El autor y su personaje

Alomogávares, hombres de frontera

En su novela «El mercenario de Granada», el escritor aborda la conquista del reino nazarí

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Mi novela «El mercenario de Granada» está ambientada durante la conquista del reino nazarí de Granada por los Reyes Católicos que remató la lucha de ocho siglos por recuperar la península ibérica invadida en el 711 por el islam. En este trabajo, examinaremos la guerra fronteriza que constituye el trasfondo de la narración.

Moros y cristianos contaban con guerreros profesionales, los almogávares (sin relación alguna con los homónimos aragoneses) que habían hecho un modo de vida de ese conflicto latente. Esta guerra de baja intensidad o guerra «a hurto» no comportaba ruptura de treguas. El cronista Alfonso de Palencia, en su «Guerra de Granada», cuenta: «A moros y cristianos de esta región, por inveteradas leyes de guerra, les es permitido tomar represalias de cualquier violencia cometida por el contrario, siempre que los adalides no ostenten insignias bélicas (estandartes y banderas), que no se convoque a la hueste a son de trompeta y que no se armen tiendas, sino que todo se haga tumultuaria y repentinamente».

Algarada

La guerra a hurto se manifestaba en la algarada o cabalgada, una expedición de saqueo y castigo que solía practicarse en primavera u otoño, con unas docenas de almogávares que penetraban en territorio enemigo, saqueaban un lugar determinado y regresaban a su lado de la frontera antes de que el adversario intentara cortarles el paso (a esa acción se llamaba «atajar»).

El recuerdo de las algaradas dejó su impronta en el romancero:

Caballeros de Moclín/ peones de Colomera]

entrado habían en acuerdo/ en su consejada negra]

a los campos de Alcalá /donde irían a hacer presa,]

allá la van a hacer /a esos molinos de Huelma...]

Los cristianos también algareaban, como atestigua otro romance:

Día era de San Antón/ ese santo señalado]

cuando salen de Jaén/ cuatrocientos hijosdalgo]

y de Úbeda y Baeza/ se salían otros tantos]

mozos deseosos de honra/ y los más enamorados]

en brazos de sus amigas/ van todos juramentados]

de no volver a Jaén/ sin dar moro en aguinaldo]

Aquella guerra intermitente, con sus menudos lances, trabajos y cuidados, se describe en una carta de la frontera de Granada fechada en 1409: «Los moros son astutos en la guerra y diligentes en ella. Conocen en qué momento y lugar se debe poner la guarda, dónde conviene el escucha, a dónde es necesario el atalaya, por dónde se hará el atajo más seguro. Descubre al espía; sabe espiar. Sabe interpretar si una polvareda es de infantería o de caballería o de ganado y la distingue del simple torbellino levantado por el viento. Sabe diferenciar el humo de carboneros de la ahumada de señales y el fuego de la almenara con que dan alarma los atalayas, de la simple candela de los pastores. Sabe distinguir el ataque de distracción del verdadero. Sabe seguir un rastro y deducir qué gente lo deja y, cuando se confunde, cuál hay que seguir. Sabe encontrar los vados y arreglarlos o estropearlos según convenga. Y guía a la hueste y le busca pastos y aguas y lugares convenientes para montar el campamento».

Los reyes cristianos concedían ventajas fiscales a la gente que repoblaba las tierras arrebatadas al moro, aunque la contrapartida era defenderlas y defenderse de las incursiones enemigas. Algunos pobladores de humilde condición podían ascender a caballeros de cuantía si eran capaces de costear el caballo y las armas del caballero. Incluso existía la categoría de caballero encabalgado, cuando un simple peón descabalgaba a un jinete moro, le arrebataba la montura y aceptaba la vida y las obligaciones de un caballero (incluida la más gravosa que era mantener al caballo).

La frontera era así de brutal, en un lado o en otro, y sin embargo esa crueldad era compatible, a veces, con sentimientos de admiración recíproca y con conductas caballerescas. Esta cortesía ocasional nacía en medio de la natural desconfianza porque el moro se presenta siempre como alevoso y traidor. Uno de los cristianos sitiados en Priego en 1409 escribe: «Los moros son de tal condición que no cumplen nada de lo que prometen».

Buenos vecinos

Junto con esa imagen negativa también surge a veces la del moro como buen vecino. En la Navidad de 1462, en tiempo de treguas, el condestable Iranzo recibe en Jaén, con gran cortesía y ceremonia, a su nominal enemigo, el alcaide moro de Cambil, y organiza en su honor fiestas y juegos. Eso no impide que unos meses después intente arrebatarle la fortaleza.

La difícil coexistencia fronteriza alumbró espontáneamente una serie de interesantes instituciones. El alcalde de moros y cristianos era un hombre de reconocido prestigio en su comunidad, musulmana o cristiana, cuyo trabajo consistía en hacer las paces con los alcaldes del otro lado, fijar las lindes en caso de conflicto, repartir los pastos y la leña de la tierra de nadie, devolver a su dueño los ganados extraviados y, en general, cuidar que hubiera paz y que ningún vecino hiciera daño a otro del lado opuesto de la frontera.

Robo transfronterizo

Los almogávares que vivían del robo transfronterizo alteraban con cierta frecuencia la paz. Cuando ocurría algún robo de reses o secuestro de personas para venderlas como esclavos se recurría primero al fiel del rastro, un perito rastreador capaz de seguir sobre el terreno las huellas de cuatreros y reses, hasta indicar el destino final de las presas. Supongamos que una patrulla de almogávares moros ha entrado en los términos de La Guardia y se ha llevado nueve vacas y al pastorcillo que las cuidaba. El rastreador del pueblo sigue el rastro hasta los límites del pueblo vecino, Pegalajar, y allí le traspasa el rastro a los fieles del rastro de aquel concejo que, a su vez, lo siguen hasta las lindes del siguiente. Así se va siguiendo el rastro hasta que se pierde dentro de tierra de moros.

Entonces interviene el alcalde de moros y cristianos de la zona que traspasa el rastro al fiel del rastro moro recomendado por su colega de la otra zona. Cuando se averigua el paradero de lo robado el asunto se pone en manos de un alfaqueque o mediador, un hombre, a menudo judío, que tiene permiso del rey y del sultán para pasar la frontera a fin de anudar tratos entre los dos lados, favorecer el comercio, acompañar viajeros y escoltar a los frailes que acuden a rescatar cautivos. Cuando los de un lado roban ganado o personas, el alfaqueque trata con las personas que tienen lo robado y procura rescatarlo mediante indemnización.

La vida de la frontera era dura, aunque las instituciones descritas la hacían más llevadera. De uno y otra parte había hombres de guerra que aceptaban la muerte militar como un mero accidente de la vida. En esa conformidad el caballero Pero Afán de Ribera, le comunica a su señor la muerte de su hijo Rodrigo, en el cerco de Setenil, el año 1407: Señor, a esto somos acá todos venidos, a morir por serviçio de Dios, e del rey e vuestro. E la fruta de la guerra es morir en ella los fidalgos. E Rodrigo, si murió, murió bien en servicio de Dios e del rey mi señor e vuestro. E pues él avía de morir, no podía él mejor morir que aquí.