Muere I.M. Pei, el arquitecto que elevó la modernidad

Tan tozudo como humilde, Pei se obcecó en colocar las racionales líneas rectas del modernismo arquitectónico en los lugares más inesperados

Correponsal en WashingtonActualizado:

No es tan emblemático como la celebrada pirámide de cristal del Louvre en París, pero hay un edificio ideado por I.M. Pei que simboliza como pocos la excepcional habilidad con la que este arquitecto transformó el panorama artístico mundial. En 1968 recibió el encargo de diseñar un edificio para albergar las colecciones de arte moderno en el anexo de la Galería Nacional de Washington. No podía haber proyecto más complejo: un nuevo museo en una parcela con forma trapezoide, a las faldas mismas del Capitolio y su gigantesca cúpula neoclásica y rodeado de edificios o bien neogriegos, como el edificio principal de la Galería Nacional, o bien directamente funcionalistas, como el museo de la NASA.

Pei, que falleció el jueves a los 102 años de edad en su casa de Nueva York, decidió que emplearía aquella oportunidad de oro para elevar la arquitectura modernista al panteón que merecía. Con mármol rosado extraído de las mismas canteras de Tennessee que las fachadas colindantes, irguió un edificio de líneas rectas y formas triangulares que, cuando abrió al público en 1978, provocó el éxtasis de los críticos. Paul Mellon, un mecenas que donó 95 millones de dólares de la época para construir el edificio, lo calificó en la inauguración de «obra maestra, digna y provocadora, monumental sin ser pomposa».

Tan tozudo como humilde, Pei se obcecó en colocar las racionales líneas rectas del modernismo arquitectónico en los lugares más inesperados. El proyecto más provocador fue la renovación del patio de entrada a las galerías principales del museo del Louvre en París, que en 1983 le encargó el presidente francés François Mitterrand. El maestro se inspiró en su propia creación en Washington, que tiene cinco pirámides de vidrio ante su puerta principal que sirven además de cristaleras para el techo del subterráneo. Así nació la pirámide del Louvre, su obra universal.

La reacción, como es sabido, fue furibunda. A Mitterrand se le apodó desde entonces el «faraón», por aceptar semejante sacrilegio en el corazón de París. El diario «The New York Times» resumió así las críticas en un artículo publicado en 1985: «Es una broma arquitectónica, una monstruosidad, la imposición anacrónica de los monumentos funerarios egipcios en pleno París, una locura megalómana impuesta por el señor Mitterrand que se comporta, según sus enemigos, como un monarca que ha pasado por las urnas». Hoy es uno de los monumentos más visitados de la ciudad, tan importante para la historia francesa como para que Emmanuel Macron diera ante él su discurso de victoria en las elecciones presidenciales de 2017.

En su dilatada carrera, Pei fue artista casi a su pesar. No pudo —o no quiso— introducir su nombre en la cultura popular como lo han hecho Frank Gehry, Zaha Hadid, Renzo Piano o Frank Lloyd Wright. Tuvo sus seguidores y sus detractores, pero no despertó las pasiones de un Le Corbusier o un Santiago Calatrava. Nunca filosofó sobre su visión de la arquitectura y el arte. Rechazó las etiquetas de modernista o posmodernista. No hizo política. Sólo diseñó edificios.

La muerte del arquitecto en un hospital de Manhattan la anunció el jueves por la noche su hijo Li Chung Pei, que no reveló la causa del fallecimiento. El 26 de abril había celebrado su 102 cumpleaños rodeado de su familia.

Pei nació en la provincia china de Guangzhou en 1917 en el seno de una familia acomodada y en 1935 viajó en barco de Shanghai a San Francisco, desde donde cruzó todo EE.UU. para llegar a Filadelfia y estudiar allí arquitectura. Desencantado con la educación de tipo clasicista que recibía, acabó sus estudios en Harvard. Tras licenciarse, ingresó en la firma Webb & Knapp y en 1955 fundó su propio taller, I.M. Pei & Associates.

Las primeras construcciones relevantes de Pei, durante los años 60, fueron grupos de rascacielos residenciales en grandes urbes como Nueva York o Filadelfia, hechos de hormigón con una característica cuadrícula de ventanas. De proyecto en proyecto, en 1965 su camino se cruzó con el de Jackie Kennedy, que buscaba alguien que diseñara para Boston la biblioteca y museo en honor de su malogrado marido. Pei compartía con John F. Kennedy año de nacimiento, lo que le dio a la viuda la corazonada de que era el arquitecto adecuado. El resultado de aquel encargo es la primera gran aportación de Pei al mundo del arte, una obra patentemente inspirada en las creaciones de Óscar Niemeyer en Brasilia pero que anticipa ya su preferencia por los ángulos agudos y la mezcla de mármol y cristal.

La personalidad de Pei quedaría imprimida en edificios que abarcan desde lo más elevado, como el rascacielos del banco de China en Shanghái, a creaciones más evidentes y complacientes, como el Rock and Roll Hall of Fame de Cleveland, un museo a la música moderna que se alza en torno a una gran pirámide de vidrio y resiste medio olvidado en uno de los centros urbanos más depauperados del medio oeste norteamericano.

La última gran creación del maestro es una síntesis de sus seis décadas en activo: el conjunto poliédrico que domina el horizonte de Doha, la capital de Qatar, y alberga la colección de arte islámico del emirato. Inaugurado en 2008, es un testamento idóneo de Pei porque el edificio se impone sin esfuerzo a los anodinos rascacielos que se alzan frente a él al otro lado de la bahía. Como en otras ocasiones, el arquitecto no necesitó más que unir el mármol en líneas rectas para crear un lienzo en el que se refleja todo lo que hay a su alrededor. Tanta sencillez sólo la pudo destilar un genio.