Vista de la Casa Ipatiev, donde fue fusilado el Zar Nicolás II y su familia
Vista de la Casa Ipatiev, donde fue fusilado el Zar Nicolás II y su familia - ABC

Crónica familiar del brutal asesinato comunista del último Zar

Páginas de Espuma ha recopilado y dado sentido a las cartas, telegramas, diarios y documentos oficiales que los distintos miembros de la familia dejaron escritos en los meses que transcurrieron entre la abdicación de Nicolás II y los sucesivos encierros (hasta tres) de los Zares y sus cinco hijos

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«Es muy difícil aguantarlo», se queja en su diario el último Zar. El final de los Románov, la dinastía que dio forma a Rusia durante 300 años, tuvo poco de heroicidad o de poesía. Los días que condujeron al brutal asesinato de Nicolás II, de su esposa y de sus hijos fueron una crónica de angustia y miseria protagonizada por una familia que se sintió abandonada por todo un país. Así lo revelan los textos de su último año de vida recopilados en el libro «Románov: Correspondencia y memoria de una familia», editado por Páginas de Espuma.

«La relación con los guardias también ha cambiado en las últimas semanas: ¡los carceleros intentan no hablar como si sintieran algo de preocupación o precaución! ¡No entiendo nada!», escribió un confuso Nicolás II el 28 de mayo de 1918, cuando faltaba poco más de un mes para que un grupo de soldados condujeran al Zar y a su familia hasta el sótano de la Casa Ipátiev para fusilarlos. El comisario del Sóviet de los Urales, Yákov Yurovski, al frente de nueve hombres, cumpliría estrictamente la orden de Lenin de hacer desaparecer sus cuerpos con ácido y enterrarlos en secreto a varios kilómetros.

Una novela epistolar

Páginas de Espuma ha recopilado y dado sentido a las cartas, telegramas, diarios y documentos oficiales que los distintos miembros de la familia dejaron escritos en los meses que transcurrieron entre la abdicación de Nicolás II, tras la cual pensaba retirarse a Crimea, y los sucesivos encierros (hasta tres) de los Zares y sus cinco hijos. Meses de incomprensión, temor, confesión y de un esfuerzo por fingir normalidad cuando ya nada era normal en sus vidas. El resultado es una suerte de novela epistolar. Un libro que, advierte su editor, Juan Casamayor, «no existía ni siquiera en ruso».

Los protagonistas de la tragedia rusa por antonomasia son Nicolás II, que accedió en 1894 al trono sin apenas preparación y acabó ganándose el apodo de el Cruento por su torpeza apagando el fuego de la revolución; la Zarina Alejandra Fiódorovna, cuyo origen alemán nunca agradó al pueblo; y sus cinco hijos, entre ellos el frágil Alekséi, enfermo de hemofilia.

Las cartas revelan que la salud de sus hijos y el destino de otros familiares ocupaban la cabeza del Zar durante su reclusión por encima de las consideraciones políticas. «María y yo estuvimos leyendo “Guerra y paz”, luego jugamos al backgammon. Paseamos una hora. Todavía no sabemos dónde están nuestros hijos, ¿cuándo llegan? ¡Una incertidumbre aburrida!», anotó el 8 de mayo el Monarca, que se dirige a su esposa como « Solecito mío» y ella a él como «mi amado, mi tesoro».

El cautiverio devino en sopor algunos días. La familia imperial se dedicaba a hacer casi lo mismo que el día anterior: leer, dar clases de francés, ir a misa, cortar leña… «El contexto histórico ya es muy conocido. Al lector lo que le va a sorprender es el valor personal que se respira desde dentro, la radiografía de unos padres que reaccionan con humanidad hacia unos hechos adversos», explica el editor.

Traición y cobardía

Los textos muestran al final un estilo alterado, codificado, abrupto en ocasiones: « ¡Traición, cobardía y engaño por todas partes!», acostumbra el Zar a despedirse en algunas de sus cartas. La impotencia escrita de alguien que desconocía lo que iba a ocurrir con las vidas de sus hijos, y que, así lo recogían las cartas, vio cómo en pocos meses empeoraban las condiciones de su encierro: primero en Tsárskoye Seló (San Petersburgo) y Tobolsk (Siberia) y, más tarde, en Ekaterimburgo, prácticamente una prisión. Allí el bochorno del verano era insoportable por la prohibición de abrir las ventanas, cuyos cristales fueron tintados para cubrirlos de oscuridad. Incluso se levantaron empalizadas de varios metros en el recinto para ahuyentar cualquier visita.

A pesar de todo, ningún documento evidencia que el Zar temiera un desenlace tan salvaje. «Estaba preocupado por el día a día, pero no era consciente de que lo iban a matar, lo cual habla de la separación que había entre una dinastía que vivía de espaldas a su pueblo y la realidad de lo que estaba ocurriendo», añade Casamayor.

Nicolás II no supo leer su tiempo, ni entendió la gravedad de una revolución que no surgió de la nada. En 1881, Alejandro II, abuelo de Nicolás, había sido asesinado tras varios intentos previos y, en 1905, se había producido una ola de agitación sin precedentes contra el régimen zarista. De ahí hubo un camino muy corto hacia la revolución que terminó con la abdicación del Zar, en 1917, y la posterior guerra civil. «El Zar sufría viendo que su renuncia resultó inútil y que él, movido por el bienestar de su patria, en realidad le dio un tiro de gracia. Esa idea empezó a perseguirlo hasta convertirse en la causa de grandes remordimientos», opina en su diario Pierre Gilliard, profesor suizo de los niños.

Precisamente fue el miedo del Ejército bolchevique a la llegada de tropas monárquicas a Ekaterimburgo lo que precipitó el asesinato. Los últimos escritos de los protagonistas permiten reconstruir un diálogo angustioso en el estrecho sótano (cinco metros por seis metros) donde se ahogaron tres siglos de historia Romanov:

-Alejandra Fiódorovna: ¿Cómo, no hay ninguna silla? ¿Ni siquiera podemos sentarnos?

-El comisario: Nikolái Aleksándrovich, en vista de que tus parientes continúan con su ataque al Sóviet, el Comité Ejecutivo de los Urales ha decidido tu ejecución y la de tu familia.

-Nicolás II: ¿Qué? ¿Qué?...

Ocho días después del asesinato, el Ejército blanco llegó a Ekaterimburgo e inició una investigación para saber qué había ocurrido con la familia imperial. Lenin ocultó su muerte y difundió rumores contradictorios que apuntaban a una fuga. De aquella confusión surgirían impostoras que se hicieron pasar por la princesa Anastasia y la noticia falsa de que habían logrado llegar a Londres. «Dios atiende mis oraciones por mi pobre y querido Nicky, por su familia y por Misha del que nada sé. ¡No se sabe ni dónde está!», se lamentó la madre del Zar por la falta de información.

Avanzado el verano, ABC daba así la noticia definitiva del asesinato: «Por tercera o cuarta vez en el breve espacio de unas cuantas semanas, las Agencias de información telegráficas volvieron a acoger el rumor de que el ex Zar Nicolás de Rusia ha sido asesinado. Como hasta ahora todos estos rumores fueron siempre seguidos de una rectificación absoluta, nos abstuvimos a recogerlos hasta que tuviesen confirmación oficial o, por lo menos, garantía de exactitud. Los despachos de hoy insisten en que la noticia es cierta». Aún hubo que esperar casi un siglo para que los cadáveres de la familia pudieron contar su historia a través de un análisis forense moderno y recibir sepultura cristiana en la catedral de San Petersburgo.