La ilustración «The plumb-pudding in danger», donde se representa a William Pitt y Napoleón Bonaparte
La ilustración «The plumb-pudding in danger», donde se representa a William Pitt y Napoleón Bonaparte - James Gillray
ANIVERSARIO

El mito de Waterloo en los escritores del tiempo

Descubre cómo muestran la batalla de Waterloo, de la que se cumplen 200 años, los escritores más reconocidos en su tiempo

JULIO TOVAR
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La batalla que puso fin a la hegemonía napoleónica en Europa dio paso a toda una mitología literaria, ya que el final bélico de «el capitán del siglo» (según Cánovas del Castillo) forjó toda una leyenda. Lord Byron visitó el campo de batalla poco después de la batalla, en 1816, y rememoró el evento en las «Las peregrinaciones de Childe Harold», escritas en estos inicio de siglo.

«The earth is covered thick with other clay, Which her own clay shall cover, heaped and pent, Rider and horse, – friend, foe, – in one red burial blent!»

El poeta ingles une al jinete y al caballo, al enemigo y al amigo, en un inmenso barro y ciénaga. Todo ello luego de la derrota de Napoleón a manos de Wellington, que enfrentó a más de 200.000 hombres en el campo de batalla. El político y escritor Emilio Castelar hace una buena recreación de la trayectoria del general corso hasta esta batalla:

«El genio se había elevado al trono de Carlomagno, y desde los Alpes había volado a las Pirámides, y de las Pirámides a las torres de Nuestra Señora, encubriendo el mundo bajo sus alas; ver ese genio extraordinario, que sostenía con sus hercúleas fuerzas una sociedad casi desplomada; vedlo perdido entre el polvo y el humo que levantaran las legiones inglesas, vedlo estrellando su pujanza, que parecía propia de un Dios, contra la vulgar paciencia de un hombre».

El escritor francés François-René de Chateaubriand, que se encontraba en Gante cerca del conflicto, recoge bien el espíritu épico de la batalla y cómo revigorizó la opinión monárquica. Recibe la victoria de este modo:

«El fuego de nuestras líneas se apaga, los cartuchos se agotan; algunos granaderos heridos, en medio de treinta mil muertos, de cien mil balas de cañón ensangrentadas, enfriadas y congeladas a sus pies, permanecen de pie apoyados en sus mosquetes, sin carga, y rotas las bayonetas».

Recoge en su poética del terror una cita de Lord Castlereagh: «los soldados ingleses y los soldados franceses, después de la lucha, lavaban sus ensangrentadas manos en un mismo arroyo y de una a otra orilla daban mutuamente el parabién de su valor».

El poeta alemán Schiller dedicó varios poemas a la «valentía» de los soldados ingleses, mientras que el clásico ruso Tolstoi reconstruyó la locura de la guerra en su conjunto en «Guerra y paz». En ese sentido, el autor ruso consideró que la descripción del francés Stendhal en «La Cartuja de Parma» como la «más realista» que se ha hecho de la guerra en el tiempo, sin la poética de los escritores románticos:

«Al principio, Fabricio no comprendió todo aquel alboroto, ni siquiera sabía dónde se hallaba. Por fin, medio asfixiado por el humo, se le ocurrió que la casa estaba ardiendo; en un momento montó a caballo y salió de la cuadra. Levantó la cabeza; el humo salía a borbotones por las dos ventanas que había sobre la cuadra; una humareda negra formaba torbellinos encima del tejado. Por la noche habían llegado a la hostería de El Caballo Blanco un centenar de fugitivos; todos gritaban y juraban».

Una visión todavía más desencantada, satírica en el reconocible estilo de su autor William Makepeace Thackeray, está en la novela inglesa «La feria de las vanidades». Llega a describir Waterloo, la presencia del ejército inglés en los Países Bajos, como una «bendición» para los comerciantes. La épica de Chateaubriand, que muestra de manera plástica, contrasta con el fino costumbrismo del autor inglés:

«Cada día nuevos placeres, nuevas diversiones. Hoy había que visitar una iglesia, mañana un museo de pinturas; por las tardes, los alrededores de la ciudad ofrecían mil encantos al viajero; por la noche, la ópera era plausible pretexto para presentarse en el teatro esplendente de lujo. Las bandas de los regimientos tocaban a todas horas. Inmensas muchedumbres inglesas concurrían al parque, convertido en lugar de festival militar perpetuo».

¿Cómo es posible que esta representación de la guerra coincida en veracidad con la poética fuertemente lírica y metafórica de Víctor Hugo? Hugo describe el conflicto de este modo en «Los Miserables»:

« La guerra puede tener bellezas tremendas, pero tiene también cosas muy feas. Una de las más sorprendentes es el rápido despojo de los muertos. El alba que sigue a una batalla amanece siempre para alumbrar cadáveres desnudos. Todo ejército tiene sus seguidores: seres murciélagos que engendra esa oscuridad que se llama guerra. Especie de bandidos o mercenarios que van de uniforme, pero no combaten; falsos enfermos, contrabandistas, mendigos, granujas, traidores».

¿Quién tiene razón entonces? ¿El hombre confuso de Stendhal, claro representante de lo contemporáneo? ¿La oscuridad con murciélagos al estilo del tipo romántico a lo Hugo? ¿O la descomunal sátira inconfundible de Thackeray donde presenta Waterloo como una especie de vacaciones para el ejército británico? Quizá en el fondo, como afirmó Wellington con pericia, «la historia de una batalla es similar a la historia de un baile: Algunos pueden recordar todos los pequeños sucesos por los cuales está dado el gran resultado de victoria o derrota, pero ningún individuo puede rehacer el orden por el cual todos estos eventos ocurren».