Juan Ramón Jiménez con algunos miembros de la Generación del 45. Ida Vitale, sentada delante del poeta, en el centro; en el extremo derecho, su primer marido y padre de sus dos hijos, Ángel Ramar
Juan Ramón Jiménez con algunos miembros de la Generación del 45. Ida Vitale, sentada delante del poeta, en el centro; en el extremo derecho, su primer marido y padre de sus dos hijos, Ángel Ramar - ABC

Adelanto editorial: Las memorias inéditas de Ida Vitale en México

«Shakespeare Palace. Memorias de mi vida en México» (Lumen) se publicará el 23 de noviembre en México y llegará a España en enero de 2019

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Con motivo de la concesión del premio Cervantes a la poeta Ida Vitale, adelantamos un fragmento de su libro todavía inédito «Shakespeare Palace. Memorias de mi vida en México», que Lumen publicará el próximo 23 de noviembre en México y que llegará a España en enero de 2019.

Algo previo

No pretendo presentar como memorias las páginas que siguen, aunque estén determinadas por la mía. Aquéllas suelen pretender una ejemplaridad, un zumo moral exprimido de los recuerdos que se ofrecen. No es ésa mi intención, si bien todo lector tiene el derecho a utilizar lo que lee tanto como lo que vive para pensar lo suyo.

No comienzan con nuestra llegada, ni nuestra partida les puso el punto final, físico y espiritual. Una ciudad, un país, un paisaje, en el más amplio, complejo e impreciso sentido de estas palabras, y seres, lenguaje, afectos, olores, rumores, guardados en un misterioso matraz, a veces matriz, se amalgaman y desprenden imprevistas añoranzas. Una nada casual nostalgia impone su resurgir y echamos mano de nuestras evocaciones, tal cual como hoy las organiza.

No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad. Las cosas que ya no pueden mejorar ni empeorar segregan una sustancia poderosa pero secreta, estímulo o freno que nos guía y determina la selección, el orden de lo dicho y aun de lo en otro tiempo sentido, obligándonos a un viaje nunca exento de melancolía, sobre todo en aquellos casos en que evocamos momentos de rara felicidad. Para que la memoria asuma su tarea, un involuntario contrato interior cierra las puertas a la fantasía, y así la libertad, gloria de la escritura, padece más maniatada de lo que se querría.

«No es fácil aceptar el riesgo de una escritura sin libertad»

Sin embargo, la libertad tiene sus recursos y los usa en la elección de los recuerdos. Sí, la memoria se cree poderosa, pero es la libertad la que en su juego, al fin dominante y arbitrario, elige aceptar o borrar. Ella extrae del pasado, caja de Pandora cuya obstinada cohesión deshace, vientos y reposos, lo insípido, lo memorable, incluso lo que podría olvidarse, lo deleznable, si pese a serlo nos ha dejado alguna enseñanza o, simplemente, alguna vibración. Decía Michaux: Mémoire n’est plus obstacle.

Quizás me apoyo en el absurdo intento de que no muera el tiempo ya pasado, de que por un instante, al frotar y limar mi cerebro con otros (Montaigne), suspendamos entre algunos nues­tra eterna caída. Que la gratitud y los afectos no sean inexorables cenizas.

Todo comienza antes

Antes de que el destino nos pusiera a Enrique [Fierro, su marido] y a mí en México, éste fue una desaforada ilusión adolescente, una burbuja que las líneas de mi mano sostuvieron por unos días hasta que se desbarató.

Retrocedo a una época ya casi inasible, al final de los estudios preparatorios (los dos años que seguían a los cuatro de secundaria, previos al ingreso a la universidad): con Alicia —amiga con la que practicamos la constancia, desde la escuela hasta su muerte— mirábamos sin deslumbramientos un futuro de abogadas al que nos conducían los preparatorios de derecho. Habíamos optado por éstos, porque insinuaban, con el engaño de una novela realista que de pronto echara mano de fantasmas, una vaga proximidad con los cursos de humanidades con los que sí soñábamos. La inexistencia de éstos no condecía con el pasado cultural del país y nos dejaba sin un auxilio institucional que suponíamos imprescindible, sin un derecho cuya imposibilidad de cumplirse nos hacía sentir estafadas.

El Uruguay había alcanzado un nivel bastante saludable sin esos cursos por cuya falta nos angustiábamos, pero al imaginar la cultura como un crecimiento infinitamente posible, insistíamos en ir en su búsqueda donde fuese.

Uno de mis profesores se había formado en la no muy remota ciudad argentina de La Plata, en la que desde hacía muchos años era posible seguir los ansiados estudios. Pero ni el resultado a la vista me convencía ni teníamos noticias de becas para ninguna universidad argentina. Así llegamos a una conclusión que creímos sabia: sólo México podía resolvernos el problema que nos obsesionaba.

Empezábamos a leer y admirar autores traducidos en editoriales mexicanas que suplían en parte a las españolas, rehuidas por llegar del dominio franquista. Estas lecturas pudieron ser arcos de un puente que nos pareció de sencilla plata. Una tarde —debía ser en los primeros meses del 43— caminaba con Alicia por el centro de la ciudad, ambas dándole vueltas en la cabeza a nuestro tema, como solíamos. Sin duda hartas de no avanzar en el asunto, allí mismo resolvimos tomar el toro por los cuernos y llamar a la embajada de México y pedir una cita con el agregado cultural. O con el mismísimo embajador. Sin conocer a ninguno de los dos, claro está. La embajada estaba en el Prado, un barrio lleno de hermosas residencias finiseculares con grandes jardines desatendidos; allí había estado la casa de mis abuelos, allí mí tía Ida había plantado árboles raros en el Uruguay. Alejado de las playas que no estaba de moda frecuentar cuando se fue creando, no nos resultaba muy familiar ni era cómodo el traslado hasta él y ya eso nos pareció una aventura que debía dar comienzo a otra.

«Empezábamos a leer y admirar autores traducidos en editoriales mexicanas que suplían en parte a las españolas, rehuidas por llegar del dominio franquista»

Lamento haber olvidado el nombre —o quizás nunca lo supimos— del funcionario que nos atendió, con paciencia que supongo no exenta de cierta curiosidad. Poco a poco fue atrayendo a tierra el fantástico globo que habíamos construido en nuestra impráctica, disparatada hipótesis, mientras nos sentíamos capaces de riesgos mayores, dignos de Verne. Existían, sí, las becas, becas exiguas, que no incluían el pasaje, algo básico, aunque en nuestra imaginación no había pesado la lejanía de nuestra meta. Tampoco era seguro que fueran suficientes para pagar alojamiento, comida y esos etcéteras que en boca del amable señor fueron alcanzando, de modo clínico e impostergable, aunque de gran gentileza, un peso abrumador como para irnos hundiendo a cada una, sin que nos atreviéramos a mirar la angustia de la otra, en los cómodos sillones en que nos habían sentado.

Nunca supimos a qué punto exacto debíamos llegar. Ahora supongo que a Veracruz, en barco, y de allí a la capital, en ferrocarril, tampoco incluido en la beca. Ni siquiera habíamos estudiado en un mapa las distancias, las representaciones de esa realidad inconsistente para nosotras, fuera del espacio sin peso de lo quimérico no puesto a prueba.

Quizás no se entienda el tamaño de nuestra frustración porque aún no he dicho que nuestro proyecto había comenzado por lo que supusimos una base seria: un mes atrás —al menos yo— había tramitado mi primer pasaporte. Por mucho tiempo lo guardé, inviolado, hasta el día en que, inexplicablemente, lo perdí. Incluía la mejor fotografía de mi vida, prueba de que el técnico que me la tomó en la policía había entrado, quién sabe cómo, en mi mismo nivel de irrealidad. Porque todos saben que las fotos que en aquel lugar se producen son siempre las menos agraciadas de la colección que, quiérase o no, se va armando en nuestra historia.

«Nunca supimos a qué punto exacto debíamos llegar. Ahora supongo que a Veracruz, en barco, y de allí a la capital, en ferrocarril, tampoco incluido en la beca»

Esta que voy a recordar es una historia ya antigua, aunque no tanto como la anterior, la que no llegó a ser. Alguna vez, en ocasión de una lectura-homenaje o un acercamiento, que también lo era, a Jaime Sabines, en el que se me ofreció participar —y yo acepté con alegría—, estuve tentada de hablarle de Rosario Castellanos, de esa Chayito que él quiso bien. Y no lo hice, por inveterado temor de parecer buscadora de cercanías. Por los años sesenta leí Balún Canán, recién llegado a librerías de Montevideo. No conocía a su autora, como tampoco conocía mucho de la literatura mexicana de ese momento, pero escribí con entusiasmo en la página literaria de un diario, donde a veces colaboraba sobre aquella novela que me abría un mundo distinto. Alguien, sin duda desde su embajada en Montevideo, le hizo llegar mi nota. Sabría después por ella que eso coincidió con un momento desdichado de su vida (una operación y, según entendería mejor más adelante, el final de su matrimonio). El estímulo de la lectura de una lejana desconocida la alcanzaba con precisión inesperada. Un tiempo después una carta me anunció su llegada desde Chile, de paso para México. Pudimos estar juntas unas horas.

En ese momento, un viaje a México me seguía pareciendo tan imposible como después del sensato desahucio sufrido en la adolescencia, aunque Rosario hablase de esa eventualidad como algo normal.

Pero llegaron los militares y México, ilusa idea de un pasado remoto, ya detrás de la línea de sombra, reapareció gracias a Julio Zamora Bátiz, su embajador ejemplar, que habiendo asistido, en un ciclo de homenaje a México, a una conferencia de Enrique sobre Nezahualcóyotl, espontáneamente averiguó cosas, ató cabos y resolvió ofrecerle una escapatoria en forma de beca. Quince días antes de nuestra partida, estando yo en casa de Alicia y sin saber que Rosario había sido nombrada embajadora en Israel, el informativo que mi amiga jamás dejaba de escuchar nos dio la noticia de la absurda muerte de la escritora, al intentar encender una lámpara. Estaba acostumbrada a ciertas manifestaciones del destino que prefería registrar sólo cuando me eran favorables, sin serlo muchas veces, pero aquélla me pareció mucho más terrible de lo que demostré. Pensé que nuestro viaje comenzaba por un signo inclemente: en el país al que nos dirigíamos sólo conocía a poquísimas personas y una de ellas acababa de desaparecer. Esa pena que me quedó, tan sorpresiva, fue lo que no le conté a Sabines.

No sé si en esta lista de lazos con México debo citar un tenso rato en el aeropuerto, en 1964, cuando pretendí visitarlo por primera vez, como breve turista al regresar de Cuba, donde había sido jurado de un concurso literario, pretendí visitarlo por primera vez, como breve turista. Me encerraron en una sala hasta que, después de un tiempo, sin duda calculado para ponerme en un estado de perturbación propicio al descubrimiento de mis proyectos atentatorios contra la seguridad del país, apareció por allí un fotógrafo, éste sí nervioso, que pretendía tomar disimulado registro de mi paso. Durante un largo rato, indignada por la absurda demora, me entretuve en impedírselo, abrumando mi cara entre las manos o dándole la espalda, pero luego de tanto jugar al gato y al ratón, tomándome ilusamente por el gato, al fin lo dejé hacer, dado que, aunque a lo mudo, ésa parecía ser condición esencial para que yo visitara Teotihuacan, reconociéndole al fotógrafo, por otra parte, su condición de tristísimo y bien amaestrado ratón. Pero ésa es una historia ya muy antigua, para ambas partes, al fin, pese a todo, fui aceptada.