Miquel Barceló posa para ABC en la Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, donde se encuentra la polémica cúpula. /
Miquel Barceló posa para ABC en la Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones, donde se encuentra la polémica cúpula. /

Éxtasis de Barceló bajo su cúpula

ABC recorre junto al artista su espectacular y polémica cúpula en la Sala de los Derechos Humanos y la Alianza de Civilizaciones en la ONU en Ginebra

NATIVIDAD PULIDO | GINEBRA
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Se ha hablado mucho estos días de dinero, de Fondos de Ayuda al Desarrollo, de empresas, de la ya célebre Fundación Onuart, de ministros, de embajadores, de políticos... Pero por primera vez podemos hablar, con conocimiento de causa y de primera mano, de la tan aireada cúpula de Barceló, que ayer visitamos un reducido grupo de periodistas españoles. El mar revuelto que simboliza esta vasta y ambiciosa obra se ha tornado estos días un tsunami de proporciones devastadoras, con epicentro en el Ministerio de Exteriores. Pero hoy toca hablar de arte, no de dinero ni de política. Es de justicia con la que le ha caído estos días al mallorquín.

El Palacio de las Naciones de Ginebra es un mastodóntico edificio de los años 30, que ha envejecido mal. A punto estuvo de ser diseñado por Le Corbusier, pero problemas políticos lo impidieron. Barceló nos recibe muy cordial a las puertas de la Sala XX, bautizada por Zapatero como Sala de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones. Dentro, un puñado de trabajadores se afanan en poner a punto el mobiliario de la sala para el martes, cuando la inauguren los Reyes. Cual guía turístico de lujo, nos va llevando por todos los puntos de la sala. A primer golpe de vista, la cúpula (que iba a pintar Chagall, pero murió antes de hacerlo) deslumbra, a unos 14 metros de altura, sin estridencias: azules, verdes, grises... Nada que ver con los colores chillones de las fotos. Hasta 22 ha utilizado. Le preguntamos si ha rebajado el color. «Esperad a que la veáis desde todos los puntos de vista», dice.

La bordeamos de sur a norte, como ha sido concebida. Y, en efecto, son muchas cúpulas en una. La vemos desde el centro, donde un día quiere poner un tatami para que la gente se tumbe para poder verla, la vemos desde el primer piso, donde se instalarán los traductores -es el punto de máxima intensidad de color-, y la vemos desde la parte superior. Alucinante. De repente, un mar de azules. Y van apareciendo rojos, naranjas, verdes, amarillos... Para acceder a ella hay que hacer malabarismos: reptamos por las entrañas de la ONU, subimos una escalera imposible y esquivamos las estalactitas asesinas (algunas de más de un metro), en las que más de un colega se dejó literalmente la cabellera enganchada para la posteridad. «Sólo me faltaba que un periodista tuviera un accidente», bromea. Él tuvo más de un susto. Cuenta que un día se cayó desde un andamio de unos cuatro metros. También acabó con el costado «como una berenjena» de los aparatejos que ha tenido que manejar. ¿Quién dijo que el arte no es peligroso? Y hablando de peligros, ¿no rezarán los delegados para no morir atravesados por una estalactita? «La seguridad está garantizada», dice sonriendo.

Vamos descubriendo con Barceló los infinitos puntos de vista de su cúpula. Para él, «es una nave espacial (Naciones Unidas tiene algo de ciencia-ficción; es más un deseo que una realidad), de un ovni dentro de un ovni». Cierto. También la arquitectura del edificio le recuerda a las primeras películas de James Bond. Su obra tiene un aire setentero. Junto a las estalactitas, una lluvia de meteoritos parece haberse estrellado sobre la cúpula. Y hay agujeros negros. Para lograrlo necesitó mucho esfuerzo e ingenio: eliminó la antigua bóveda de yeso, creó una estructura de aluminio y nido de abeja que soporta hoy más de 20.000 kilos de pintura (utilizó 35.000, pero parte cayó al suelo), se aventuró con materiales nuevos como el nepóxido para que las estalactitas no se rompieran, creó simulaciones digitales, utilizó grandes tamponadoras, un camión

Podrá visitarse

La cúpula, con sus 1.400 metros cuadrados pintados, es impresionante, pero de ahí a ser la Capilla Sixtina del siglo XXI... Moratinos, como buen andaluz, exageró de lo lindo. Ni él es el Papa Julio II, ni Barceló Miguel Ángel. A pesar de lo cual, esta obra tiene mucho calado. Exteriores no explicó que podrá visitarse cuando no haya plenos. De hecho, cuenta Barceló que se va a instalar un balcón para que la gente pueda ver la cúpula de cerca. Además, esta sede de la ONU en Ginebra mantiene una estrecha relación con nuestra Historia: aquí se expusieron los cuadros que salieron del Prado huyendo de la Guerra Civil antes de su regreso a España y en la Sala del Consejo lucen los murales que Josep Maria Sert hizo en plena contienda española.

¿Por qué no escribís las crónicas en la sala?, nos ofrece encantado Barceló. Hay que reconocer que tenía mucho morbo la cosa: pergeñar un artículo sobre esta sala, de la que tanto hemos hablado los últimos días en ABC, y no precisamente bien, sentados en «el cuerpo del delito», con 20 millones de euros a nuestro alrededor. Pero nuestro gozo en un pozo: aún no hay red eléctrica. Cambiamos por una sala contigua, a la que no le hubiera venido mal haber pillado una ayuda al desarrollo.

Si por la mañana el artista estaba encantado de entregar a la prensa fotos de su cúpula terminada, por la tarde la consigna es: no se pueden dar hasta el martes. Abogamos a los derechos humanos de nuestros lectores y buscamos alianzas de cualquier civilización a la vista para conseguir que Barceló se fotografíe al menos con media cúpula. A los pocos minutos se desvela el misterio: la obra permanecerá a oscuras hasta que el Rey pronuncie su discurso durante la inauguración. Y entonces se hará la luz.