Juan Ramón Jiménez, fotografiado por Juan Guerrero en 1931
Juan Ramón Jiménez, fotografiado por Juan Guerrero en 1931 - ABC

El genio inagotable de Juan Ramón Jiménez

Se publica «El silencio es oro», el libro que pensó hace más de un siglo, con 83 poemas, 36 de ellos inéditos

MadridActualizado:

Juan Ramón Jiménez no tiene limite. Su obra es una fuente de belleza que no se agota y ahora, entre otros proyectos, se publica «El silencio es oro», el libro que pensó hace más de un siglo, con 83 poemas, 36 de ellos inéditos, escrito en su retiro de Moguer (Huelva) en 1912, que marcó el camino hacia su poesía desnuda.

«Sí, silencio. Tan solo silencio. Que se callen/ Que dejen a mi espíritu nadar en lo insondable...», escribe el poeta en «El silencio es oro», publicado por Linteo. Un libro que deja ver cómo el poeta, tras su paso por Madrid, «donde no tuvo muy buenas experiencias», se retira a su pueblo de Moguer en 1911, «deja toda la influencia del Modernismo y la literatura francesa y se acerca hacia un camino de más sencillez», comenta Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta y heredera del premio nobel.

«Hay gente que cree que Juan Ramón comienza a cambiar con "Diario de un poeta recién casado" (1916), pero es porque no se conocían estos libros que han ido saliendo después en Linteo, como "La frente pensativa", más metafísico y místico, o "Libros de amor"», precisa Hernández-Pinzón.

Juan Ramón Jiménez (1881-1958) escribió este libro en la misma época que «Platero y yo», y como muchas de sus otras obras nunca fue publicada al completo, aunque con esta lo intentó. Pero es ahora cuando sale a luz, y en ella se sumerge en una atmósfera de soledad física y espiritual.

Sin adjetivos sobrantes

Así, sin adjetivos sobrantes, Juan Ramón pone la mirada en el recuerdo: «El silencio es para mí una atmósfera absolutamente necesaria par respirar como el aire», escribe el poeta en la entrada del prólogo del libro, escrito por José Antonio Expósito, encargado de la edición del volumen, de la introducción y las notas. «No podía con los tapones de caucho, porque no me basta con no oír el ruido, sino que necesito oír el silencio», confesó el poeta de Moguer en una nota, como recuerda Expósito.

«En definitiva, Juan Ramón Jiménez, asediado por los ruidos sociales, políticos, urbanos o vecinales, alcanzó en soledad una palabra desnuda, misteriosa y esencial que le permitió apresar una vida en verso... La de Machado fue una bondad desmigada en humanismo; la de JRJ una limpia ética-estética forjada en una eternidad diaria. Murieron exiliados, pero no enmudecieron. El resto es ya solo silencio», escribe el editor.