Poniatowska, de princesa polaca a reina cervantina
Elena Poniatowska y su buen amigo Gabriel García Márquez - abc

Poniatowska, de princesa polaca a reina cervantina

La vida de la Premio Cervantes alberga un buen puñado de anécdotas muy humanas. Las repasamos

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Que te bauticen como Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor no debe ser ninguna broma. Y si tu padre es el príncipe Jean Joseph Evremond Sperry Poniatowski, descendiente de la familia del rey Estanislao II Poniatowski de Polonia, llegas al mundo con las cartas más o menos marcadas. Nacer princesa, como Elena Poniatowska, es el mejor principio para llegar a ser reina. Y, además de princesa, hija de una mexicana exiliada que tuvo que dejar su tierra cuando Pancho Villa y sus muchachos se hicieron dueños del país balacera a balacera.

Tampoco es ninguna broma que sus padres, ya en México y huidos de la Europa en ruinas de la Segunda Guerra Mundial, la mandaran allá por 1942 a estudiar a los Estados Unidos. Y más apunta en este camino de una niña que quería ser princesa y acabó en heroína de la izquierda mexicana, que te enseñe el castellano una nana llamada Magdalena Castillo, con nombre y seguramente maneras de haber nacido en Macondo. Y también por Macondo, o por sus lluviosos alrededores, pasó un buen día Elena, aunque no porque allí le esperara algún coronel que no tenía quien le escribiera, sino porque Poniatowska fue testigo, el 12 de febrero de 1976, en la capital mexicana, del soberano directo a la mejilla que Mario Vargas Llosa le propinó a su entonces ya examigo Gabriel García Márquez. Ambos tenían «problemas muy personales». Y a Elena Poniatowska le pilló tan en medio que fue ella la que urgentemente pidió un filete para aplicárselo a Gabo sobre las huellas del trompazo.

Amiga de Maqroll

La leyenda añade que años antes, entre 1959 y 1960, Elena conoció a un tal Maqroll, de profesión naviero, al que visitaba en la cárcel todos los domingos, pues el tal Maqroll (otros apuntan que se llamaba Mutis) estaba en prisión después de ser detenido por la Interpol. Quién sabe si entre ellos hubo un romance a la marinera, repleto de tatuajes, y si él, hermoso y rubio como la cerveza, llevaba en el brazo tatuado un nombre de mujer, quizá Elena.

Las crónicas también certifican que en el año 1968 Elena Poniatowska se casó con el astrofísico Guillermo Haro, y sostienen los relatos de la época que a don Guillermo le iba tanto la ciencia como la ficción de ir poniéndole ecuaciones a doña Elena, que nunca podía dejar de tentarse las incógnitas afiladas que notaba en la cabeza un día sí y otro también. Sin duda, don Guillermo debió ser un físico inspirado, pero con Elena Poniatowska su química debía ser más que mala. Luego, llegó el día en que la periodista escribió «La noche de Tlatelolco» (1971), su escalofriante y conmovedor relato de la matanza de docenas de estudiantes mexicanos en 1968 en la plaza de las Tres Culturas, y la princesa periodista empezó a ser considerada futura reina de la literatura. Reina cervantina, desde el martes.