Elif Shafak
Elif Shafak - daniel iriarte

Elif Shafak: «Hay políticos turcos que se creen con derecho a decidir si una mujer puede sonreír»

La autora turca, que publica en España «El arquitecto del universo», cree que la historia de su país está llena de silencios que los escritores deben rellenar

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Habla despacio, reposando las ideas, con la calma de alguien que, tras mucho deambular sin mucho encajar en ninguna parte, parece haber encontrado su papel en el mundo. La escritora turca Elif Shafak (Estrasburgo, 1971) acaba de publicar en España «El arquitecto del universo» (Editorial Lumen), donde vuelve a abordar uno de los temas centrales de su obra: las identidades periféricas, en este caso la de un adolescente indio que llega al Estambul del siglo XVI acompañando a un elefante blanco regalado al sultán, y termina convertido en la mano derecha de Mimar Sinan, el arquitecto más grande del Imperio Otomano.

«Escribir es mi forma de conectar con el universo», afirma Shafak. «Empecé a escribir siendo muy joven. Yo era una niña muy solitaria, y los libros eran mis mejores amigos, me ayudaron a salir de mi cascarón. Y yo creo en ese poder trascendental de las historias para ordenar el caos. Las historias nos cambian». Tras el divorcio de sus padres, Shafak, hija de diplomáticos, se crió en varios países, entre ellos España, país al que se siente muy unida. «El español fue mi segunda lengua», aclara, aunque hoy escribe en inglés, y sus libros son volcados al turco por traductores profesionales. Semejante trasiego juvenil moldeó su personalidad, empujándola hacia la escritura como forma de expresar una acentuada soledad que tiene su reflejo en el perfil de muchos de sus personajes. «Sin duda, mi itinerario personal ha sido siempre nómada. Soy nómada en mi alma», explica.

Los silencios de Turquía

Lejos de la grandilocuencia de la novela histórica tradicional en Turquía, muy dada a la celebración nacionalista, los libros de Elif Shafak suelen abordar los aspectos más delicados del traumático pasado de su país. Lo hizo con el genocidio armenio en «La bastarda de Estambul» –lo que le valió ser llevada a juicio en 2006 bajo el polémico artículo 301 del código penal turco, que penaliza los «insultos a la esencia de la nación turca», si bien fue absuelta–, y con los polémicos crímenes de honor en «El fruto del honor». Las identidades de sus protagonistas, además, son a menudo minoritarias en el ámbito turco: armenios, kurdos, judíos sefardíes, cristianos, homosexuales. «Quienquiera que sea el otro en un contexto dado, quiero entender su historia y traerla al centro», dice. «Me interesan las historias, pero también los silencios, y hay un montón de silencios en la historia de Turquía. Y creo que es tarea del escritor el rellenarlos», afirma.

En «El arquitecto del universo», sobresalen dos ejemplos de esos «otros» de los que habla la escritora: Jahan, el protagonista indio aterrizado en el palacio del sultán, y los gitanos que le ayudan. «Se dice en Turquía que en el Imperio Otomano había una mezcla de 72 pueblos y medio, y siempre me había preguntado cuál era ese medio. Eran los gitanos, que eran realmente “el otro del otro”. Porque cristianos y judíos eran respetados como “gentes del libro”, según la tradición islámica, pero nadie respetaba a los gitanos», indica Shafak.

«En cuanto a Jahan, me interesaba tener un personaje a la vez interno y externo, alguien que forma parte del lugar pero a la vez no. Y, honestamente, a veces me siento así en Turquía, soy parte de ella, pero a veces me siento como un elemento externo. Y creo que es una excelente posición para los escritores, porque estás lo suficientemente cerca para observar, pero lo bastante distante para poder ser crítico», asegura.

Autoritarismo

Por eso, las opiniones de Shafak respecto a la política de su país se han ido endureciendo con el tiempo. En la novela, el principal villano es el sultán Murat II, una figura que aparece como lejana pero capaz de destruir las vidas de sus súbditos con un chasquido de dedos. Conocido por su talante autocrático y fundamentalista –prohibió, por ejemplo, el consumo de alcohol en el Imperio–, a veces se utiliza para caricaturizar al actual presidente, Recep Tayyip Erdogan, cuando este deja ver sus veleidades islamistas y autoritarias.

«Hay muchos temas en el libro que tienen ecos contemporáneos. Las discusiones sobre planificación urbana son relevantes todavía hoy en Turquía», dice Shafak, refiriéndose a la oleada constructora que azota el país, que parece cerca de sufrir el estallido de su propia burbuja inmobiliaria. «Y el autoritarismo es una tradición continua en Turquía, porque hay un estado tradicionalmente fuerte. Incluso hoy, los políticos creen que, si consiguen la mayoría de los votos, tienen poder absoluto. Pero eso no es democracia. No hemos interiorizado la cultura democrática y la libertad de expresión», opina. «En Turquía hay políticos que se creen con derecho a decidir cuántos hijos puede tener una mujer, si una mujer puede o no sonreír», se lamenta.

Shafak cree en el poder transformador de la literatura. «Algunos de mis lectores son muy homófobos. Pero he comprobado que, cuando están leyendo una novela, se identifican con los personajes homosexuales. Pueden empatizar», asegura. «La lectura es un acto solitario, y siempre somos más tolerantes cuando estamos solos. El fascismo es una enfermedad de las masas».