El escritor francés Philippe Claudel, fotografiado en Madrid poco después de la entrevista
El escritor francés Philippe Claudel, fotografiado en Madrid poco después de la entrevista - ERNESTO AGUDO

Philippe Claudel: «Mi compromiso está en mis libros»

«El archipiélago del perro», su última novela, es una fábula con tintes de tragedia griega sobre el drama de la inmigración en una isla del Mediterráneo

MadridActualizado:

El mundo que habita Philippe Claudel (1962) es el mismo en el que todos vivimos, pero él lo hace de forma distinta. Lo hace usando su obra, literaria y cinematográfica, como espejo en el que nuestra sociedad se vea reflejada. A veces, como en el caso de su última novela – «El archipiélago del perro» (Salamandra), que estos días presenta en España–, ese reflejo no gusta, porque nos muestra lo peor a lo que podemos llegar los seres humanos, y porque es tan real que asusta. Los cadáveres de tres jóvenes negros aparecen, un lunes de septiembre, en la playa de una isla, aparentemente idílica. Un enclave mediterráneo que se aleja mucho de ser un paraíso, como demuestran las acciones que, entre sus habitantes, se desencadenan tras el hallazgo.

¿Por qué escogió la inmigración como tema central, como el gran asunto que atraviesa la novela?

Porque es uno de los grandes problemas contemporáneos al que la humanidad tiene que responder hoy, y tendrá que hacerlo más todavía mañana. La población mundial cada vez es mayor, pero el espacio común es el mismo y vamos a ver movimientos humanos que serán considerables por cuestiones económicas, ecológicas, de todo tipo. Si no estamos listos hoy, con estos pequeños movimientos, será peor en treinta o cuarenta años. Al escribir de estos temas, intento provocar diálogos con el lector y reflexiones.

Provoca diálogo con el lector, pero también despierta su conciencia, que últimamente parece un poco dormida.

Sí. El objetivo, efectivamente, es enfrentar al lector con temas que no siempre nos gusta abordar, porque es más fácil mirar hacia otro lado. Es más fácil pensar que estos dramas salen en la televisión o en un reportaje periodístico, pero no nos conciernen. Tenía ganas de implicar al lector, quería algo chocante que le atrapara.

¿Está Europa mirando para otro lado, están respondiendo nuestros político de manera adecuada al reto de la inmigración?

El problema es tal y como lo plantea. Teóricamente, hemos construido un lugar común, que es la UE, con un conjunto de reglas, leyes, acuerdos que explican que estamos en una especie de solidaridad entre los países. Pero lo que ha demostrado la crisis migratoria es que hemos dejado solos a los países que han sido los primeros en ser impactados por la llegada de inmigrantes, en concreto Italia. ¿Y cuál ha sido el resultado? Tal vez no sea la única razón, pero es una de las razones para explicar el ascenso de un Gobierno muy extremo.

Sí, de extrema derecha.

Sí, un Gobierno que, además, dice: no, lo paramos. Tendríamos que haber puesto en común nuestros medios, nuestras reflexiones… Italia, por razones geográficas, está en primera línea, pero todos los países europeos tenemos que ayudar a Italia. Por lo tanto, esta crisis migratoria revela esa especie de imposibilidad para conjugar ayudas en el seno de un espacio político común. Lo vemos cuando, por ejemplo, Angela Merkel dice que va a acoger a un millón de inmigrantes. Un acto que es, a la vez, político, económico y humanitario: Alemania es un país que envejece, y en veinte o treinta años hará falta una ayuda demográfica; también hay un acto humano, pero veremos cómo lo paga políticamente, porque ha sido muy criticada y ha provocado un aumento de los partidos extremistas. Incluso una buena decisión, una causa justa, provoca efectos negativos.

¿De dónde viene ese miedo al diferente, que en la novela se manifiesta en la reacción airada de los habitantes de la isla contra el Maestro, que no ha nacido allí?

En realidad, es bastante sencillo. Cuando todo va bien en un país, cuando la sociedad prospera, cuando la mayor parte de la gente tiene calidad de vida, cuando hay trabajo, los extranjeros no son un problema; al contrario, se les acoge. Pero basta con que pasemos del crecimiento a la recesión, que la calidad de vida baje y el desempleo aumente para que empecemos a buscar a los responsables. Y no los buscamos de forma inteligente, buscamos cabezas de turco, sobre todo porque algunas voces políticas, poco honradas y extremas, les apuntan: vienen a robarnos el pan, el trabajo, no son de aquí, no tienen el mismo color que nosotros, no tienen la misma lengua ni la misma religión. Es el fantasma de la posesión de la tierra, como si haber nacido en un lugar nos autorizara a poseer ese lugar. La tierra es un bien común, yo no soy más propietario de la tierra en la que he nacido que el que quiere venir y vivir.

Pero esas voces políticas irresponsables han sido elegidas por la ciudadanía. Algo de culpa tendremos…

Sí, los políticos que tenemos están hechos a nuestra imagen y semejanza, nos los merecemos. Aún así, hay un fenómeno bastante nuevo, que es la omnipresencia mediática, el hecho de que el político esté constantemente bajo el foco, delante de la cámara.

O escribiendo tuits.

Claro. Esta espectacularización de la vida política ha hecho que el político se convierta en un showman que interpreta su papel de forma histriónica, exagerando sus posiciones. Una cámara es como una lupa, aumenta los trazos, y como hoy el político está siempre delante de la cámara todo se ve agrandado, y él también se agranda. El tiempo tiende a los extremos, y eso es muy nuevo. Y es culpa de todos. Si hubiese una forma de decrecimiento mediático, ganaríamos en serenidad y en reflexión. Porque se da una paradoja: estamos muy informados, pero ¿para qué sirve? No tenemos ninguna interacción con lo que supuestamente conocemos. El hecho de saber, ¿me permite cambiar algo? No, nada. No hay interacción entre ese input de información y la acción. Si ser informado llevase a una toma de conciencia seguida de una acción… Pero no ocurre eso, y un ejemplo es la inmigración. La gente no ha salido a la calle para protestar, para pedir a los políticos que hagan algo.

Bueno, en Francia tienen a los chalecos amarillos.

Es representativo, una vez más, de la preocupación extremadamente francesa.

¿A qué se refiere?

Bastó con que apareciesen los chalecos amarillos para que en Francia ya no se hablase de inmigración. Ante la crisis migratoria, algunos escritores, no muchos, escribimos textos e intentamos acciones, pero no salieron 200.000 personas a la calle. La gente pasa.

Porque cuando no te atañe a ti, cuando consideras que el problema no te afecta, no pasas a la acción. Es reflejo del egoísmo, también.

Sí, efectivamente. De todas formas, hay miedos que son irracionales.

En la novela, ya al final, el narrador se pregunta si la vergüenza es lo que devuelve la humanidad a los seres humanos.

Sí, sí, sí, esto es una auténtica cuestión y no tengo la respuesta. Creo que si somos capaces de sentir vergüenza respecto a una acción que hemos hecho, eso prueba que todavía tenemos conciencia de que fue malvada. Así que podríamos decir que la vergüenza nos engancha con la humanidad. Toda la cuestión fundamental, en el libro y en la vida, es cómo seguir siendo humanos, qué hace que cada día, por mi forma de relacionarme con los demás, merezca el apelativo de humano, qué es ser humano.

¿Y qué es?

Pasa por pequeñas acciones, muy pequeñas. No siempre son tomas de posesión muy globales, ideológicas. Ser un ser humano es cruzarse con una persona en el pasillo del hotel y decir buenos días. Son pequeñas cosas que explican que el principio de vivir en sociedad es estar juntos, no lado a lado.

Pero hoy no dialogamos, hemos perdido esa capacidad.

Sí, y sin embargo hay una auténtica necesidad de diálogo, lo vemos cuando se hace un encuentro sobre un libro o un debate.

Incluso político.

Pero para hablar hay que escucharse, y el problema es que nuestros representantes políticos nos han demostrado que cuando celebran debates no se escuchan, son siempre dos bloques ideológicos. Es estúpido, no se puede dialogar así.

No sé si usted es creyente, pero en la novela hay un momento en el que el Cura escandaliza a sus feligreses con un sermón en el que dice que Dios se ha acogido a la prejubilación. ¿Está Dios en cese progresivo de actividad y la culpa es nuestra?

Lo hemos mandado nosotros a la jubilación. Cuando yo era niño, iba a misa y la iglesia de mi ciudad estaba llena. Y cuando hoy voy, de vez en cuando, prácticamente está vacía, hay unas decenas de personas. Por lo tanto, la religión tradicional católica se ha derrumbado.

¿Por qué?

Tal vez el ser humano necesitó a Dios durante un tiempo, pero ahora se considera mayor. Pero se equivoca, porque el ser humano es una criatura muy frágil y en momentos de gran sufrimiento muchos de nosotros necesitamos sentir un poder superior, algo que nos sobrepasa, una suerte de trascendencia, una forma de espiritualidad que da consuelo, apoyo, perdón.

Hemos hablado de la responsabilidad que en todo lo que está sucediendo tienen los políticos y de la que tenemos los ciudadanos. Usted, que siempre ha preservado su independencia artística y crítica, ¿cómo valora la figura del intelectual?

De entrada, la palabra intelectual en Francia es una cajón de sastre. Hay tantas cosas dentro que ya no sabemos muy bien qué es un intelectual en Francia.

Con la tradición que tienen...

Sí, claro. En estos últimos años, el intelectual ha desaparecido progresivamente de los debates en Francia. Durante años, el intelectual estuvo siempre en primera línea, tomaba la palabra pública, aunque a veces dijese tonterías. ¿Cómo se puede admirar todavía a Sartre, que apoyó a regímenes bárbaros, al comunismo en todo su horror? ¿Cómo hubo intelectuales franceses que pudieron apoyar a Pol Pot o a Castro? Muchos se equivocaron. Curiosamente, se perdona siempre a los intelectuales que han admirado a líderes comunistas, pero se fusila a los que han admirado a líderes fascistas. Algo no cuadra. En un momento dado, los intelectuales estuvieron demasiado presentes, tal vez, y ahora hay una especie de retracción. Además, la palabra política ya no se alimenta de la reflexión de los intelectuales. Ha habido una ruptura, lo que alimenta ahora lo político son los comunicadores, los publicistas, la gente del espectáculo, que se han convertido en los principales proveedores, no ya de ideas, sino de apariencia. Sé que voluntariamente no hablo políticamente, no voy a las tribunas, no hago peticiones. Considero que mi compromiso está en mis libros, y son libros-compromiso, en el sentido de que estimulan una reflexión en el lector. Hacer tribunas, peticiones… hay tantas que creo que ya no sirve para nada. Finalmente, ¿un novelista qué sabe hacer? Escribir ¿Y un cineasta? Rodar. Por lo tanto, leamos sus libros y veamos sus películas para ver qué tienen que decir.

Para terminar, me gustan mucho las analogías que siempre ha encontrado entre la montaña y la escritura. ¿Son el montañero y el escritor conquistadores de lo inútil, como rezaba el título de aquel libro de Lionel Terray?

Es un título magnífico. Sí, creo que sí. Puede parecer inútil subir montañas o escribir libros y, al mismo tiempo, son actos humanos que nos unen al mundo, un mundo físico, interior, que nos unen a los demás, también. Hay algo que me gusta en la montaña, y es que cuando uno escala va a lo desconocido, estás en un terreno inmenso, que te sobrepasa, eres muy pequeño, y en la escritura es igual. Con nuestras sencillas herramientas, que son las palabras, intentamos encontrar una vía en este territorio muy basto que es la humanidad, y trazamos una vía, como podemos hacer en la montaña, incluso tomando riesgos. No son riesgos mortales, no podemos despeñarnos, pero nos arriesgamos a nos ser escuchados.

O a ser malentendidos.

Sí, por supuesto.

Pero merece la pena.

Desde luego, lo creo realmente.