El Kafka menos kafkiano
ABC El delgado escritor en una imagen de juventud

El Kafka menos kafkiano

SERGI DORIA | BARCELONA
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Miércoles 3 de junio de 1924. Franz Kafka expira en el sanatorio de Kierling, cerca de Viena, minado por la tuberculosis. Con 41 años deja media docena de títulos: «Contemplación», «La condena», «El fogonero», «La transformación», «En la colonia penitenciaria» y «Un médico rural». La necrológica de Félix Weltsch, gran conocedor de su obra junto a Max Brod, subraya su perfección literaria: «Su lenguaje es puro y consecuente. Su estilo, ritmo y melodía. Y ese casamiento asombroso entre lógica y música constituye la magia de su escritura».

Lengua alemana y alma judía. Conocemos a Gregor Samsa pero... ¿Quién era Kafka? El director de sus obras completas, Hans-Gerd Koch, ha recopilado en «Cuando Kafka vino hacia mí...» (Acantilado) testimonios de amigos, parientes, y compañeros de clase. Frente al estereotipado universo «kafkiano» del absurdo y las burocracias, voces que humanizan: «Contradiciéndose, completándose o corrigiéndose entre sí, todos ellos pueden en última instancia contribuir a completar un retrato cada vez más cercano a la realidad, de acuerdo con las palabras de Kafka, según las cuales sólo en el coro hay cierta verdad».

El artista adolescente va pulcramente vestido: es alto y tímido. El doctor Hugo Hecht compartió la educación primaria cuando Kafka vivía con su familia en el 2 de Altstädter Ring. Saca buenas notas, excepto en matemáticas y música. La criada, Anna Puozarová, escucha su voz tranquila y suave: «Solía vestir trajes oscuros y a veces llevaba un sombrero negro, redondo. Nunca lo ví excitado, ni le oí reírse fuertemente...» El escritor Willy Haas lo conoció a través de Brod. A Kafka no le gusta Balzac y lo parodia con gracia. Alois Gütling comparte con él monotonías de oficinista en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo.

En el desayuno, Kafka pasa con un panecillo de mantequilla: «Era vegetariano y por entonces no comía nada de carne. Cuando ya en los últimos años de su estancia en Praga se manifestaron algunos de los síntomas de su enfermedad, a menudo le aconsejamos que hiciera una dieta de carne para fortalecerse, pero sin éxito». Otro compañero retrata al abogado que disimula su faceta de escritor: «En su entorno producía el efecto de un Don Quijote... Sus ojos brillaban y ardían». La amiga de su hermana, Alice Sommer, destaca su sentido del humor: «Con sus ojos le miraba a uno el alma. Y te sentías cautivado por su sonrisa».

Dora Diamant, hasta el final

Un Kafka con pulmones cavernosos y voz ronca conoce a Dora Diamant el verano del 23, en el campamento del Hogar del Pueblo Judío, a orillas del Báltico. Ella le acompañará hasta el último aliento. El mundo que les rodea está ya dando sentido a una obra: «Le parecía que los hombres no se atrevían a llamar a las cosas por su nombre y que trataban de ocultar toda la tragedia de la vida recurriendo a eufemismos».

En el parque Steglitz berlinés, Dora y Franz se topan con una niña que llora porque ha perdido su muñeca. Kafka le explica que la muñeca sólo está de viaje porque se lo ha dicho por carta... En días sucesivos, redacta misivas en las que la muñeca cuenta a la pequeña que necesitaba cambiar de aires. Felicidad y ficción, por entregas. Después de tres semanas de cartas escritas con detalle y cariño, el juego debe finalizar y Kafka decide que la muñeca se ha casado: «Franz había resuelto el pequeño conflicto de la niña a través del arte, gracias al medio más efectivo del que él personalmente disponía para ordenar el mundo», apunta Dora.

La niña se quedó tranquila y Franz se dispuso a dejar el mundo discretamente. En el lecho de muerte, Dora le llevó las últimas flores. El escritor moribundo hizo el gesto de olerlas. La enfermera recordó siempre aquellos ojos «elocuentes cuando él ya no pudo hablar».