a verlo casi todo: guitarras en llamas, baterías por los suelos, bajos «robados» por el público, ropa interior volando por el escenario («dónde está tu sujetador, me gusta verlo volar hacia mí», cantaba hace muchos años Ramoncín), chicas casi en pelotas, partituras hechas trizas... En fin, y hasta espectadores (era yo, lo admito) que se lo hacían encima (con perdón) cuando conseguí tocar una pantorrilla de Springsteen un agosto del 88 en el Vicente Calderón.

Lo que le pasó a Sabina el sábado pasado en Madrid no es nada nuevo, desde luego. Lo más habitual es, sencillamente, olvidarse una letra de un estribillo y hasta de una melodía. En todos los conciertos a Bruce le ocurre eso. Y a Leonard Cohen, a Bob Dylan (le da igual, como casi todo, porque se las reinventa sobre la marcha), a los Beatles, a Mick Jagger... Casi siempre, la chuleta que los artistas llevan con set-list (el repertorio) no sirve de mucha ayuda y al público, siempre entregado con su ídolo, tampoco le importa mucho. Faltaría más.

1- Memoria sentimental

El sábado, Joaquín reventó. Verse ante 15.000 personas entregadas (salvo los políticos, a los que les encanta), no es tan sencillo. Sobre todo, si lo que cantas forma parte de la memoria sentimental de la gente, canciones con las que se ha enamorado, desenamorado, la que cantaba el día que nació su hijo, la que le conmovió el alma cuando moría su madre.

2- Cuidados intensivos

Joaquín lleva cincuenta años de carrera prácticamente y, todos lo sabemos, no se ha cuidado mucho. Los músicos, como todos, deben de cuidarse antes de trabajar, pero el rock and roll, la canción popular, son otra cosa, no falta el whisky (en el caso de Joaquín dicen que de cinco en cinco) antes de los conciertos.

3- Contigo en la distancia

Por más que un artista intente poner mucha distancia entre su música y lo que sienten con ella los espectadores, es una distancia que ambos recorren a toda prisa durante un recital. La emoción, como el miedo, es libre. Va a toda pastilla (y no nos referimos a nadie) y no hay forma de controlarla. La distancia entre el subidón y el lapsus es mínima, cuando no nula.

4- Demasiado compromiso

Las canciones de Joaquín Sabina, además, tienen un fortísimo compromiso social. Aún no siendo políticas (bueno, según cómo se mire), son retos ante la situación tristísima que vivimos: de los quince mil asistentes al concierto del Barclaycard Center es probable que al menos la tercera parte (siendo optimistas) esté en paro. De esos quince mil, todos conocen algún familiar o amigo cercano que ha sufrido recientemente un ERE o un despido fulgurante y criminal con los consiguientes consabidos y dramáticos veinte días de indemnización. Así, con el alma rota por la desgracia propia y/o ajena es fácil echarse a llorar, quedarse bloqueado. Y si juegas en casa, como Sabina, blanco y en botella.

5- Lágrimas vivas

Yo lo vi en tiempos de la Transición, y recuerdo especialmente un recital de Lluís Llach en el Palacio de los Deportes de Barcelona, en enero del 76, apenas tres meses después de la muerte de Franco. Llach y el público no podían con la emoción que se desbordó en piezas como «L'estaca». Pero el momento más duro y también más emotivo llegó con la interpretación de «Silenci». Lluís dejó de cantar durante más de un minuto y, llorando a lágrima viva, el público lo hizo por él. Inolvidables.

Sabina lo hizo por tres veces como San Pedro en sus tiempos de apóstol en el concierto del otro día y les aseguro que gran pate del público no paró de llorar en todo el recital. La música popular es eso, público y artista son lo mismo, aunque les separen el escenario y la diferencia entre sus cuentas bancarias. El artista o artistazo, como Sabina, y yo somos prácticamente igual. A uno, humilde cronista, también le ha sucedido lo mismo. Quedarse bloqueado, como me sucedió cuando escribía sobre la dramática manifestación del 11-M en Madrid. Todavía están vivas en mi teclado las lágrimas de aquel día. Tan sinceras como las de Sabina.