Los barceloneses volvieron a salir a la calle, a pesar de la lluvia, para celebrar el día de Sant Jordi
Los barceloneses volvieron a salir a la calle, a pesar de la lluvia, para celebrar el día de Sant Jordi - Inés Baucells

Los presos del «procés» se cuelan entre lo más vendido de Sant Jordi

Junqueras y Cuixart lideran la lista de los más vendidos en no ficción en catalán

Barcelona Actualizado: Guardar
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Se acercan las doce del mediodía, el reloj anuncia un cambio de turno y de ubicación que todo el mundo da por hecho que no se cumplirá y Juan Gómez-Jurado aparece de pronto al otro lado de la mesa, ahí donde se amontonan libros y lectores, para agilizar el ritual de saludo-firma-foto-saludo-firma-foto que llega con cada ejemplar de «Reina roja». «Escríbeme cuando lo acabes, el mail viene al final», añade el escritor antes de esfumarse por la Rambla y, alehop, aparecer como por arte de ensalmo en la siguiente caseta de firmas.

¿Magia? No, simplemente Sant Jordi, un día tan extraordinario que lo mismo da que amanezca lluvioso y que la campaña electoral ande causando estragos aquí y allá. «Me dan ganas de ponerme a escribir otro libro sólo para tener una excusa para volver», señala Pablo Carbonell mientras resume, casi sin querer, el espíritu de una jornada en la que autores y lectores renuevan votos y sellan alianzas de largo recorrido. «Fíjate que a mí me han puesto a un joven debutante al lado», bromea David Trueba mientras le arrea un metafórico codazo a su editor, ese debutante llamado Jorge Herralde que, a sus 83 años, se estrenaba en la parrilla de firmas con «Un día en la vida de un editor». «Vengo muy curtido ya; son muchos años viendo a mis autores», añade el editor para tratar de amortiguar el impacto de tan «exótica» premiere.

Horas antes casi todo el mundo hablaba aún del debate del lunes, y entrada la mañana, mientras los candidatos andaban estudiando cómo hacerse con el disputado voto de los indecisos, la huella política de Sant Jordi se hizo carne en las habituales carpas de partidos políticos -en la del PP, Cayetana Álvarez de Toledo incluso firmó ejemplares de la Constitución- y también en las listas de los más vendidos en no ficción en catalán, donde títulos como «Contes des de la presó» de Oriol Junqueras; «Tres dies a la presó», de Jordi Cuixart y Gemma Nierga; y «Esperança i llibertat», de Raül Romeva, venían a confirmar que, además de una especial querencia por los libros diseñados para la ocasión, Sant Jordi sigue teniendo sus propias normas. Y todo gracias a los políticos presos y también a «El fill de l’italià», de Rafel Nadal, y «Digues un desig» de Jordi Cabré, los más vendidos en ficción en catalán.

Tendencia invertida

De hecho, es el único día en que manda el libro en catalán y se invierte lo que durante el resto del año es una proporción de un 70% de libros vendidos en castellano y un 30% en catalán, lo que explica, en parte, que dos de los libros más vendidos en todo el país -«Una historia de España», de Pérez Reverte; y «Santiago Abascal. España vertebrada», de Sánchez Dragó- ni siquiera apareciesen en la lista los más vendidos facilitada por el Gremio de Libreros de Cataluña.

Incluso con el castellano Sant Jordi va por libre y cerró su podio de ficción con «Lo mejor de ir es volver», de Albert Espinosa;«Los asquerosos», de Santiago Lorenzo; «Todo lo que sucedió con Miranda Huff», de Javier Castillo;«Yo, Julia», de Santiago Posteguillo; y «Toda la verdad de mis mentiras», de Elísabet Benavent. Títulos que, sumados al éxito en no ficción de «Y ahí lo dejo» de Gonzalo Boye; y«El director», de David Jiménez, contribuyeron a animar una jornada con la que los editores esperaban igualar los 22 millones de euros facturados el año pasado.

A pie de calle y serpenteando entre casetas lo mismo se podía ver a Fernando Aramburu celebrando con una nueva ración de rúbricas los números de infarto de «Patria» -más de un millón de ejemplares vendidos y una treintena de traducciones- que constatar lo imparable de fenómenos al alza como los de la poetisa-novelista 2.0 Elvira Sastre, la cantante Rozalén o el casi pleno de cocineros que, de Jordi Cruz a Carme Ruscalleda pasando por los hermanos Roca o Torres, cambiaron los fogones por las librerías y, mejor aún, por los baños de masas.

Y es que, si a los partidos tradicionales se les ha acabado gastando el bipartidismo de tanto usarlo, a la milenaria pugna entre autores mediáticos y, ejem, literarios, le han nacido infinidad de ramificaciones en forma de youtubers, instagramers, cantantes con libro e incluso algún político despistado que, con la que está cayendo, se atrevió a sumarse a la fiesta con más voluntarismo que firmas.