«Così fan tutte», amantes y amigos, todos a una
Una escena de «Casì fan tutte» en la versión de Michael Haneke - javier del real
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«Così fan tutte», amantes y amigos, todos a una

El telón del Teatro Real se levantó el sábado con la nueva producción de la obra de Mozart firmada por Michael Haneke

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Tras días de silencio y misterio, el sábado quedó al descubierto la nueva producción de «Così fan tutte» firmada por Michael Haneke. Se estrenó en el Teatro Real con el director ausente, obligado a asistir a la ceremonia de entrega de los Oscar en Hollywood, aunque con el trabajo terminado, pendiente sólo de «la aprobación y el disgusto» de los espectadores. Quizá alguno pudiera encontrar cierta ironía en estas palabras aunque nada más lejos de la realidad.

Si algo ha demostrado Haneke durante su estancia madrileña es que sus afirmaciones siempre son sinceras y que calla cuando algo no quiere que se sepa. Nada explicó sobre lo que pensaba hacer con la ópera de Lorenzo Da Ponte y Wofgang Amadé(us) Mozart y apenas nada ha trascendido más allá de la exhaustividad con la que se ha entregado al trabajado.

Haneke no se anda con indirectas, va al grano y su «Così» lo demuestra con un final en el que todos los personajes acaban discutiendo. No está la actualidad para moralinas dieciochescas ni falsas verdades por mucho que los seis protagonistas cierren el enredo cantando «afortunado aquel que todo lo toma en el mejor sentido y en cualquier cosa que le afecte se deja guiar por el buen tino».

Lo lógico y lo razonable es poner fin a la obra tal y como lo hace Haneke pues esa es la verdad a la que ha de conducir una trama donde los amantes se entrecruzan con abyecta intención y en la que, por otra parte, el director ha escarbado con fidelidad a la esencia y voluntad de espectáculo global, haciendo que cualquier elemento tenga sentido por sí mismo y en relación con el resto.

No puede ser casual que Haneke eligiera este título, de estructura circular y simétrica, tras hurgar las tripas de «Don Giovanni» en su primera incursión operística, ni que haya dedicado agotadoras sesiones para seleccionar un reparto que fuera capaz de proporcionar coherencia teatral y musical. Y en verdad que lo primero está conseguido con creces a través de una propuesta diáfana donde los personajes se dibujan impecablemente y todo tiene un porqué, en la intención y en la realización, donde nada es accesorio y cualquier detalle trasciende con una fuerza visual formidable.

Pocas son las ocasiones en las que la carpintería teatral tiene tan exacta correspondencia con el fin y escasas las oportunidades en las que una puesta en escena se atiene de una forma tan exacta a la sustancia, aquí recolocada en el presente, en un villa dieciochesca donde a lo largo de un día se confunde el juego y lo real.

Los detalles son múltiples pero importa la naturalidad del gesto que humaniza el arquetipo, el trabajo muy acabado del movimiento escénico, la calidad del vestuario y la iluminación, y, sobre todo, la manera en la que se paladea el movimiento, lo que se dice y cómo se manifiesta.

En este punto es donde Haneke alcanza un límite que no todos los participantes siguen con la misma altura de miras. Se echa de menos otra musicalidad capaz sostener un recitativo que se pliega tan exageradamente al texto, del mismo modo que sería de agradecer otro espíritu muy distinto al que imprime el director musical Sylvain Cambreling cuyos refinamientos sonoros y estilísticos acaban siendo una anécdota al lado de una continuidad lánguida, escasa de contraste expresivo e, incluso, exasperante, como sucede en el final del primer acto. Es encomiable la seguridad con la que la orquesta titular del teatro sigue al maestro.

A partir de ahí no es extraño que el reparto quede alicaído y que los cinco jóvenes seleccionados para la ocasión no pasen de ofrecer una realización musical correcta, en paralelo a la más veterana actuación del Don Alfonso de William Shimell. Le sucede a las mujeres, particularmente a Kerstin Avemo cuya Despina tiene una proyección muy limitada, pero también a Annet Fritsch y Paola Gardina, que cantan sus arias de manera tan correcta como insustancial.

Puede apreciarse otra presencia en el tenor Juan Franciso Gatell cuya «Aura amorosa» tiene el mérito de algunas frases de largo y buen trazo y, particularmente, en el barítono Andreas Wolf, el más aguerrido. Bien es cierto que estas apreciaciones tienen algo de injusto, pues se deben a un total dominado por la alargada sombra de Haneke: inspiradora de lo regular y de lo muy bueno.