Fuego desatado por el bombardeo del 7 de septiembre de 1940
Fuego desatado por el bombardeo del 7 de septiembre de 1940 - abc

Augusto Assía, bajo las bombas en Londres

Un libro recoge las mejores crónicas del periodista Felipe Fernández-Armesto en la Segunda Guerra Mundial

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El yunque recibe los golpes del martillo cuando el hierro está al rojo vivo. Así estaba Londres en septiembre de 1940. Después de la victoriosa Blitzkrieg en el continente europeo, la aviación alemana desparramaba una tormenta de fuego sobre la capital del Big Ben. En la habitación de un hotel, Augusto Assía baja las cortinas, se pone un casco y redacta su crónica para «La Vanguardia»: «El humo, el fragor, los aterradores ecos de la noche estaban todavía suspendidos sobre Londres, cuando en pleno día y a la hora en que los obreros y empleados se dirigen al trabajo, cuatro aviones lograron penetrar hasta el centro de la ciudad, repitiéndose la sinfonía de las bombas y las ametralladoras... Frente al terror, la flema británica». «El tráfico -prosigue el cronista- continúa corriendo por Londres y ni siquiera durante las horas en que el ataque era más intenso ayer noche se paralizó totalmente. Los periódicos me esperaban a la puerta esta mañana como siempre y mis zapatos habían sido como siempre lustrados. El desayuno en el hotel sigue siendo el ordinario desayuno inglés, con un huevo en vez de dos...»

Felipe Fernández Armesto (1906-2002) se enorgullecía de ser «un gallego fascinado por Inglaterra». Nacido en el pueblo orensano de A Mezquita, con solo 18 años empezó a publicar artículos en «El Pueblo Gallego» de Vigo, mientras estudiaba Filosofía y Letras en Santiago. Licenciado en 1927, amplió estudios en la Universidad Humboldt de Berlín: fue desde allí, en 1929, cuando fichó por «La Vanguardia». Testimonio crítico del ascenso del partido nazi, adoptó el seudónimo deAugusto Assía que algunas fuentes atribuyen a un personaje de Tólstoi y otras a un acompañante italiano de Marco Polo. Expulsado por el gobierno de Hitler en 1933, Assía vio claro que los totalitarismos ahogarían a una Europa en la que las democracias parlamentarias cotizaban a la baja. Destinado a Londres, el corresponsal dejará atrás veleidades comunistas para empaparse de liberalismo británico. En 1939 retorna a Londres, donde permanece toda la Segunda Guerra Mundial [especial].

Un millón de palabras

Al acabar la contienda, Assía dio a la imprenta «Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo» recopilación de las mejores crónicas de entre el millón de palabras que -según explica en el prólogo a la primera edición de 1946- «volcó noche tras noche» sobre «La Vanguardia». El criterio de selección: «Alternar los temas de la guerra con los civiles, la resistencia con la lucha, la vida y la muerte...» Un retablo que va más allá de la guerra para radiografiar la capacidad de resistencia de esa Inglaterra que permaneció en pie cuando toda Europa se derrumbaba ante la ofensiva alemana. Aparecen Dunkerke, Churchill, Montgomery y Rommel, pero también la universidad, las reformas laborales...

En los primeros compases de la guerra, cuando en España imperaba la germanofilia, el anglófilo Assía sacó de quicio a Serrano Suñer. Según Ignacio Peyró, autor del «Diccionario sentimental de la cultura inglesa», Serrano llegó a «amenazar con despojarle de la nacionalidad española...» El hijo de Assía -el historiador Felipe Fernández-Armesto- confirma que su padre colaboraba con los servicios de espionaje británicos, lo que explicaría la inquina del cuñadísimo. «Verdadero o falso, no sería el primer periodista que duplica sus funciones» -añade Peyró: «Poco antes del Desembarco de Normandía, una de la crónicas telegráficas de Assía ya expande el engaño de una supuesta toma de tierra aliada en Francia y el sur de Bélgica».

El yunque pasó a ser martillo

Al fin la Historia dio la razón al periodista: el yunque aliado pasó a ser martillo del nazi-fascismo. Su artículo de 13 de febrero de 1943 -«La libertad de crítica»- es un canto al librepensamiento: «Mi responsabilidad como único corresponsal español en Inglaterra me obliga a insistir sobre ello. No hay manera no ya de apreciar, sino de comprender lo que ocurre en este país si uno no se ha percatado antes del siguiente hecho fundamental: que la célula preponderante -la célula macho- de la civilización británica es el individuo, y que a su vez el individuo es el portador y exponente de la esencia de dicha civilización, consistente en la libertad de conciencia y de crítica».

El centenar de crónicas de «Cuando yunque, yunque. Cuando martillo, martillo» -que ha rescatado Libros del Asteroide- explican por qué los ingleses no bajaron los brazos en los peores momentos de la Segunda Guerra Mundial. La tradición, el humor y la educación cuajaron un carácter invencible.

La guerra -escribe Assía en diciembre del 42- «puede cambiar muchas cosas entre los ingleses. Puede obligarles a pelear y morir. Hacerles más pobres. Someterles a privaciones. Derruir sus viviendas y sus monumentos. Separar a los hijos de los padres y al esposo de la esposa... Lo que no puede es desenraizarlos de sus hábitos centenarios... Nada más fácil para una bomba que destruir la vivienda de un inglés. ¿Pero qué explosivo habrá capaz de destruir su deseo de regresar, después del trabajo, al “home” donde aguardan unas zapatillas, un sillón de cuero, un estante con libros de aventuras y fuego, en el invierno, o flores en el verano?»