La escritora Jennifer Egan, fotografiada en el astillero de Brooklyn (Nueva York)
La escritora Jennifer Egan, fotografiada en el astillero de Brooklyn (Nueva York) - ABC

Jennifer Egan: «Con las redes sociales, cada vez es más difícil conseguir que la gente lea»

Siete años después de ganar el Pulitzer, la escritora estadounidense regresa a la ficción con «Manhattan Beach», una historia ambientada en el Nueva York de la Segunda Guerra Mundial

Enviada especial a Nueva YorkActualizado:

Pese a que es enero, y el paisaje debería estar cubierto por el blanco manto de la nieve, la lluvia arrecia en Brooklyn. Las rachas de viento, que se cuelan entre las grandes avenidas del distrito neoyorquino, han dejado un reguero de paraguas volteados, ya sin dueños, en el camino. Jennifer Egan (Chicago, 1962) vive en una de las típicas «brownstone houses», con sus empinadas escaleras. Allí recibe a ABC, disculpándose «por este tiempo tan horrible», que ella achaca al «cambio climático». Hace años, la escritora y su marido, el director teatral David Herskovits, abandonaron el bullicioso Manhattan por el bien de sus dos hijos.

Aunque tardía (tuvo al primero a los 38 años), Egan ha sido, y es, una madre entregada, capaz de lograr ese difícil equilibrio entre vida personal y universo literario. En la cocina, donde transcurre nuestra conversación, aún hay restos de la tarta que hizo para el cumpleaños de uno de sus hijos la semana anterior. El lógico desorden que se percibe contrasta con la lucidez con la que Egan describe y afronta su oficio. Con 18 años, en un viaje de «mochilera» por Europa, descubrió, presa del «aislamiento», que, por encima de todo, quería ser escritora. Y escribir –a mano, cuando se trata de ficción, en el ordenador, si es periodismo– es lo que lleva haciendo desde entonces.

Una decisión acertada, a juzgar por su trayectoria, que en 2011 se vio refrendada por el Pulitzer y que ahora retoma con «Manhattan Beach» ( Salamandra), novela con la que volvió a ponerse «en forma», tras años de sequía literaria. La historia, que podríamos calificar de novela histórica, aunque a Egan no le gustan las categorías, transcurre en el Nueva York de la Segunda Guerra Mundial. Anna Kerrigan –nótese el paralelismo con la Karenina de Tolstói–, su protagonista, fue una de las muchas mujeres que desempeñaron trabajos en teoría reservados a los hombres –en este caso, en el astillero de Brooklyn– al estallar la contienda. Y, de fondo, los entresijos de la mafia, con crimen incluido.

No sé si calificarla de novela feminista, pero está claro que refleja la evolución de los derechos de las mujeres.

Al principio, a las mujeres no les dejaban entrar en los astilleros, porque temían que los hombres no se pudiesen controlar en espacios tan pequeños. Me parecía de risa, pero llegó el #MeToo y me di cuenta de que aún es un problema, siguen sin poder controlarse. Es escandaloso.

Casi un siglo después...

Lo sé, es una locura. Por eso, no me senté y pensé: «voy a escribir una novela feminista», pero soy feminista.

¿Qué mujer puede no serlo?

No tengo ni idea. Cuando alguna mujer dice que no lo es, pienso: «¿Qué estás diciendo? ¿Por qué quieres ser una esclava?». En el siglo XIX, era imposible imaginarse a una mujer sin relacionarla con un hombre y a eso vuelves cuando dejas el feminismo. ¿Por qué lo haría alguien? No lo entiendo.

A juzgar por la trama, aunque sin hacer «spoilers», estoy segura de que le encanta la literatura policiaca.

¡Sí! El crimen me fascina, y en parte es porque mi abuelo era policía en Chicago. Mi padre era de una familia de origen irlandés con todos los estereotipos: alcoholismo, represión... Siempre me interesa el punto de vista opuesto al mío. No me interesan el bien y el mal, eso es aburrido. Hay malas personas, pero muy pocas. La mayoría los son por una razón y desde el punto de vista de alguien.

En el Nueva York de aquellos años había muchas diferencias étnicas, pero no sé si ahora tenemos más prejuicios.

Es interesante. Una de mis principales fuentes para la novela fue Alfred Leslie, un artista que sigue trabajando a sus 91 años. Me resultó muy útil, porque tiene una memoria increíble. Es judío y en una de nuestras conversaciones me dijo que la gente tenía menos prejuicios antes porque estaba claro quién era qué. Esa sinceridad aliviaba las tensiones de las diferencias que existen hoy. Pero no estoy segura de estar de acuerdo.

Acabo de terminar el libro de Ta-Nehisi Coates «Entre el mundo y yo» y estoy de acuerdo con él en que ser blanco es una mera construcción.

Estoy totalmente de acuerdo con él. Todo es un constructo. La idea de ser blanco o negro está cargada de conceptos como el bien y el mal, que proceden del cristianismo y no son útiles para nosotros. Tenemos que superarlo.

Me temo que vivimos un momento especialmente difícil para eso.

Es verdad. Al escribir el libro, me sorprendió descubrir que en la marina mercante de la época había un ambiente muy progresista. Y ahora...

Estando como está la realidad, ¿resulta más difícil escribir ficción?

Sí. Aunque aún creo que hay oportunidades. Es más difícil escribir sátira y que lo siga siendo en Estados Unidos, porque parece que dentro de poco va a convertirse en la realidad.

Hay días en los que lees la prensa y simplemente no te lo puedes creer.

¿En qué piensa concretamente?

Bueno, en Donald Trump, por ejemplo.

No hay nada extraño en él. Lo único raro es que fuese elegido. Es el clásico gánster. Viene de un mundo donde el poder significa fuerza física y la ejerce. ¿Fue elegido legalmente, siquiera?

¿Usted cree que no lo fue?

Si colaboró con los rusos para influir en las elecciones, no es una presidencia legítima. Pero digamos que fue elegido democráticamente. Es un personaje muy estadounidense. Lo único extraño es ver a alguien así dirigir un Gobierno. No está cualificado para el puesto.

¿Logrará un segundo mandato?

No me lo puedo imaginar. Pero tampoco me podía imaginar que resultase elegido. No confío en mi imaginación.

Llevaba siete años sin publicar una novela, desde que logró el Pulitzer. Me imagino que un premio así marca, para bien y para mal.

Sólo es malo si se te mete en la cabeza y hace que te sea difícil hacer un buen trabajo. Mientras escribía «Manhattan Beach», a veces me asustaba, pensaba que estaba escribiendo un libro horrible.

¿De verdad pensaba eso?

Sí, todos los días, durante año y medio. Mi conclusión fue que si no podía soportar la presión, estaba acabada y ya no tenía más libros que escribir. Una vez superado ese momento, es bonito.

En «Why We Write» (Por qué escribimos) asegura que «la atención y la aprobación» que recibió por «El tiempo es un canalla» es «lo contrario del placer privado de leer, y es peligroso».

Es peligroso, porque no debes sentir apego por ello. Pero la madurez, los años, me han ayudado. Para los jóvenes que se hacen famosos rápido es muy difícil, porque creen que lo que hagan en el futuro va a gustar a todo el mundo. Pero los premios no funcionan así. Hay que tener mucha suerte para que todo el mundo piense que tu libro es el mejor. Pero, ¿quién sabe eso a los veinte años? No lo sabes, crees que la vida durará siempre. Con el éxito, llegan nuevos retos, pero si empiezas a quejarte es poco atractivo, son problemas de «clase alta» (ríe).

Eso tiene mucho que ver con la sociedad en la que vivimos, que es puro marketing de nosotros mismos. Los jóvenes lo padecen más, sobre todo a través de las redes sociales.

¡Lo odio!

¿Tiene Twitter?

Sí, lo uso, pero lo odio. No estoy cómoda escribiendo tuits, no me parece natural. Las redes sociales fomentan lo peor de nosotros mismos, nuestra obsesión por lo visual, nuestra venta como objetos, especialmente en las mujeres. Es un desastre, quedamos tan atrapados en nuestro mundo que olvidamos las cosas importantes que nos rodean. La vida siempre existe a dos niveles: tenemos que atender a la gente de nuestro pequeño mundo, pero también pensar en el bien general, en el mundo más amplio, que está en crisis. Las redes fomentan esa cortedad de miras que funciona en contra de la cultura general. Y hay otro peligro, que es la ilusión de importancia épica. El problema es que es muy difícil resistirse, actúa sobre nosotros de una manera muy profunda.

¿Por qué es tan difícil resistirse?

Tener 10.000 millones de retuits genera la ilusión de ser importante, pero desaparece al minuto siguiente, es una mentira. Ni mis hijos, que no se han criado con eso, pueden evitarlo. Y el problema es que harán eso en vez de leer un libro. ¿Pero qué tipo de pensamiento estamos fomentando? ¡Dios mío! Así es como los rusos influyen en las elecciones, se aprovechan de esa ingenuidad...

Espero que la literatura ayude...

Sé que ayuda, pero con las redes cada vez es más difícil conseguir que la gente lea. Por eso me siento bien ahora, que he empezado a dar clases en la Universidad de Pensilvania. En este momento, enseñar es muy importante. Aunque tengo que decir que hay muchos peligros, pero también cosas buenas. Tendemos a centrarnos en lo negativo, pero en 1930 nadie tenía antibióticos. Hoy tenemos el lujo de quejarnos.

Y lo hacemos constantemente.

Por eso quiero ser cuidadosa, ver la situación en general. En lo que deberíamos pensar cada minuto es en el cambio climático.

Uf, hemos perdido el control.

¡Totalmente! Pero tenemos que controlar los daños y solucionarlo. Tenemos que hacerlo.

No sé si a los políticos que ahora están reunidos en Davos les preocupa mucho….

Porque sólo piensan en su pequeño mundo, en cómo conservar el poder, incluso a costa de sus hijos y nietos. Es un jarro de agua fría para mi entusiasmo.