«La cólera de Napoleón», en un aguafuerte de la época - ABC
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Ruido y furia, después nada

Raymond Carr ha transformado el estudio de la Historia de España. En el siguiente artículo vuelve a las Cortes de Cádiz, justo en el año de su bicentenario

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En su exilio de Santa Helena, Napoleón reflexionaba sobre las causas del fracaso de su intento de dominar Europa, y confesaba que «la maldita Guerra de España fue la causa primera de todas las desgracias de Francia». El libro de Ronald Fraser (La maldita guerra de España. Historia social de la Guerra de Independencia [Barcelona, 2006]), con sus más de 500 páginas, puede entenderse como un comentario a esta confesión. [...] Su libro es un buen ejemplo de lo que él llama Historia desde abajo. Mientras que después de Austerlitz los estados austriacos sobrevivieron a la derrota, y la resistencia en el Tirol y Nápoles fueron «asuntos regionales menores y superables», España fue la excepción. El estado del Antiguo Régimen se derrumbó y la resistencia popular a Napoleón, tema del libro de Fraser, fue una fuerza formidable. Fraser niega la idea de que el levantamiento nacional sea un mito liberal. Fue un hecho mucho más complejo.

La Guerra de Independencia le granjeó a España lo que Goya expresó en una palabra: «Nada»

¿Cómo ocurrió? En la primavera de 1808 España era todavía aliada de Napoleón. El Gobierno de Carlos IV, la reina y su valido, Godoy, un oscuro hidalgo de Extremadura, permitieron que un ejército francés entrara en España para expulsar a las tropas inglesas de Portugal. Murat, cuñado de Napoleón y el más pintoresco y brutal de sus mariscales, ocupó Madrid. Entretanto, Napoleón obligó a la familia real a ir a Bayona, donde explotó sus «sucias intrigas» para imponer a su hermano José como rey de España. Igual que los habitantes de los países ocupados de Europa occidental tras las derrotas de 1940 tuvieron que decidir si colaboraban con el Nuevo Orden de Hitler, los españoles tuvieron que decidir si cooperaban o no con el intruso José. [...]

El 2 de mayo

Si bien los afrancesados se consideraban protectores de los intereses de España a largo plazo, los otros españoles, que Fraser llama patriotas, los veían como traidores al rey legítimo, Fernando VII, prisionero del «tirano Napoleón» en el castillo de Talleyrand. El 2 de mayo, los partidarios de Fernando, entre ellos las clases populares, se levantaron contra Murat. A medida que las noticias del levantamiento y su represión fueron alcanzando las capitales provinciales, los notables locales formaron Juntas, una especie de gobiernos provisionales que actuaban en nombre del ausente Fernando VII. [...]

La tarea de las Juntas consistió en organizar el esfuerzo bélico. En un principio se reunieron con cierto éxito. El ejército de la Junta de Sevilla derrotó y capturó a los inexpertos reclutas del ejército de Dupont en la batalla de Bailén (julio de 1808), produciendo en los españoles el espejismo de que podrían también derrotar a la Grande Armeé de Napoleón. Las heroicas defensas de Zaragoza [...] y de Gerona asombraron a Europa. [...] Pero hacia 1810 el ejército español había caído ante una serie de desastrosas derrotas a manos de los generales napoleónicos. [...]

Legado de la contienda fue la intervención directa de los generales en la vida política

En 1810 Soult, el general más victorioso de Napoleón, tras una fácil conquista de Andalucía, entró triunfalmente en Sevilla. [...] Pero no consiguió tomar Cádiz, donde la Junta Suprema, creada en 1808 por la unión de las juntas provinciales, convocó unas Cortes que debían representar a la nación soberana española. Una minoría de liberales radicales sacó adelante la Constitución de 1812, que iba a convertirse en el códice sagrado del liberalismo avanzado desde San Petersburgo hasta Nápoles. El texto limitaba fuertemente el poder del rey y la influencia de la Iglesia católica; abolía la Inquisición y la censura episcopal. Medidas tan drásticas encontraron la enconada oposición de los defensores conservadores de la monarquía tradicional y la Iglesia católica. Fraser sostiene que el legado de la Guerra de Independencia fue el subsiguiente conflicto entre liberales laicos urbanos y reaccionarios católicos rurales que iba a dividir España durante cien años. Cuando «el Deseado» Fernando VII fue puesto en libertad para regresar a España, percibiendo la fuerza de la enemiga conservadora al liberalismo en todas sus formas, abolió la Constitución de 1812 y restauró la Inquisición.

Último pronunciamiento

Un legado igualmente importante de la lucha contra Napoleón fue la intervención directa de los generales en la vida política. En todas las guerras, los generales tienden a tomar el poder y a decidir la política [...]. Pero con el advenimiento de la paz el poder civil se impone, los generales quizá sigan siendo influyentes pero los civiles dirigen la política. Esto no ocurrió en España tras la guerra de 1808: los generales, convertidos en jefes de partido, llevaron a cabo pronunciamientos y golpes de Estado para elevarse al poder. En 1936, un grupo relativamente pequeño de generales confabulados se sublevó para destruir el Gobierno de la II República. Sin este último pronunciamiento de la Historia de España, por acusada que fuera la tensión en la sociedad, nunca habría estallado la Guerra Civil de 1936. Durante cincuenta años he mantenido que esta intervención directa en la vida política comenzó con generales descontentos con el poder civil durante la Guerra de Independencia. [...]

La Constitución de 1812 fue códice sagrado del liberalismo de Rusia a Nápoles

Fraser dedica dos capítulos al «ejército invisible» de la guerrilla. [...] Los guerrilleros nunca ocuparon ciudades importantes y, como la Resistencia francesa en la II Guerra Mundial, no tenían posibilidad de expulsar a los ejércitos de ocupación de su país. Pero tampoco el ejército regular español. Wellington insistió en que aquello era labor de un gran ejército profesional, es decir, de su propio ejército británico. Y lo demostró, tras la batalla de Vitoria de junio de 1813, obligando a José y a los afrancesados a huir a Francia [...]. El desdén de Wellington por el esfuerzo bélico español quedó expresado en este aforismo: «No he sabido nunca que los españoles hicieran gran cosa, y mucho menos que lo hicieran bien». [...] Fraser enmienda el agravio otorgando su debida importancia a la resistencia popular española.

Para Fraser el padecimiento y los sacrificios del pueblo español en la Guerra de Independencia no les granjeó otra cosa que lo que Goya expresó con una sola palabra: «Nada». España misma, relegada como «Corte de segunda», no tomó parte en las deliberaciones en que los estadistas conservadores de las grandes potencias decidieron el orden político de la Europa post-napoleónica. [...] Es esta la obra de un historiador profesional, lo contrario del historiador pop. Como tal, exige mucho al lector. [Una] notable contribución a la Historia de España.