Fotografía de la coreografía de Pina Baush para la partitura de Stravinsky
Fotografía de la coreografía de Pina Baush para la partitura de Stravinsky
Hoy se cumple un siglo del estreno en parís

La «Consagración de la primavera», cien años en veinte grabaciones

Varios sellos celebran el centenario de la partitura de Stravinsky con dos cajas que, juntas, reúnen cuarenta y ocho versiones discográficas del célebre ballet

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Hay homenajes en los que sería aconsejable que no estuviese presente el propio homenajeado. De seguir vivo, es probable que el centenario de la Consagración de la primavera le costaría a Stravinsky más de un disgusto, viendo sobre todo cómo se la están gastando los sellos discográficos en esta ocasión.

Es notorio el recelo del compositor ruso hacia los intérpretes de su música. Precisamente por ello, harto de las libertades que muchos directores se tomaban con sus partituras (plegándolas a sus propios gustos, desatendiendo la literalidad del texto y alterando su espíritu), Stravinsky emprendió la titánica tarea de grabar él mismo toda su obra para que esta llegara al oyente en versiones lo más fieles a las intenciones de su creador. Conocida la fobia del compositor a los intérpretes, no es difícil imaginar qué opinión le merecerían iniciativas como las promovidas ahora por Decca y Sony.

Para celebrar por todo lo alto la efeméride, Decca –junto a sus sellos hermanos Deutsche Grammophon y Philips– ha reunido en una caja de veinte discos todas las grabaciones de la Consagración de la primavera que a lo largo de su historia han formado parte de su catálogo: nada menos que ¡treinta y ocho versiones! desde la más antigua de 1946, dirigida por Eduard van Beinum al mando de la Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam, hasta la más reciente protagonizada por Gustavo Dudamel en 2010.

Inversión rentable

La larga lista de nombres ilustres que desfilan aquí (Fricsay, Ansermet, Dorati, Monteux, Karajan, Mehta, Solti, Abbado, Chailly, Bernstein, Levine, Haitink, Boulez, Gergiev, Salonen…) demuestra que la Consagración siempre ha representado una inversión rentable en términos discográficos. Y para quienes no comparten semejante afán fetichista –o para aquellos que quieren gastarse menos dinero– Decca ha preparado una edición «reducida» en cuatro discos, que incluye las versiones de Monteux (1956), Dorati, Chailly, Boulez (1991), Gergiev y Salonen (2006).

También Sony se ha apuntado al centenario de la Consagración con otro festín discográfico no tan exhaustivo como el de Decca aunque más significativo por la importancia de las grabaciones escogidas. De entre su catálogo (que comprende también los sellos CBS y RCA), Sony ha seleccionado diez registros que incluyen al pionerísimo de Stokowski (¡1929!), los dos firmados por el propio Stravinsky (1940 y 1960), los referenciales de Monteux (1951) y Boulez (1969), junto a los de Ormandy, Ozawa, Bernstein (1972), Salonen (1989) y Tilson Thomas.

Todas menos las mías

Es de imaginar que Stravinsky detestaría la casi totalidad de estas versiones, salvo las suyas propias y las de Pierre Monteux, el único intérprete de la Consagración por el que tuvo palabras de elogio. Monteux dirigió el estreno de la Consagración y, si bien cuentan que la obra nunca le convenció del todo, realizó en 1951 la que es sin duda una de las más extraordinarias versiones discográficas del ballet al mando de la Sinfónica de Boston.

En manos de Monteux, la Consagración asume los rasgos de una gigantesca improvisación, donde cada sonido irrumpe con la fuerza atronadora de la sorpresa y el descubrimiento, alcanzando toda su lógica a posteriori. En el extremo opuesto, la no menos emblemática versión de Boulez está volcada en el «a priori»: su interés prioritario consiste en subrayar el rigor y la solidez de la estructura por encima del estallido fauve de la partitura.

Entre esos dos polos, hay opciones para todos los gustos. Para Bernstein, el frenesí colectivo prima sobre la tragedia. El enfoque opulento de Karajan otorga a las sonoridades una tupidez casi straussiana, donde la Elegida se convierte en una Salomé ancestral. El acercamiento de Gergiev es inconfundiblemente ruso, aunque su Consagración –embargada por una convulsión emotiva que roza el desajuste– suena más a Prokofiev que a Stravinsky. Ansermet y Chailly nos recuerdan que, debajo de su capa barbárica, el ballet stravinskiano es un prodigio de orfebrería musical. Para Stokowski y Dorati, en cambio, la Consagración es ante todo un impactante espectáculo en donde el compositor pone los sonidos y el director de orquesta las imágenes.

Como un bólido

Si tuviera que elegir a mi intérprete ideal, al lado de Monteux pondría a Esa-Pekka Salonen, quien firma en mi opinión la Consagración del siglo XXI. El acercamiento del director finlandés se ha tildado de frío, pero yo lo definiría de eficiente, en el sentido cuasi tecnológico del término. La Consagración de Salonen es un bólido lanzado a toda velocidad, cuyos componentes interaccionan como los engranajes de un motor. El efecto es brutal sin ser salvaje ni barbárico. No hay más que escuchar su interpretación de la Danza sagrada, de una elasticidad que ningún otro director ha igualado.

Salonen está presente en ambas cajas con sus registros de 1989 (en Sony) y 2006 (en Deutsche Grammophon). Aunque los dos tienen muchos puntos en común, la versión de 1989 es única por su arrebato juvenil y su virtuosismo tan encendido como absolutamente preciso, gracias también en parte a una formidable Philarmonia Orchestra. El pasado día 19 de mayo el mismo director y la misma orquesta la interpretaron en el Auditorio Nacional de Madrid. No digo más.